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Leopoldo Tablante

La profecía de Roberto Clemente

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En 2001, el PNC Park, estadio sede de los Piratas de Pittsburgh, abrió sus puertas con el perfil de rascacielos de la ciudad y el puente de la calle 6 sobre el río Allegheny como telón de fondo. El puente pasó a llamarse Roberto Clemente, homenaje al pelotero puertorriqueño clave en la victoria de los Piratas en la series mundiales de 1960 y 1971, quien obtuvo el mayor promedio de bateo en 1961, 1964, 1965 y 1967.

Era el gesto mínimo que merecía un atleta que también fue un líder humanitario, uno de los héroes latino-caribeños más descollantes de los años sesenta y setenta, durante un intervalo histórico en el que los boricuas de Estados Unidos se encontraban en plena lucha por reivindicar su identidad y sus derechos ciudadanos mientras surcaban el mar picado de la intolerancia étnica.

Su mascarón de proa, quién lo hubiera dicho, fue la salsa neoyorquina, tendencia pop de la juventud «cocola» que acabó revelándose como movimiento sociopolítico y cultural. «Cocolos» se les llamaba en Puerto Rico a los isleños pobres de tipo negroide –como el Roberto Clemente que se enfrentó al racismo del norte en los años cincuenta y sesenta–, de afro redondo y espumoso y peine de tenedor en el bolsillo trasero del pantalón.

En suma, cocolo era también el mensajero motorizado de la urbe venezolana, aficionado incondicional al repertorio del sello Fania y sus filiales.
Mientras los puertorros de Nueva York conquistaban el Caribe con la salsa, los cubanos de patria y muerte se ofuscaban.

La salsa había comenzado a configurarse desde 1964, año en que Jerry Masucci y Johnny Pacheco fundaron Fania, valiéndose de la tradición sembrada por una larga lista de canciones y ritmos más afrocubanos que puertorriqueños. Desde el triunfo de la revolución, esas canciones habían caído en una tierra de nadie que permitía volverlas a grabar sin necesidad de pagar derechos de autor. Además, la línea musical cubana había sido la que había regido en Nueva York desde 1932, cuando «El manisero» de Moisés Simmons se convirtió en un éxito de vodevil y los editores musicales de la Tin Pan Alley incluían exotismos musicales caribeños –por lo general cubanos– en su catálogo.

Una de las convenciones comúnmente aceptadas es que el ritmo base de la salsa es el son cubano, creencia que sociólogos de la música popular, como el puertorriqueño Ángel Quintero Rivera y el colombiano Alejandro Ulloa se han dado a la tarea de desmentir. Para Quintero, el «secreto de la salsa» reside en que es una forma musical abierta, flexible para acoger, alternar y diseminar en la misma canción diversos formatos rítmicos del Caribe que no son necesariamente cubanos.

Pero más allá de la polémica, el hecho es que la cultura musical afrocubana cultivada en Nueva York fue absorbida por otra comunidad latino-caribeña, la puertorriqueña, que la asumió como propia y le permitió «decir cantando» las intimidades de su sacrificada asimilación a la vida urbana estadounidense.

En la saga familiar Maestra vida, que Rubén Blades grabó para el sello Fania en 1979, el sastre Carmelo da Silva celebra el nacimiento de su hijo Ramiro especulándole un destino brillante como el de los peloteros «Aparicio o Clemente, ídolos de su gente y glorias para el beisbol». Y la mención de Roberto Clemente desde el predio de la salsa es un acto de conciencia.

En 1979 todavía faltaban 22 años para que la ciudad de Pittsburgh materializara, con un puente y una estatua monumentales, el agradecimiento que le debía a un joven puertorriqueño que llegó a esa ciudad en 1955; faltaban también 30 años para que la Corte Suprema de Justicia estadounidense admitiera a la primera magistrada de origen boricua, Sonia Sotomayor. Hace 34 años, Maestra vida relató el fracaso de una familia latina en la que ninguno de sus miembros encontró más que el rezago y la violencia inherentes a la pobreza.

Un fracaso entero, sostenido por islas de dignidad como las del culto a Clemente, para que los puertorros del norte pasaran de la estigmatización tradicional a su transformación en ciudadanos legítimos, con cultura particular y derechos universales.