• Caracas (Venezuela)

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Pedro Conde Regardiz

¿Un presidente débil?

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¿ Acaso es otro deporte el denigrar de Maduro nacional e internacionalmente? ¿Él gobierna? En el exterior comentan que se trata de "una gran nación, pero un pequeño presidente", que no cae en la cuenta de que intentar enderezar los entuertos heredados de la gestión de Chávez necesariamente arrojará víctimas; no logra captar que en esta situación reformar ya es revolución, que más bien la entiende como: dilapidar los ingresos petroleros, destruir el aparato productivo, generar inflación, desigualdades, actuar al margen de la Constitución y las leyes, una política del poder que atenta contra el nivel de vida de los venezolanos y, peor aún, cuestiona la existencia misma de la república. Inventa un enemigo interior para que se imaginen que el país está invadido, sitiado, en peligro, cuando es al contrario, sin que la Mesa de la Unidad Democrática salga de su letargo, a causa de la quinta columna cubana, de la ocupación china y del manto de oscuridad que envuelve su nacionalidad, utilizada, quizá, como chantaje por los intereses creados del PSUV, donde, por lo demás, hay rencillas por cuotas de poder y por el "reparto de la torta". Se acelera eliminar por diversos métodos la libertad de expresión, que es determinante para juzgar este régimen como de raigambre dictatorial. Es una utopía al revés. Pero el presidente no puede enderezarla.

Lo más curioso de esta situación surrealista, que dejaría estupefacto a André Breton, es que el señor Maduro quiere aumentar el precio de la gasolina pero no puede. Amenaza a Henri Falcón y de ahí no pasa. Lanza improperios, ordena juicios contra Capriles y todo se diluye. Habla de la "burguesía parasitaria" y llama a la paz. Los ministros disputan, se contradicen, son indisciplinados, por la crisis nacional, y no puede hacer nada. Dice luchar contra la corrupción al tiempo que se ve obligado a tomar decisiones con los más connotados corruptos señalados por la opinión pública, es más, los esconde al recurrir a chivos expiatorios. Tolera que los ministros le originen problemas políticos, como el que dijo que se necesitarían cincuenta años para superar los achaques que ellos mismos han generado o acentuado en la sociedad venezolana, cuando son nombrados más bien para solucionar dificultades.

Se nota anarquía en lugar de cohesión en el equipo político, y no puede hacer nada.

La inflación, entre otros, devora su piso político: cada día surgen manifestaciones, protestas en todos los rincones del país por la cuadruplicación de los precios mientras los sueldos y salarios permanecen rezagados, salvo los militares a quienes llegan aumentos sucesivos, lo que da la impresión de que sufre algo así como una extorsión sin poder hacer nada. No entiende el problema cambiario, no se percata de que mientras hable de socialismo del siglo XXI, burguesía apátrida, tenga como consigna el contraste de querer patria y al mismo tiempo la destruye, inseguridad jurídica, la espada de Damocles de la expropiación por antojo, motivos ideológicos, la planificación como sustituta del mercado, el posible reciclaje de un ignaro en finanzas relacionado con los que estafaron el fondo de los trabajadores petroleros, la inestabilidad cunde por doquier.

Si insiste en montar el espectáculo vergonzoso nacional e internacionalmente de un país incapaz de producir gran parte de lo que consume, a pesar de poseer condiciones naturales para cosechar sus alimentos, no habrá ningún flujo de capitales hacia Venezuela y, ciertamente, una estampida de los nacionales hacia el exterior, comenzando por los acumulados en su entorno corrupto, los que anhelan Ferraris de diferentes colores, son parte de los capitales golondrinas buscando ocultarse, estremecen el tipo de cambio, sube la fiebre cambiaria, agudizada por la desconfianza en un gobierno ineficaz, quemado en el infierno de sus anacronismos y desaciertos. El presidente Maduro no puede hacer nada. Sus anuncios empeoran expectativas negativas.

El país es ingobernable.