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Maximiliano Tomas

Los posibles efectos benéficos de un bestseller

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Con una mano en el corazón: ¿cuántos de ustedes saben quién es James Dashner? Hasta hace unos días yo tampoco tenía la menor idea. La cuestión es que el sábado pasado, cuando me tocaba coordinar una charla (¡una más!) sobre Julio Cortázar en la Feria del Libro, vi que el stand al que me dirigía estaba cercado por una larga fila de jóvenes y adolescentes. Por un momento pensé lo impensable: que la fiebre por Violetta de una semana atrás había mutado, repentinamente, en un interés desquiciado por la obra de Cortázar, y que iba a ser mi responsabilidad entretener a aquella multitud anhelante durante una hora o más. Pero cuando llegué al lugar vi, con alivio, que la cola no nacía ni terminaba allí sino que daba dos vueltas al stand. Y que continuaba hacia otro pabellón atravesando pasillos y obstáculos, estrechando el paso, generando estancamientos y acampes provisorios, para volver a entrar por el lado opuesto y perderse de vista. Ahí fue cuando decidí preguntar de qué se trataba todo eso y escuché una muletilla adolescente (saga), un gentilicio (estadounidense) y, finalmente, un nombre propio: James Dashner.

Como nunca había visto algo parecido y todavía tenía tiempo (la platea de mi charla estaba vacía, salvo por una persona que dormitaba y otras dos que aprovechaban la cercanía con los baños para descansar las piernas), en un impulso masoquista recorrí la fila completa a través de los pabellones. No llevé la cuenta pero eran cientos, miles de chicos de entre doce y dieciocho años que esperaban con sus libros la firma del tal Dashner, cuyo retrato, una vez que llegué al stand de su editorial, no me resultó ni más ni menos interesante que el de cualquiera. Cara de contador o de abogado, tenía Dashner. Más tarde, cuando llegué a casa y busqué algo de información, leí efectivamente que Dashner había sido contador hasta que tomó, vaya uno a saber por qué, la decisión de dedicarse a la escritura. Que es autor de una saga de cinco libros tituladosThe Maze Runner. Que en la Argentina no lo edita una multinacional sino un pequeño sello más o menos ignoto que todavía debe estar celebrando la decisión de haberlo contratado. Y que con apenas tres años más que yo, Dashner ya se ha despedido de la necesidad de trabajar: solo con la venta de sus libros debe haber sumado unos cuantos millones de dólares a su cuenta bancaria.

Dicho todo esto, sigo sin saber muy bien quién es James Dashner. Y tampoco interesa demasiado saberlo (como dijo alguna vez un escritor argentino, "¿Qué, además de que es malo hay que leerlo?"), porque no estamos hablando de literatura sino de un fenómeno sociológico: no es él quien importa acá sino la imagen de esos miles de chicos que esperaban de forma paciente y ordenada con sus libros en la mano. En las charlas sobre Cortázar a las que asistí en la Feria se mencionó una y otra vez su nombre como el de un iniciador de lecturas: se supone que uno lee al autor de Rayuela de joven para desde allí abordar autores más complejos, como una puerta de entrada a la literatura. Pero estamos equivocados: los tiempos cambiaron y los adolescentes, que son legión, ya no leen (como hacíamos nosotros hace décadas) a Cortázar, a London o a Poe. Seducidos por otros mundos imaginarios, en los que se cruzan las influencias del cine, del cómic, de las series televisivas, leen a Dashner y a otros autores similares, como antes pueden haber leído Harry Potter o El señor de los anillos.

¿Pero existe acaso una diferencia sustancial entre este tipo de sagas, repletas de laberintos, enigmas, desafíos y aventuras fantásticas, y libros como los de la serie "Elige tu propia aventura", con los que muchos de los jóvenes de mi edad aprendimos a leer? Si bien esos chicos estaban ahí por razones accesorias (el escritor firmando libros como si fuera un actor de cine o una estrella de rock), era evidente la pasión que la lectura había despertado en ellos. Una lectura fuera de toda especulación y que es todo placer: una lectura gratuita y pulsional. Hacía mucho tiempo que no veía, como en esa larga fila, a tantos lectores juntos. Ni siquiera en festivales, congresos y convenciones literarias. Mucho menos en la universidad. Así fue como un día, alentado por esa postal epifánica y arrobado por un entusiasmo desmedido (o quizá por el secreto deseo de que muchos de esos chicos lleguen a establecer un puente entre esos libros y los que siguen, en lugar de acabar viendo a Tinelli y a Lanata por la televisión) me encontré elogiando los posibles efectos benéficos de un autor de bestsellers. No hay de qué preocuparse, seguro que para la semana que viene ya se me va a haber pasado.