• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Sergio Dahbar

El que proponga la reunión es el traidor

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Repaso los tweets del día y siento que vivo dentro de El Padrino, de Francis Ford Coppola. Advierto mensajes que atacan, insultan y agreden a quien propone la palabra “diálogo” como solución de los conflictos que han derivado en 24 jornadas de protestas, disturbios, barricadas, con heridos, muertos... Funcionarios del oficialismo no se quedan atrás: dinamitan cualquier esfuerzo por bajarle dos.

Al final de El Padrino, la voz carrasposa de Marlon Brando en el ocaso, convertido en consiglieri de su hijo Michael, le dice al oído: “El que proponga la reunión es el traidor”. Minutos después, el asesino que fundó un imperio criminal detrás de una tapadera de aceite de oliva fallece en el jardín…

Barzini, otro Don de Nueva York, quiere desplazar a los Corleone y utiliza a un “gatillo” (Tesio) para buscar diálogo. Michael ya ha jugado sus cartas y en pocos minutos aniquila a todos los jefes de la mafia, para seguir siendo el Don que manda en la costa este. No hace falta el diálogo, porque la muerte se encarga de arreglar las cuentas pendientes.

Ya el juez británico Brian Leveson, encargado de evaluar los desmanes del periodismo inglés a propósito de los excesos de Rupert Murdoch, llamó la atención sobre el vacío ético de quienes se mueven en la red sin pasar por los estadios del pensamiento y la reflexión.

De esta manera hemos derivado en una realidad donde la palabra “diálogo”, del lado que uno se coloque, señala a los traidores, a los entreguistas, a los que serán calcinados en la pira virtual de los radicales irreductibles.

El problema de estos días que oscurecen la razón, por el agotamiento de un gobierno que no ha dejado espacios para la empresa privada, la justicia, la tolerancia y la verdadera democracia, es que al final del túnel la palabra más odiada, “diálogo”, tendrá que imponerse. O vendrá la guerra civil.

Por supuesto que hay gente que quiere una guerra civil. Siempre los hay. O bien porque desean eliminar a una parte de la población que no piensa como ellos, porque les incomoda su presencia, su respiración, su aspecto desafiante…

O bien porque su capacidad para pensar la política no va más allá de tocar la puerta de los militares para que los salven de un gobierno que no les gusta. Estos también tienen una larga tradición equivocándose, pero no desisten del enamoramiento por las charreteras, que es siempre un abismo y una ruleta rusa.

El gobierno no ha sido asertivo (el chavismo puede ser algunas cosas, pero asertivo jamás) a la hora de promover la supuesta paz de estos días y menos aún el diálogo, que sus radicales más revulsivos plantean solo en Miraflores y cayéndole a insultos a los invitados. Al mismo tiempo que la guardia y los colectivos disparan a mansalva por las calles como en el lejano oeste.

Ese peculiar diálogo del oficialismo es el que alimenta la locura siciliana de pensar que el que proponga la reunión es un traidor.

La historia ofrece ya una vasta bibliografía para entender qué necesitan los diálogos exitosos. Requieren respeto, tiempo, acuerdos, concesiones, una estructura que los contenga, y la necesaria grandeza de unos negociadores neutrales con más sabiduría que ansias de protagonismo. Cero pescueceo.

De lado y lado habrá que comenzar a poner piedras para construir un futuro que hoy se desvanece como las impresiones en papel térmico.

Propuestas hay a montones. Liberar presos políticos y estudiantes; separar los poderes; nombrar jueces independientes; desarmar a los violentos que siembran terror en barrios y cerros; darles papel a los medios impresos; dejar trabajar en paz a radios y televisoras que no piensen como el gobierno; hacer correctivos en la economía; desestigmatizar la industria privada para que la inversión regrese; frenar el hampa e inutilizar a los pranes en las cárceles. Exiliar para siempre el lenguaje del odio y del resentimiento. Puro sentido común democrático.

Los intolerantes chillarán. La aristocracia gubernamental que hoy controla la corrupción (propia, ajena) y que se hace la vista gorda con los uniformados que negocian en la frontera chillará. Pero es el único camino que desactiva el peligro evidente de los días que corren. Los atajos solo sirven para volver al principio del camino.