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Tulio Hernández

Ni prensa libre ni arepas

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En Venezuela, ambas están amenazadas. La prensa libre, por los ardides del gobierno rojo para domesticarla y someterla, incluyendo la negativa de otorgar divisas para la compra de papel a los diarios aún independientes. Las arepas, por los efectos directos del control de precios y la caída, gracias al intervencionismo oficial, de la producción de maíz blanco que obliga a las empresas a producir a pérdida la harina de maíz precocida necesaria para hacerlas.

Dos noticias subrayan el paralelismo. La suspensión de la tradicional y masiva fiesta de aniversario del diario El Nacional del día 3 de agosto y la publicación por parte de Empresas Polar de un dramático comunicado en el que explica detalladamente por qué, ese es su título, “el futuro de la producción de harina precocida de maíz está seriamente comprometido”.

El Nacional es, sin duda, uno de los diarios venezolanos más intensamente asociado a la conquista, defensa y desarrollo de la democracia venezolana y a su vida intelectual moderna. También uno de los más castigados por el poder. Polar la principal casa productora y distribuidora de alimentos del país, vanguardia de la producción “endógena” agroalimentaria, símbolo del capital productivo nacional sólido y respetable, por tanto máximo objeto del deseo del estatismo chavista.

Del acoso sistemático a la libertad de expresión y de comunicación se ha escrito bastante. Es un gesto ya clásico de todo proyecto político de inspiración totalitaria. Pero que un gobierno, totalitario o democrático, militar o civil, sin que exista una guerra o una hambruna, sólo como consecuencia de sus erradas políticas económicas, ponga en riesgo la posibilidad de que su población consuma el más emblemático, cotidiano y a la vez elemental, de todos sus alimentos, es la prueba de una descomunal ineptitud o de la aberración ideológica de su élite gobernante.

Es como si en México estuviese amenazada la posibilidad de hacer tortillas o en España de producir aceite de oliva, sólo por causa de políticas gubernamentales erróneas. Porque si el ají dulce es su sabor nuclear, la arepa es el sol alrededor del cual gira el sistema planetario de la alimentación diaria venezolana. Tanto que sin ella nos costaría expresarnos.

Una derrota a cero en el beisbol, son “nueve arepas”. Una persona que cambia fácilmente de bando, un “voltearepas”. Otra que traiciona sus principios por empleo o por dinero, un enchufado, tiene “bozal de arepas”. Si nace un bebé venezolano, viene “con su arepa bajo el brazo”. Si la situación está mal, la arepa “está cuadrada”. Y si queremos celebrar a la abuelita recurrimos a la voz de Gualberto Ibarreto entonando: “Mi abuela nunca aprendió lo que es la geometría/ Pero una arepa en sus manos redondita le salía”.

La arepa y las areperas han estado amenazadas otras veces. La primera, la arepa, cuando en el proceso de migración del campo a la ciudad a mediados del siglo XX, por el inmenso trabajo que daba su preparación, incluyendo pilar o moler el maíz en casa, fue desapareciendo de las mesas. Hasta que en 1960, precisamente Empresas Polar, lanzó al mercado la prodigiosa Harina Pan que simplificaba al máximo el proceso y la arepa - y con ella, las hallacas, las hallaquitas y las empanadas- vivieron su renacimiento.

La segunda, las areperas, en los años 1970, bajo el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, por la regulación de precios a 1 bolívar. Las areperas se fueron mudando a los sándwiches y las hamburguesas hasta que algunos empresarios portugueses (“héroes de la resistencia areparia” los llamaba un amigo poeta en la madrugada ebria), agregaron nuevos rellenos que no estaban regulados –camarones, calamares, chipichipis- y la arepa recobró paulatinamente su libertad.

Y volverá a ocurrir. Porque no hay nada mejor que el ejemplar de un buen diario dominical, escrito sin censura o autocensura, leído en libertad en frente de un desayuno en donde alrededor de una arepa giran armónicamente satélites de queso rayado, caraotas y carne mechada. Prensa libre con arepas, podría llamarse la escena.