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Juan Esteban Constaín

Fue posible una excepción

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Hay una foto suya de ese día, en blanco y negro, magnífica. Escriban en Google “Adolfo Suárez 23 f” y allí la van a ver: Gutiérrez Mellado encara a los golpistas que tratan de doblegarlo en gavilla, jalándolo de la chaqueta frente al estrado de los diputados. Y al lado izquierdo, de traje entero y chaleco, justo al empezar el corredor de la banca del gobierno en las Cortes, está él también. Yendo sin miedo con su amigo. De frente y de pie.

Es una imagen parecida a la que es tan famosa, que está en YouTube: el 23 de febrero de 1981 los diputados votan por el nuevo jefe del gobierno tras la renuncia de Suárez, un mes antes. De repente se oye un tiro, luego un grito. Muchos se paran para intentar saber qué es lo que está pasando; otros se miran aturdidos, como en un trance. Todos con esa cara idiota con que la vida nos suele sorprender cuando ocurre en serio, sin avisar.

Entonces entra con sus hombres el teniente coronel Antonio Tejero –es cuento viejo la anatomía de ese instante– y las cámaras siguen rodando la película. El narrador, un periodista, tiembla de miedo y apenas si puede hablar; dice que “ha entrado la Guardia Civil al Congreso de los Diputados”. Se ve a Tejero subir al estrado con una pistola en la mano, de uniforme, gritando como una bestia: “¡Quieto todo el mundo!”. Luego se oye otra voz que no es la suya sino la de uno de sus conmilitones: “¡Silencio! ¡Al suelo todo el mundo!”.

Vienen el forcejeo y los gritos, la confusión; el relato en vivo y en directo cada vez más temeroso del periodista en la tribuna, que solo balbucea: “La policía, la policía...”, mientras una voz que no se ve, muy española, le ordena: “Apaga esa cámara que te mato...”. El pobre tipo dice que sí, pero por suerte no lo hace. Quién sabe si por suerte o por miedo o por valentía, o por todo al tiempo. Se ve así al anciano Manuel Gutiérrez Mellado, ministro de Guerra, salir de su silla e ir a encarar a los golpistas, que tratan de doblegarlo.

Viene entonces la escena tan famosa: Suárez va a acompañar a su ministro –es el momento de la foto– y los chafarotes disparan al aire, gritando: “¡Al suelo todo el mundo!”. Y todos los diputados se tiran al suelo, no los culpo. Todos, menos tres: el anciano Gutiérrez Mellado, que según dijo luego ya estaba muy viejo para arrodillarse ante nadie que no fuera Dios; Santiago Carrillo, del Partido Comunista, que ya estaba muy viejo para arrodillarse ante nadie, ni siquiera ante Dios. Y Adolfo Suárez.

Cuentan que luego, ya en la noche de ese golpe fallido y estúpido, a solas, o casi, Suárez le puso el pecho al revólver de Tejero y le ordenó que se cuadrara como el subalterno que era. No sé si fue antes o después de que el rey hablara por la televisión para recordarles a los viudos del franquismo que España ya no era suya. Que la democracia no iba a ser otra vez un paréntesis en la historia de ese país desdichado.

Y ahora, cuando ya ocurrió, es muy fácil decir que La Transición fue una farsa burguesa y solapada; que en ella están los orígenes de las desgracias españolas de hoy. Que fue una estafa del rey, que la democracia nunca ha sido real. Pero en ese país en el que todo sale siempre mal –o aun peor–, las cosas habrían podido ser muy distintas. Podrían estar cantando todavía Cara al sol. ¿Que no? Es España, por favor, no hay que olvidarlo.

Y si eso no es así es en parte gracias a Adolfo Suárez, del que nunca se habla cuando se habla de los grandes políticos del mundo contemporáneo. No me extraña: fue un político honorable y útil, una excepción.

Quizás por eso pasó sus últimos años sin memoria. Quizás sea esa la única manera de soportar al tiempo la ingratitud y el manoseo de la historia.