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Rodolfo Izaguirre

El pozo

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Un pozo es un hoyo más o menos profundo que se hace en la tierra para buscar o almacenar agua pero puede tratarse también de un pozo seco. El diccionario contempla numerosas acepciones. Pozo de sabiduría, de ignorancia. ¡Hay pozos de petróleo y pozos negros para depositar las aguas inmundas! Pozos sépticos. Hay también algún pozo o poza en el río para bañarse. ¡De muchacho lo hice en el Pozo de la Vieja, en Antímano y lo que agarré fue una bilharzia que me iba matando! Otra acepción es la de pozo artesiano que es un pozo de “gran profundidad para que el agua contenida entre dos capas subterráneas impermeables encuentren salida y suba naturalmente a mayor o menor altura del suelo”, y hay un “pozo de lobo” en Argentina que es una pequeña excavación con ramaje y con una o varias estacas puntiagudas clavadas en el fondo que sirve para la guerra o para cazar.

Pero un pozo es símbolo de plenitud y fuente de vida, signo de sublime aspiración, en especial para aquellos pueblos en los que el agua es un milagro. ¡Los pozos del desierto, considerados como un privilegio para su poseedor! En el film Lawrence de Arabia, un punto muy lejano en el desierto comienza a avanzar, y al estar más cerca, pero aún distante, el disparo acaba con la vida del hombre que trata de calmar su sed con el agua del pozo ajeno.

En El libro de las Mutaciones, el hexagrama 48 se refiere al pozo de agua. Abajo, dice, está la madera y arriba el agua. La madera desciende al interior de la tierra a fin de elevar el agua. Es la imagen de un pozo de palanca, de la antigüedad china. La madera nada tiene que ver con el cubo con el que se saca el agua, una cubeta que puede ser de barro cocido, aluminio, latón o cualquier otro material. Alude, más bien, a la vara de madera mediante cuyos movimientos se extraía el agua del pozo. La imagen hace alusión, también, al mundo vegetal que en sus arterias eleva el agua de la tierra. ¡El árbol y sus raíces! Para las mutaciones, el pozo del que se extrae el agua contiene además la idea de un inagotable don de alimento. Se transforman las ciudades, dice, pero el pozo de agua permanece igual. Nuestra vida también sigue siendo igual, eternamente la misma; es inagotable y las generaciones vienen y se van y todas ellas disfrutan de la vida en su inextinguible plenitud. Además, el pozo puede ser símbolo del secreto de la verdad tal como la conocemos, que emerge desnuda de un pozo llamado, justamente, “el pozo de la verdad”.

El libro de las Mutaciones considera que para que funcione una buena organización estatal o social hacen falta dos cosas: es necesario descender hasta los fundamentos de la vida y evitar toda negligencia que pueda romper el cántaro con el que sacamos el agua del pozo. Y agrega que cuando la protección militar de un Estado se exagera al punto de provocar guerras por las que se ve destruido el poderío del Estado, esto equivale a la rotura de la cubeta.

Hubo un tiempo, se dice, en el que los enfermos se mojaban las manos, el pecho y la cabeza en las aguas del pozo en ceremonias medicinales y miraban el agua de un lago o de un pozo en actitud mística y contemplativa. 

Hoy, hacemos exactamente lo contrario: contaminamos las aguas, convertimos en sucio espanto los pozos y los lagos y bajo el socialismo bolivariano arrasamos las instituciones y las reducimos a escombros, nos intoxicamos con una ideología fracasada y perniciosa, el ejército se traiciona a sí mismo hasta convertirse en una sombra equívoca, en aparato represor de nuestras conductas civiles. Son militares muy condecorados, es cierto, pero jamás han conocido o enfrentado una guerra. Yo llegué a ver en Simancas, en el Archivo Histórico de la monarquía española, la boleta de calificaciones de un joven estudiante de milicia llamado Simón Bolívar. Mostraba buenas notas en aseo, conducta y aplicación y en el renglón “Valor”, decía “¡Por verse! 

¡Siempre me he preguntado cuál será el valor con el que calificaríamos a nuestros generales, contralmirantes y soldados porque la última confrontación bélica que soportó el país venezolano tuvo que ver con un victorioso Juan Vicente Gómez derrotando a Nicolás Rolando en julio de 1903, en la batalla de Ciudad Bolívar, y la institución militar aún no había sido creada. Éramos montoneras. ¡Nuestras actuales y “heroicas” Fuerzas Armadas las creó Gómez! No han entrado nunca en guerra pero el descalabro económico en el que han hundido al país, la devastación física de la geografía y el corpóreo fantasma del hambre que nos atormenta pertenecen no a un país en flor sino a la ruina de uno que pareciera estar desgarrado, precisamente, por alguna guerra despiadada. 

Hugo Chávez convirtió al país en un pozo de desventuras y Maduro, el desacertado delfín, terminó despedazando el cubo de sacar el agua. Al cercenar las raíces del árbol ya no sube por su tronco el agua de la tierra ni trepa hacia el cielo el ramaje vegetal de su copa. El nefasto empecinamiento bolivariano extinguió el instante glorioso de extraer desde lo más hondo de los pozos el agua de la salvación, la humedad espiritual, la pureza del alma. En su lugar, se han instalado la vulgaridad, la barbarie, el aliento mediocre y mandatarios que se corrompen atesorando dinero mal habido. Hay quienes se entrampan en los negocios de las drogas, hacen cómplices a jueces y dignatarios y un agónico grito de auxilio brota de las gargantas de la gente que busca pan en las panaderías sin encontrarlo o es maltratada de manera salvaje por hordas armadas, policías, guardias nacionales y malandros de mucha peligrosidad que parecen provenir de los confines del valle del neandertal. Es una pena, pero Venezuela es hoy un triste espectro devorado por el hambre y la incertidumbre de un horizonte que se desdibuja día a día. Un lamento ensordecedor, ¡un pozo séptico!