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Antonio López Ortega

Este presente es todo

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Con este verso iluminador se ha querido rendir homenaje en días recientes al poeta Rafael Cadenas. La iniciativa fue de la Alcaldía de El Hatillo, municipio donde el maestro reside desde hace años. Una pieza videográfica que la alcaldía ha colgado en las redes, con testimonios de Elisa Lerner, Alfredo Chacón, Igor Barreto Luis Miguel Isava y Leonardo Padrón, entre otros, resume bien el tono de sensibilidad que inspira la obra y trayectoria del maestro. Y es que Cadenas, nacido en 1930, y con sus 84 años a cuestas, es hoy por hoy el más importante escritor venezolano del momento. Los inicios de su obra se remontan hacia finales de los años 50, cuando exilado en Trinidad componía los versos de su poemario La isla, pero se mantiene aún viva con entregas constantes, como la de Sobre abierto, su último libro publicado en España por la editorial Pretextos.

Para muchos centros de investigación o cenáculos, incluso para los poetas más exigentes del orbe hispánico, Cadenas se ha convertido en un autor de culto, quizás porque la proyección de su obra va en dirección contraria a una personalidad humilde, austera, propiamente poética. Su constante lucha con las palabras, de la que dan cuenta muchos de sus poemas, revela un contrasentido, o quizás una conciencia mayor: la certeza de que las palabras, si bien aspiran a propiciar el momento poético, no son propiamente poesía sino vehículos para llegar a un particular estado del ser. En la obra de Cadenas, el yo es una herencia pesada de Occidente, claramente aristotélica, que impide el paso a otro estadio, propiamente iluminador: el ser, que es donde la condición humana refleja su aspiración mayor: trascender las limitaciones físicas (la muerte) para entrever lo que la poesía es capaz de hacer: abolir las condicionantes de espacio y tiempo. En la poesía, al igual que en los puntos extremos de algunas religiones o en las revelaciones de ciertas  cosmogonías, la humanidad encuentra su momento de mayor expansión: hemos venido para descubrir que somos “polvo enamorado”, como lo exclamara Quevedo. Morimos, sí, pero con la certidumbre de que nuestro espíritu no desfallece.

Cadenas no sólo pertenece al grupo de los grandes poetas de la lengua, sino también al más selecto grupo que nos habla de la vida como el más preciado de los dones. En verdad, siempre según Cadenas, la vida es el milagro, porque la vida es esencialmente poesía. Quien no lo vea así es sordo (le faltan las palabras), pero también ciego (no ve lo que tiene ante sus ojos). Finalmente, en la línea precursora de San Juan de la Cruz, la poesía no es forma, como lo han creído algunos malabaristas del lenguaje, sino fondo. Sus versos nos llevan directamente a un pozo

de aguas oscuras, del que de pronto se desprende, por vías misteriosas, el sentido. Muchas son las trabas que nos ponemos a nosotros mismos para enceguecer (y enceguecernos): el miedo, los temores de todo orden, la pulsión a poseerlo todo, el cálculo por encima de la libre elección, es lo que nos lleva a la perdición, a la muerte en vida. La poesía está allí como palanca liberadora: horizonte opuesto a las huestes armadas de la razón.

Contradicción mayor de estos tiempos: que al espíritu libre, revelador, de una obra como la de Cadenas, le haya tocado en las postrimerías un entorno tan desvalido, mediocre e inmoral como el que nos sume como país. No valen las revelaciones luminosas a la sombra de los buitres que sólo buscan carroña. El ciclo vivido, que quede claro, es de absoluta destrucción, es de puro sinsentido: la propia “nave de los locos”, derivando hacia los mares medievales que sólo mostraban abismos en forma de cascadas interminables. Pero toda guerra, todo ensañamiento, muestra al final un ápice de paz, una vuelta de la cordura. Cuando asomen tiempos mejores, recordaremos que en los momentos más cruentos, más inasibles, la voz de un poeta mayor cantó sin cesar para mostrarnos todo lo que la condición humana puede ofrecer para sentirnos inmortales. Mientras sólo cosechábamos muerte, una voz solitaria se empeñaba en recordarnos que el ser es una condición privilegiada de la humanidad. La luz late tenue por debajo de las sombras, a la espera de aquellos momentos en los que la consigna no sólo sea odio y destrucción.