• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

Somos nuestro propio Helicoide

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Toda ruina, física o moral significa destrucción. Algo que propicia y precipita el derrumbe. Lo que se destruye violentamente o en pavorosa lentitud. ¡Es vida muerta! Cuando aparece y se decide a actuar arrastra por igual ideas y sentimientos, vínculos, edificaciones y fortalezas; uniones de amor que han claudicado y perdido el valor que las hizo posible; desintegra el pasado que en un momento pudo haberse iluminado desde el propio aliento, pero que la implacable ferocidad del tiempo logra oscurecer o erosionar desintegrando su antiguo esplendor. Para muchos, la ruina se asemeja a una mutilación de nuestro cuerpo. Más grave aún porque perdemos no solo las extremidades sino el alma y vagamos desorientados sin encontrar el amanecer.

Hay derrumbes históricos: un flujo de tierras causó la muerte de 3.700 personas en Italia en 1963, en Zacoalpan murieron más de 1.000 personas y 800 en Oaxaca por derrumbe de rocas. La erupción del Etna acabó con florecientes ciudades y convirtió en piedra las calles, a un perro encadenado y los trastos de las cocinas. Conservar intactas las atractivas y turísticas ruinas de Pompeya o de Herculano supone un costosísimo esfuerzo presupuestario porque se trata de mantener y preservar una mutilación histórica, un momentáneo reposo que súbitamente se convirtió en pánico volcánico de eternidad. Las pirámides egipcias han sobrevivido siglos de acechos y sostenidas maquinaciones humanas y temporales.

No todas las antigüedades son ruinas, pero las hay, a veces, sin llegar a ser modernas. El Helicoide caraqueño, por ejemplo, podría considerarse como imagen del país bolivariano: se convirtió en ruina, es decir, en nada, antes de que concluyera su construcción. Desde entonces ha estado peregrinando en busca de alguna utilidad distinta para la que en principio estuvo destinado. La modernidad de su propia indefinición terminó sirviendo de sede y lugar para inclemencias y otras torturas policiales.

¡Hay ruinas políticas! La bolivariana es la más reciente. Ha convertido en ruina el país bajo el cubanizado régimen militar. No ha sufrido ningún espanto volcánico, ningún tsunami asiático, ningún sismo chileno o algún desconsiderado huracán del Caribe. Cometió solamente el desacierto de aclamar a un mesías que emergía del desorden de las cúpulas adecas y copeyanas. Un oscuro militar aniquilador que destruyó las instituciones, sembró el odio y la discordia; impregnó al país de una belicosidad militar abyecta y desmesurada; despojó a la Presidencia de la majestad de su investidura inoculando el virus de la corrupción, la vulgaridad del lenguaje y arruinó con ferocidad y empeño la economía venezolana antes de convertirse en ave belicosa. Hay destrozo, perdición, decadencia y decaimiento en las personas, las familias, las comunidades y en el Estado. También la producción petrolera decayó y se instaló la ruina moral: existen “patriotas cooperantes”, es decir, sapos, delatores, fascistas.

Los derechos humanos, nuestra dignidad, nuestra seguridad e integridad personales son desechos que se amontonan en las calles, en la morgue o sobre las aceras rotas. Algunos intelectuales y artistas se han hecho cómplices del desastre, han vendido o hipotecado el alma a cambio de prebendas, dádivas de poder o simplemente animados por una vocación miserable: otra manera de convertir sus vidas en oprobio y escombros. ¿Qué era lo que decía Isidore Ducasse, el Conde de Lautréamont, en sus Cantos de Maldoror? “¡Una mancha intelectual no la borran océanos de eternidad!”. Los pueblos perdidos en el país inmenso son nuevas ruinas superpuestas a las ruinas que siempre han sido: lugares abatidos por el infortunio, la pobreza, el desamparo. Hoy, ¿para qué negarlo?, cargamos nuestra propia ruina, ¡somos responsable de nuestro propio Helicoide!