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Mirla Alcibíades

El primer viaje de Teresa Carreño a Europa

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Comienzo por recordar que el 23 de julio de 1862 la familia Carreño-García del Sena abandona Venezuela. El núcleo familiar lo integraba don Manuel Antonio Carreño (el reconocido autor del Manual de urbanidad), su esposa, doña Clorinda García de Sena, y sus dos últimos hijos (la mayor permaneció en el país, pues se casaría dentro de poco). Se despiden de Caracas con destino Puerto Cabello. Allí permanecen una semana. El 1º de agosto abordan la embarcación identificada con el nombre de Joseph Maxwell rumbo a Estados Unidos.

Llegan a Filadelfia y, después de siete días, se instalan en Nueva York. De inmediato comienza la serie de conciertos que dará la pequeña Teresa en auditorios de esa ciudad. Allí no solo se presentó en grandes teatros, sino que brindó su magia musical en escuelas y quiso mostrar sus dotes en instituciones para ciegos. Todo el mes de enero de 1863 es destinado a realizar una gira similar en Boston.

El breve tiempo que permanece alejada de los escenarios lo dedica la familia a organizar viaje a Cuba. El 25 de marzo de 1863 llegan a La Habana y ahí, como en Matanzas, su genialidad arrebata. Regresa a Estados Unidos cargada de reconocimientos. En 1864 sigue en ascenso su oferta de conciertos. Se suceden las presentaciones en Nueva York, sur de Estados Unidos, Filadelfia, Baltimore, Washington. En octubre deslumbra con su magia al presidente Lincoln en la Casa Blanca.

Para ese momento le son familiares Mozart, Beethoven, Hummel, Goria, Chopin, Mendelssohn, Gottschalk, Thalberg, Liszt y otros. Además, desde muy tierna edad, se había adentrado en el mundo de la composición. Tampoco descuida la ampliación de su repertorio musical y, desde luego, la práctica cotidiana del piano. Forman parte de sus faenas diarias elevar las dotes en el dominio del inglés y del francés. Desde luego, sus padres están pendientes de que no abandone las áreas de conocimiento general como la geografía y la historia. Ha reducido sus presentaciones públicas, lo que no impide que en enero de 1866 vuelva a dar recitales en Cuba.

Pero don Manuel y doña Clorinda saben que una artista de su talento necesita hacer el ineludible viaje a Europa. De tal suerte, abordan en Estados Unidos el vapor que tenía por nombre La Ciudad de Washington (City Washington). De inmediato comenzaron los inconvenientes. El primer percance los alcanzó tan pronto salieron del puerto: la embarcación topó con un banco de arena. El capitán, de nacionalidad estadounidense, desestimó lo ocurrido. Parecía llevar apuro en dejar a los 250 pasajeros en el puerto de Liverpool.

Todo parecía marchar bien. La tripulación y pasajeros estaban tranquilos. Nadie recordaba el incidente. De pronto –el segundo día de navegación– un crujido sobrecogió a todos. El dispositivo mecánico de la embarcación sufre total deterioro. No queda más alternativa que izar las velas. Hacer el viaje sin vapor hará más lento el recorrido, pero todos tienen confianza en que, aunque tarde, llegarán a destino.

Pero otras tribulaciones los sobrecogen. El séptimo día de recorrido una nueva desgracia los atemoriza. Sobreviene una terrible tempestad. La fuerza de los vientos y el vigor del oleaje arrancan el timón. Los intimida el más atroz de los desamparos: en medio del océano, a merced de los elementos, el único recurso a la mano es la oración.

La tormenta no ha cesado y, en medio del pavor que inspira encontrarse dentro de una embarcación que flota en el mar sin rumbo fijo, una desgracia impensada los angustia. La provisión de alimentos había sido calculada para un máximo de doce días de viaje.

Transcurren esos doce días y, para mayor intranquilidad, la furia del cielo y el desasosiego del océano no calman. Tampoco vislumbran embarcación en el horizonte que pueda ayudarlos. Persiste el temor de que el City Washington quede a la deriva. Súbitamente, alguien ve una embarcación en la lejanía. Echando mano de todo tipo de recursos, al fin se hacen ver de quien podría ayudarlos.

En efecto, el buque salvador se acerca. El capitán quiere prestar toda la ayuda que esté de su mano, por ello está dispuesto a llevar los 250 pasajeros. Como cabe imaginar, el trasbordo enfrentó todas las dificultades del caso. Debido a esa circunstancia, la máxima autoridad del City Washington impidió hacer lo propio con el equipaje. De tal suerte, todos se resignaron a continuar el viaje con lo que llevaban puesto.

Todavía no he recordado que el buque salvador tenía el registro de Propontis. Cuando los 250 viajeros creían contar con mejores tiempos, la furia de la tempestad arreció. Una de las crónicas de prensa refirió que “el Propontis a su vez vio desfondada su máquina por un golpe de mar, y preciso fue que continuase a la vela su navegación”. Pero el peso derivado de los 250 pasajeros de sobrecarga hizo más lento el desplazamiento. Las raciones escaseaban, lo que obligó a imponer dieta forzosa de pan y agua.

Se cuenta que durante esas semanas (casi un mes) de agobio, la pequeña de 12 años no dio señales de temor. Finalmente llegaron a Liverpool. De ese puerto pasaron a París donde arribaron el 3 de mayo de 1866. En esa ciudad fijaron residencia. Cuando llegaron a la capital francesa la temporada de conciertos estaba por finalizar. Pero todavía tuvo tiempo la venezolana para dar unos pocos recitales. De inmediato fue reconocido su talento y, desde luego, se abrían para ella las puertas de la gloria.

alcibiadesmirla@hotmail.com