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Elías Pino Iturrieta

Mis presos y sus presos

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El intercambio de palabras entre el presidente de la república y el alcalde de El Hatillo, sucedido hace poco, ofrece luces sobre la magnitud del problema que significa el desacuerdo en las materias del diálogo requerido por la sociedad. La escaramuza apenas se detuvo en un asunto –la libertad de dos alcaldes presos: Daniel Ceballos y Enzo Scarano, sin meterse en otras honduras–, pero permite una referencia genérica que puede tener utilidad.

Smolansky pidió el fin del cautiverio de sus colegas, pero Maduro la negó de inmediato. El peticionario manejó el tema porque le pareció oportuno; no en balde se le hace difícil el contacto con la cabeza del Ejecutivo, pero especialmente porque consideró que no hacía una solicitud extravagante. El destinatario reaccionó como lo hizo porque tampoco le es expedita la ocasión de decir algo en la cara de un adversario, pero especialmente porque consideró que era una locura lo que se le planteaba. De los dos motivos de la escaramuza, el último parece relevante de veras.

Hay una discrepancia evidente en torno a la razón de la prisión de los alcaldes, que no existe, según Smolansky, pero que es motivo de sobra para mantenerlos entre rejas, de acuerdo con Maduro. Tal es punto esencial sobre el cual se hace preciso insistir. Remite a una subjetividad que no debe predominar en el ámbito de un asunto tan acuciante que provoca reacciones cargadas de emotividad y aun de violencia en el seno de la sociedad, especialmente entre los líderes y los seguidores de la oposición. Así como parte de la perplejidad que provocan unos encarcelamientos de dudosa causalidad, plantea la alternativa de motivos tendenciosos o inflados para que unos actores políticos den con sus huesos en una jaula.

¿Existen motivos que justifiquen la prisión de los alcaldes Scarano y Ceballos? Se habla ahora de ellos porque fueron referidos por Smolansky en su escarceo con Maduro, pero con la mención de su causa se pueden extender los comentarios a un conjunto numeroso de detenidos cuya captura carece de justificación, de acuerdo con los que nos oponemos al régimen, especialmente la cantidad cada vez más significativa de estudiantes que están o han estado presos por manifestar en la vía pública. La oposición considera no solo que merecen la libertad, sino también que jamás debieron ser objeto de cautiverio. El gobierno piensa lo contrario y se aferra a ese pensamiento. Las posturas nos colocan frente a un arduo rompecabezas, cuya soldadura parece muy complicada.

No se debe olvidar el hecho de que, en la inmensa mayoría de los casos, el régimen no ha dudado en el ejercicio de la represión y en la realización de procedimientos sumarios contra los apresados. La autoridad ha reaccionado con un énfasis chocante con los miramientos propios del sistema republicano frente a conmociones populares, no solo por el acarreo masivo de manifestantes sino igualmente por la alevosa manera que ha distinguido el acarreo. Cuando la sociedad observa, porque los represores han actuado sin embozo ni vergüenza, cómo se atropella y humilla a los protestantes, en especial a los jóvenes de universidades, liceos y colegios de bachillerato; y cómo se dictan sentencias de prisión sin procesos dignos de tal nombre, manifiesta indignación frente a la brutalidad y clama por la libertad de quienes, si fueron sometidos a vejaciones y dolores en el momento de su detención, probablemente la pasarán peor en la soledad de los cuarteles, sin testigos capaces de denunciar sus padecimientos.

Si concedemos que guió su intervención, la subjetividad de Smolansky tiene fundamento. No solo porque expresa solidaridad con dos colegas sobre cuya conducta no alberga dudas, sino también porque resume la sensibilidad de repulsa frente a las coacciones del régimen, que ha expresado una parte significativa de la sociedad después de presenciar un espectáculo continuado de barbarie. Con tantas evidencias a su favor, lo que parece subjetivo se acerca confiado a la objetividad. Aparte de machacar una versión contra la que chocan incontestables vicisitudes, Maduro apenas cuenta con palabras sin asidero en la realidad. La realidad expresa su brutalidad sin recato y se levanta contra una respuesta que no tiene intenciones de ser distinta. No se ha comentado ahora un pasajero intercambio de palabras, sino una escena capaz de dejar en claro muchas cosas.