• Caracas (Venezuela)

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Fernando Londoño

Una propuesta indecente

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Al ver y oír la propuesta de las FARC, dimos por descontado que esta vez sí el señor comandante de las fuerzas militares nos dejaría oír su voz indignada, y que el ministro de Defensa y el propio presidente de la República le cerrarían el paso a semejante enormidad. Llegamos incluso al candor de pensar que nuestros plenipotenciarios en La Habana pronunciarían un rotundo no, que se oyera por todos los confines del país.

Pero nada. Ni una palabra, salvo las corajudas y contundentes del presidente de Acore, el general (r) Jaime Ruiz Barrera, que tampoco merecieron contradicciones ni comentarios.

¿Qué pasa? ¿Hasta cuáles extremos de indiferencia hemos llegado? ¿Nos puede la cobardía o nos ha derrotado la indolencia?

Si el buen lector no ha descubierto que nos referimos a la propuesta de las FARC para que se ordene el retiro de nuestro Ejército de las zonas cocaleras para suplirlo por ellas mismas, estaremos todavía más preocupados y abatidos. Porque eso significa que estamos entregados y seremos presa fácil de esta felonía. ¡Las zonas cocaleras en poder de las FARC!

No se necesita especialidad en el tema para saber que están llenas de coca las fronteras con los países vecinos y con nuestros mares tutelares. Los bandidos, que reciben por su tráfico una suma indecisa de entre 6.000 y 16.000 millones de dólares por año, tuvieron la habilidad de plantar la coca en los caminos de la cocaína. Que son esos, claro está.

Lo dicho significa que la guerrilla pro santista, como ella misma se declara, no solamente nos pide miles de kilómetros cuadrados para su dominio, sino que en adelante le dejemos el cuidado de la soberanía nacional. Y no se sonrojaron estos bandidos al decirlo, lo que es explicable porque no hay nada que sonrojarlos pueda. Pero el silencio casi unánime que su estúpida pretensión produjo nos aconseja tomar la cosa en serio, porque vamos para allá.

El abandono de las zonas cocaleras, combinado con las famosas “zonas de reserva campesina”, completa el cuadro. Santos, con tal de decir que firmó cualquier cosa con las FARC nos va a entregar. Pero lo peor es que nos lo merecemos. Una opinión que no protesta, que no se indigna, que no se subleva, bien merecido tiene su destino.

Desde el primer día en que descubrimos esta trama horrenda que llaman conversaciones de paz, comprendimos que el objetivo de las FARC era quedarse con el país en una mesa de conversaciones; y el del presidente Santos, ganar encuestas y elecciones a costa de no importa qué. A costa del país entero, por ejemplo.

El que nos crea exagerados, sepa que la rueda ya se echó a girar. Lo que se hizo en el Catatumbo, a propuesta del señor Mac Master, hoy presidente de la ANDI, es eso exactamente. Afuera el Ejército, fin a las fumigaciones, fin a las erradicaciones manuales de coca, indemnización a los pobres campesinos perjudicados por fumigaciones y erradicaciones anteriores, y ya está. El Catatumbo es de las FARC. Nada debería causar extrañeza en esta carrera hacia la locura. Si se pudo en aquellos límites con Venezuela sin que pase nada, sin que proteste nadie, sin que se llame a traición un solo colombiano, es solo cuestión de hectáreas y de sitios.

Cuando a los argentinos les dijeron que los iban a poner en manos de los montoneros, creyeron que se trataba de una charada. Cuando a los uruguayos les advirtieron que quedarían al mando de los tupamaros, soltaron una carcajada. Cuando a los venezolanos les aseguraron que su patria iba para colonia cubana, solo atinaron a burlarse. Y hoy mandan los montoneros en Argentina, gobiernan los tupamaros el Uruguay, y los Castro son el poder real en Venezuela.

Nosotros apenas callamos. El turno para llorar vendrá más tarde.