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Aurelio Useche

El presidente Maduro y la lógica política

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En marzo de 2103, Nicolás Maduro fue elegido presidente con apenas 50,61% de los votos emitidos y contabilizados por el CNE, mientras que Capriles  Radonski obtuvo 49,12%, lo cual representaba una diferencia de apenas 224.268 votos. Es decir, que para ese entonces la abrumadora “mayoría” del chavismo se había extinguido y ya no se manifestaba imbatible, como en procesos anteriores. Y ello resultaba casi como obvio; las condiciones económicas y sociales de Venezuela se habían deteriorado intensamente. Para ese entonces la recesión económica tenía su cuarto año consecutivo, y desde luego la inflación, la escasez y la caída en la prestación  de los servicios públicos era más que evidente. Y ni que hablar del malestar social de la población, dado el incremento de las manifestaciones de violencia criminal y sin control alguno por parte de las autoridades nacionales, regionales y municipales. Hay que tener en cuenta que el inesperado fallecimiento de Hugo Chávez había conmocionado al país, y quien contó con un apoyo inmenso, dado su carisma y su astucia populachera ya no estaba en la escena. Quizás por un atavismo sentimental con el líder, Maduro pudo contar con una muy relativa mayoría, pero sin duda alguna, los apoyos populares de la revolución bolivariana habían mermado significativamente.

No obstante, Maduro intentó –y continúa haciéndolo– actuar políticamente como si esos cambios no hubiesen ocurrido. Y dirigiéndose con una regularidad de alta frecuencia a una mayoría que no existe ha intentado, en vano, revitalizar el otrora movimiento popular que fue el chavismo, con las mismas palabras, actitudes y modales de Hugo Chávez, sin percatarse de sus limitaciones en la habilidad de comunicarse con la gente, con la población. Más bien y es triste admitirlo, si acaso se destaca es por lo torpe y por las limitaciones en el verbo. Y así ha venido siendo apuntalado por dirigentes como Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez, Aristóbulo Istúriz y por la cúpula militar, “cooperadores insignes”, quienes se han convertido en un muro de tablestacado para evitar que la corriente contraria derrumbe y socave la estructura de su poder.

Durante su gestión de tres años, la situación general del país se ha deteriorado a extremos nunca vistos en la sociedad venezolana. Inflación, abrupta escasez, pésimos servicios públicos de agua potable y electricidad, una decadente educación pública que se dicta en períodos intermitentes y la presencia de una alta criminalidad que no tiene control. Y quizás lo más preocupante, un cambio de conducta social y derrumbe de valores tradicionales en el venezolano común, como lo es el esmero en lograr sus objetivos mediante el trabajo y la defensa de la familia, como centro de los valores morales de la población. Toda esta situación es consecuencia de no haber rectificado, con sentido de oportunidad histórica, lo fundamental de las políticas económicas y sociales, base del chavismo, sobre todo en cuanto al excesivo centralismo del Estado  y a la apropiación de los medios de producción y distribución de bienes y servicios, por una burocracia de militares y militantes de partido, quienes sin visión ética alguna de la administración de los bienes públicos, han destruido la base de producción del país, incluyendo la industria petrolera y empresas de Guayana.

No podía ser sorpresa alguna para Maduro y su gobierno que en las elecciones parlamentarias de 2015 perdieran abrumadoramente la mayoría parlamentaria, la cual, tradicionalmente, controlaban desde la época de Hugo Chávez y desde la imposición de la “reforma constitucional” de 1999. Efectivamente, en las elecciones del 6-D del año pasado, la oposición obtuvo 56,22% de los votos y el gobierno 40,91%; en otras palabras, una diferencia sustancial de 15,3%, jamás imaginada por el chavismo. Ahora bien, al examinar esos resultados, tenemos que llegar a la conclusión de que electorado fue todavía generoso con el “chavismo madurista”, dado el estado caótico del país.

La lógica política obligaba y obliga, más bien, a un político sensato, como debería ser un presidente de la República, a examinar internamente qué había pasado y cuáles eran las razones y motivos para tal mayúsculo descalabro. Y a concebir cómo se podían hacer cambios, a objeto de modificar esa tendencia a perder, de modo súbito, el apoyo popular. Pero más bien Maduro y su gobierno han tomado un camino del cual no tienen salida. Es decir, han tomado un rumbo como si anduviesen en una calle ciega, sin continuidad con el ámbito urbano al cual pertenecen. Y de un modo desconcertante, han inculpado a la oposición de las causas de la inflación, la escasez, la caída de los precios del petróleo, así como del aumento de la criminalidad, denominándola “derechista” y “cautiva del imperialismo yanqui”. Aristóbulo ha introducido la tesis de la inflación “inducida”, pero sin indicar a alguien en particular, solo sugiriendo que tal inducción es obra de factores externos de la vida nacional.

Maduro, en vez de asumir sus responsabilidades, se ha dedicado a combatir la inflación y escasez, utilizando con mayor intensidad las mismas políticas y enfoques del pasado chavista y, desde luego, lo que ha  conseguido es hacer potenciar a estos conflictos, causando aún más graves perjuicios a la población.

Por ejemplo, de un modo insólito, se ha enfrentado a la Asamblea Nacional, la cual, con los resultados mayoritarios de diciembre de 2015, ha interpretado objetivamente la necesidad de cambios urgentes en la orientación de los asuntos del Estado. Y así lo ha intentado. En vez de hacer aproximaciones hacia la Asamblea Nacional y llevar la política hacia una lógica racional, lo que ha emprendido es una política de absurdos enfrentamientos con la Asamblea Nacional, pensando que con ello recuperaría la popularidad del chavismo. Grave error de percepción. La opinión pública nacional está muy clara en su diagnóstico: Maduro es un mal, pésimo presidente. Y por más manipulaciones que trame con el TSJ el apoyo popular es cada vez milimétrico.

Ahora se enfrenta con el referéndum presidencial y, de nuevo, en vez de tener una actuación de lógica política, lo que hace es manipular y utilizar la mayoría chavista del CNE para impedirlo. Presidente Maduro, es tarde para usted. No hay mañana en su futuro político, a menos que Ud. rectifique a profundidad y se olvide de los mitos ideológicos, profesados por la izquierda marxista durante décadas, obsoletos, impracticables y, sobre todo, de pésimos resultados hasta en los países como Rusia, China y, más recientemente, Cuba, quienes desesperadamente hubieron de cambiar ante la evidencia abrumadora del fracaso de su modelo. Y, al mismo tiempo, logre apuntalarse en otros dirigentes del chavismo, aun cuando en este aspecto no abunda la competencia, todavía existen algunos, suficientemente prudentes, quienes pueden ayudarle a encontrar una salida satisfactoria para Ud., para cuando pierda el poder, que de todas lo perderá muy pronto.

La torpeza de su equipo diplomático y asesores en relaciones exteriores lo que ha logrado es que en la OEA exista una mayoría de países que han cambiado su percepción por Venezuela, logrando, por lo contrario, un estado de alerta ante la situación venezolana, frente a la violación del régimen jurídico institucional y de los derechos humanos.

Venezuela no es viable bajo la conducción del actual gobierno, sobre todo si no rectifica. Y aun rectificando, para que pueda tener continuidad debe haber un pacto social con el país y los diferentes factores de poder. Entre ellos, quizás en primer orden, la Asamblea Nacional. Pero ese pacto, producto de una eventual, inteligente negociación, no puede ser emprendido por quienes el gobierno designó para ello. Sus huellas de parcialidad son muy evidentes y su fracaso estruendoso. Olvídense de Unasur, Rodríguez Zapatero y otros. Ya están descalificados. Por ello es necesario que desde la OEA se designen honorables políticos, para que puedan intermediar  honesta y consecuentemente con la realidad política y social del país.

De no cambiar el rumbo político del presidente Maduro terminará por enfrentar aquella famosa frase atribuida a Deng Xiaoping: “Hay que cambiar antes de que nos cambien”. Nadie en Venezuela desea un golpe de Estado, ni enfrentamientos violentos por el poder. Por ello, la población, disciplinadamente, aun con trabas, barreras y dificultades, siempre ha preferido votar, por cuanto el venezolano es esencialmente un convencido de las instituciones de la democracia como régimen político y de los instrumentos para practicarla.