• Caracas (Venezuela)

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Marcelino Bisbal

La producción revolucionaria de información

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I. El deber ser

El texto podría haberse titulado también La producción social de información/comunicación, pero finalmente nos decidimos por el que encabeza este breve ensayo, porque hay una manera muy particular de producir y difundir información –llamémosla genéricamente comunicación pública– en esto que han llamado el proceso revolucionario que hoy vivimos.

La producción social de información/comunicación, sin identificar al productor-emisor de la misma, responde a la idea de que a la hora de estudiar cómo se construye y reconstruye la información que va destinada a la comunicación pública, hay que analizar todo el conjunto de relaciones que se dan entre sociedad y comunicación. Quien más ha estudiado el tema en nuestro espacio iberoamericano es el español Manuel Martín Serrano que nos dice al respecto lo siguiente:

“Estudia [la producción social de información/comunicación] cómo se produce una clase de bienes fabricados para abastecer a la comunidad de información: los productos comunicativos. Analiza el uso que se hace de esa información para contribuir a la producción/reproducción de la sociedad. Pone en relación las peculiaridades materiales y narrativas de los productos comunicativos con las funciones que cumplen en cada sociedad”.

La razón de ser del periodismo y su oficiante, el comunicador profesional, es mirar con cierta autonomía y asepsia posible los aconteceres, los hechos que configuran la vida pública. Periodismo no es solo producir noticias, es algo más. Tampoco es producir entrevistas, crónicas, reportajes… es desentrañar el nudo de relaciones que se dan en una sociedad, en una comunidad. No es acumular tan solo datos y darlos a conocer, es intentar explicar los hechos que se dan en la realidad a través de esos datos; esto requiere del conocimiento para dotar de explicaciones desde los distintos géneros periodísticos que se emplean para transmitir la información/comunicación.

El periodista debe estar consciente de que sus productos comunicativos se van a constituir en el referente cultural para una buena parte de la sociedad. La agenda (se le nombra como agenda setting), que diariamente nos presentan los medios de comunicación –tanto los convencionales (la prenda, radio y televisión) como los no convencionales o nuevos medios (el internet y las redes sociales)–, se convierte en la realidad misma, dejando de lado otras realidades. Digamos entonces que el periodismo, desde sus orígenes, lo que hace es configurar la opinión pública porque le permite ejercer una influencia sustantiva sobre la vida política y social. De ahí la situación privilegiada y crítica del llamado campo comunicativo en donde se mueve la producción social de información.

 

II. Lo que es

He traído esa referencia conceptual para tratar de ilustrar y de entender cómo se oficia el periodismo en el conjunto de medios que hoy configuran la plataforma mediática del régimen. De la misma forma, mostrar cómo esos medios gubernamentales, agrupados de manera monolítica alrededor del poder, disimulan y fingen una realidad que no existe. Es lo que nos apunta Jean Baudrillard: “Así, pues, fingir, disimular, dejan intacto el principio de realidad”. Es decir, desde el periodismo rojo rojito y los medios que él hace posible, se enmascara la actualidad negándola de manera radical o simplemente manipulándola por razones impuestas desde el poder.

El periodista revolucionario y sus medios también revolucionarios han transformado al periodismo que ellos hacen y transmiten en un puro simulacro. Los referentes que hoy vemos a nuestro alrededor, en donde los problemas de desabastecimiento de alimentos y medicinas van creciendo; en donde la violencia y la inseguridad tienen curvas cada vez más ascendentes; en donde los derechos sociales están subordinados a los derechos militares y al grupo que ostenta el poder; en donde todos los días se le da un golpe de Estado a la Constitución; en donde el lenguaje de la autoridad ya no sirve para nombrar las cosas sino para decirnos que lo real ya no es lo que es; en donde se inventan enemigos internos y externos para ocultar la ineficacia y la incapacidad de sus conductas públicas; en donde la masacre social, económica, educativa, cultural y política se ha desatado como nunca habíamos visto en Venezuela…; nos sirven para ver cómo es la conformación y reproducción periodística del hecho, como lo legitiman al relatarlo de una u otra forma y cuáles son las imágenes que emplean para hacer visible lo invisible.

El modelo periodístico que emana todos los días dentro de ese gran y novedoso entramado mediático que el Gobierno ha edificado en estos diecisiete años, no ha servido para darle voz y formar voces de los distintos sectores sociales que hoy conviven en el país. La llamada información oficial ha practicado sistemáticamente la sub información produciendo la pseudoinformación. En un régimen como el que se ha ido conformando a lo largo de todo este tiempo, bastante, por cierto, la apropiación de la información y el control de ella es clave para la perpetuación del régimen. Edgar Morín nos lo apunta de manera bien clara:

“La apropiación monopolista de la información no es una característica secundaria, sino que constituye una piedra angular del poder totalitario. Este tiene necesidad de la sub información, de la pseudoinformación, de la contrainformación, no solamente para enmascarar su verdadera naturaleza, sino también para realizar su verdadera naturaleza. Sin la producción/reproducción permanente de la leyenda, sin el filtro, rechazo y destrucción de la información, el sistema no podría perpetuarse y reproducirse”.

El periodismo que se hace desde el poder, obedeciendo a la voluntad del mismo poder, ha servido, y sirve, para no informar, sino para hacer desaparecer toda forma de pluralidad de criterios, de discernimiento, y para sustituir la realidad por una ficción, por un puro simulacro. El periodista Alonso Moleiro nos ilustra esta idea cuando nos expresa que:

“No pueden las circunstancias complacer a los analistas, articulistas y reporteros chavistas. Las complejidades de la realidad, las contradicciones de la humanidad, los problemas del país, superan con creces cualquier idea fija, cualquier desajuste emotivo, cualquier complejo personal disfrazado de pasión justiciera, cualquier receta ideológica. La visión totalizadora que alimenta el credo chavista y la filiación de sus seguidores a los pareceres personales de una persona impiden al oficialismo tener hacia el en torno la aproximación flexible, condicionada, casuística y mixta que todo periodista debe tener. Es imposible ser periodista y aspirar a tener calidad profesional y credibilidad si no se sabe dudar”.


III. El libreto rojo rojito

Hagamos una experiencia. Sentémonos frente a la pantalla televisiva y veamos durante una semana cualquiera de los diecisiete canales de televisión que hoy posee el gobierno; veamos el grupo de periódicos que conforman el campo de la prensa oficial-gubernamental (con el Correo del Orinoco al frente y los ocho restantes que se editan en distintas partes del país); escuchemos las más de 160 radio para-públicas comunitarias habilitadas y alguna de las casi 3.000 que existen de forma ilegal; sintonicemos cualquiera de las 37 televisoras para-públicas comunitarias; entremos en la gran cantidad de sitios web que figuran como alternativa bolivariana…para percatarnos en vivo y directo de la uniformidad del mensaje, de la presencia de unos contenidos que de ninguna forma hacen cuestionamiento político al gobierno y sus políticas, de la ausencia del libre juego de las ideas y de la presencia de un periodismo que oculta y/o manipula hechos de la realidad. La argentina María Matilde Sosa –periodista simpatizante con el proceso– lo justifica así:

“Acá en Venezuela, en este aspecto de la GBI (Guerra de Baja Intensidad), con ataques masivos comunicacionales, que la convierten en Guerra de Alta Intensidad se entiende que la comunicación es un arma, y va de suyo entender por tanto, que el ejercicio de la profesión es una herramienta para la batallas de las ideas, tanto como para el soldado el fusil”.

Así, se puede entender cómo lo que desde el gobierno se denomina la verdad revolucionaria (también verdad oficial) debe estar por encima de la verdad noticiable. ¿Qué es lo noticiable para y desde el poder? Aquello que no cuestione al propio poder y para tal fin dos son las operaciones a ejercer: simplemente discriminando informativamente los hechos o absteniéndose de informar.

El des-orden impuesto desde la autoridad central, junto a la crónica oficial y la “densidad monolítica de los medios gubernamentales” hacen que la información, que debería ser la esencia de la vida democrática, sea todo lo contrario a lo que la misma noción de información anuncia. Es decir, la información como bien público y no como un bien restringido en razón de una anacrónica ideología.

El des-orden comunicativo, junto a los otros des-órdenes, va del cinismo a la arrogancia y una cita del mexicano Carlos Monsiváis nos lo hace ver cuando nos dice: “Solo les queda de relieve la intolerancia, el nivel pre-verbal, los vínculos entre pérdida de vocabulario y renuncia a cualquier poder expresivo, la angustia de quienes creen representar las convicciones mayoritarias y de pronto se sienten en minoría”.