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Tulio Hernández

El premio nacional

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Hugo Chávez ganó el Premio Nacional de Periodismo. Así titularon en primera página el pasado jueves 6 de junio los diarios oficialistas que, ya sean privados o de instituciones públicas, son cada vez más numerosos y para atraer lectores a la fuerza circulan gratuitamente o con precios insignificantes que no pagan siquiera el costo el papel. Claro, son medios subsidiados con el dinero de todos para funcionar como aparatos proselitistas del proyecto político de unos pocos.

Para los millones de ciudadanos que no participamos del culto que el recién bautizado “Comandante eterno” gane ese premio es una decisión difícil de digerir. Puede uno sentirse tentado a creer que se trata de un acto de cinismo mayor, un ataque descomunal de sectarismo fanático o ponerse sociológico y comprensivo e interpretarlo como una alucinación cuasirreligiosa o, en el mejor caso, como un acto de fe revelada de parte del jurado que lo decidió.

Porque otorgarle el premio a alguien que no ejerció el periodismo, no estuvo asociado a la investigación o la docencia de la comunicación, ni fue empresario o directivo de algún medio, no importa que el personaje esté vivo o haya muerto y siga vivo, es de por sí un disparate, un acto de arbitrariedad mayor y una manera de degradar aún más un reconocimiento que ya es visto por la inmensa mayoría del gremio como el Premio Nacional de Periodismo Oficialista.

Pero, además, entregárselo –aunque haya sido decidido como galardón “extraordinario”– a un gobernante que confrontó abiertamente el ejercicio del periodismo libre; que insultó públicamente y descalificó sin piedad a periodistas venezolanos y extranjeros cuando le hacían preguntas incómodas; que validó con su silencio los centenares de ataques intimidatorios y agresiones físicas contra profesionales del área, rigurosamente registrados en los informes anuales de ONG como Provea, Espacio Público, Reporteros sin Fronteras o el IPYS, y dramáticamente relatados en libros como Periodistas en la mira de Petruvska Simme; un hombre que violó de manera sistemática y flagrante la libertad de comunicación de los ciudadanos comunes a través del uso caprichoso, arbitrario y ventajista de las cadenas radioeléctricas, hecho descrito con rigurosidad en el libro La presidencia mediática del periodista Andrés Cañizález; que con el pretexto del fin de la concesión ordenó el cierre de un canal televisivo privado y vivió sus últimos años amenazando con hacer lo mismo con los que sobrevivieron si “no se portaban bien”; que auspició y celebró el ejercicio pervertido, sesgado y degradante del oficio a través del apoyo incondicional a Mario Silva y su programa La Hojilla; entregarle el Premio Nacional de Periodismo a una persona con este prontuario es por lo menos cometer una gran injusticia y una burla –un desplante provocador– a los miles de profesionales del periodismo y ciudadanos comunes víctimas de estos desafueros.  

Es cierto que la historia de Venezuela ha estado plagada de gestos alucinados, cursis o patéticos, siempre asociados al culto mítico, la alabanza o la adulancia a hombres y mujeres de poder. Desde las damas del siglo XIX que hacían retratos con los cabellos cortados a próceres de la Independencia, reseñados con fina ironía por Roldan Esteva Grillet en su libro Desnudos no por favor; pasando por los legendarios discursos del padre Borges alabando las cualidades intelectuales del tirano Juan Vicente Gómez, o los generales que acompañaban los desplantes de Blanca Ibáñez, la amante del presidente de entonces, ataviada de uniforme militar dirigiendo operaciones de socorro.

Uno esperaba que en el siglo XXI entráramos en otro ciclo de la cultura política que le dijera adiós a tanto atavismo. Pero no fue así. Hay que prepararse. Ya vendrán por allí el Premio Nacional de Cultura, por sus aportes a la música popular. O el de Ciencia, por su capacidad para divulgar desde Aló, Presidente los adelantos tecnológicos de los tractores iraníes. Ya vendrán.