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Emilio Cárdenas

El proceso de paz en Medio Oriente se detiene

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Los dos principales partidos políticos palestinos, Al Fatah y Hamas, anunciaron hace pocos días su reconciliación. Esto ocurre después de siete años de profundos desencuentros y, más aún, de enfrentamientos violentos entre ambos bandos. Para Palestina es una buena noticia.

El acuerdo alcanzado supone que, en un plazo de cinco semanas, se estructurará un gobierno de unidad para toda Palestina. El mismo estará conformado por tecnócratas y será presidido por el líder de la Organización para la Liberación de Palestina, Mahmoud Abbas, quien ha estado a cargo -hasta ahora- de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). A los 79 años, esta podría, de pronto, ser su última responsabilidad política de alguna importancia.

El principal mandato de la próxima administración, una vez que el Parlamento palestino apruebe lo convenido, será el de convocar a elecciones parlamentarias conjuntas. Tanto para Cisjordania como para Gaza. Lo que no ocurre desde 2006. Las encuestas sugieren que Al Fatah cuenta con 40% de intención de voto, mientras Hamás tan sólo con 30%. Para la moderación, ésta es una expectativa positiva.

Las referidas elecciones palestinas deberán tener lugar en el plazo de seis meses. De esta manera, el cisma político que hoy imposibilitaba la acción conjunta de los palestinos comienza -aparentemente- a superarse. No obstante, los Estados Unidos se apresuraron a advertir, con razón, que no reconocerán al nuevo gobierno mientras éste no haya reconocido formalmente al Estado de Israel, renunciado a la violencia y suscripto los acuerdos que ya han sido firmados por la ANP. Nada de esto ha sido nunca aceptado por Hamas en el pasado.

La Franja de Gaza, recordemos, ha estado bajo control total del movimiento islámico Hamas (que tiene vinculaciones muy estrechas con la Hermandad Musulmana y con Irán) desde la expulsión violenta de Gaza de los líderes de la secular Al Fatah, ocurrida en 2007.

Hamas desde entonces no había reconocido siquiera la legitimidad de la administración de Abbas, instalada en la ciudad de Ramala, en Cisjordania. Hamas, por lo demás, sigue siendo considerado como una organización terrorista, tanto por los Estados Unidos como por la Unión Europea.

El acuerdo alcanzado entre los dos más importantes movimientos palestinos se inscribe en el marco de las conversaciones que se iniciaron en El Cairo y Doha, en 2012. Cabe recordar, sin embargo, que otros tres acuerdos similares suscriptos entre las mismas partes nunca se pudieron implementar. Por esto, habrá que esperar a ver cómo avanza efectivamente este nuevo intento de unificación de los palestinos.

Apenas dos horas después de conocido el acuerdo intrapalestino, Israel, como era de suponer, declaró suspendidas las negociaciones de paz con los palestinos que, es cierto, estaban desmoronándose -en rigor casi al borde del colapso- antes de que expirara el plazo de las negociaciones, el 29 de abril.
Para Netanyahu, lo sucedido evitó las dificultades que suponía que, en su heterogéneo gobierno de coalición, haya un partido (el Bayit Hayehudi) que no acepta más liberaciones de prisioneros palestinos y otro (el Yesh Atid) que amenaza con dejar el gobierno, si el plazo para las negociaciones de paz no se extiende más allá del 29 de abril.

A lo que cabe agregar que el ala derecha del propio partido de Netanyahu, el Likud, tampoco está demasiado cómodo con el proceso de paz. Esto pese a que el premier Netanyahu no acepta compartir con los palestinos jurisdicción sobre el este de la ciudad de Jerusalem, procura controlar militarmente el valle del Jordán en su integridad y ha permitido la construcción de asentamientos en Cisjordania a un ritmo que ha sido el más acelerado de los últimos años. Hoy hay en ellos unos 575.000 ciudadanos judíos. Y a que, además, Netanyahu aspira a que el reconocimiento palestino de Israel sea, en más, en su carácter de Estado judío, lo que tiene impacto en la compleja cuestión de los refugiados palestinos. Todos y cada uno de esos temas son, por cierto, particularmente sensibles para su contraparte.

Pese a que las señales no son claras, no es imposible que las negociaciones de paz se consideren ahora suspendidas, por oposición a cortadas. Pero para ello debería haber, al menos, declaraciones de las partes que, de alguna manera, respalden esa interpretación. Lo que aún no ha sucedido.

Se trata de preservar un espacio para defender un status quo mínimo, que sirva al menos de freno a una nueva escalada de violencia, incluyendo una posible intifada, lo que -en definitiva- dependerá de la conducta de las partes. Así como de no sepultar las posibilidades de volver a negociar, tan pronto como ello luzca factible. Esto es algo así como una decisión de seguir en contacto, pese a las enormes dificultades que, todavía hoy, no permiten soñar con alcanzar soluciones definitivas.

Lo cierto es que, para las negociaciones de paz en Medio Oriente, no hay Plan B distinto del que marcará, paso a paso, la realidad. Esa es, en rigor, la contingencia que todos enfrentarán simultáneamente.
De alguna manera, la situación que se avecina puede, quizás, hasta resultar de pronto algo parecida a lo que sucede en Chipre, donde los adversarios no se han reconocido entre sí completamente, pero han sido capaces de alcanzar -una y otra vez- acuerdos mínimos que han permitido convivir razonablemente y frenar cualquier regreso a la violencia.
Para el nuevo gobierno palestino habrá desafíos inmediatos bien concretos, que serán observados de cerca por todos. Como, por ejemplo, ¿quién controlará el paso de Rafah, que comunica a Gaza con Egipto? ¿Cómo lo hará? ¿Con qué grado de transparencia?

Hoy los "duros" sentados a ambos lados de la mesa de negociaciones no parecen estar dispuestos a flexibilizar sus posiciones. Muestran una actitud de cierta intransigencia, que tiene bastante que ver con el clima de fragilidad que se ha apoderado de la región toda. Donde Siria está sumida en una dura guerra civil que concentra la atención casi exclusiva de la Liga Árabe; el Líbano, cada vez más en estado de fragilidad; Egipto, de regreso a los militares, como si la "primavera árabe" no hubiera existido; Irán, negociando todavía con la comunidad Internacional como controlar su peligroso programa nuclear y poder levantar las sanciones económicas que han dañado severamente a su economía, y hasta Rusia en el inestable limbo que ella mismo ha provocado en torno a Ucrania.

Demasiados interrogantes acerca de cómo se podría avanzar con serenidad en un proceso de paz que debe nacer con un mínimo de fortaleza y no quedar sujeto, de inicio, a un entorno plagado de imprevisibilidad.
De cara a la realidad, los palestinos deberían actuar sin crear hechos consumados que puedan complicar una negociación que no ha podido avanzar desde 1993, como sería su posible accesión a la Corte Penal Internacional, con todo lo que ello podría significar. El anuncio de que pedirán el ingreso a 60 nuevos organismos internacionales debe ser seguido con atención, por sus posibles consecuencias. Israel, por su parte, debería ser firme y contemporizadora a la vez, lo que está lejos de ser simple. Pero la reciente decisión de suspender la construcción de nuevos asentamientos va, creemos, en la dirección correcta. Los Estados Unidos, por su parte, no deberían desentenderse de su complejo rol de facilitador activo de las negociaciones de paz. En esto, el activo Secretario de Estado, John Kerry, ha hecho esfuerzos denodados, que lamentablemente no han tenido éxito. Pero que deben obviamente reconocerse.

Se trata, en definitiva, de no apresurarse a romper puentes, pese a que la realidad sugiera que hoy están intransitables. Dicho de otra manera, el proceso de paz está nuevamente en terapia intensiva, pero la idea es ciertamente la de no desconectar los cables que aún lo mantienen con posibilidades de vida.