• Caracas (Venezuela)

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Pedro Llorens

En pos del oro

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Lo que dijo Nicolás Maduro cuando fue pillado por Univisión mientras discutía con Andrés Izarra sobre los preparativos del acto del Presidente en Catia (faltaron autobuses y los que llegaron iban semivacíos): “¡Qué cagada!”, no es del todo original… se ha venido diciendo durante 14 años y en las últimas semanas lo dicen –por distintas razones– en Amuay y en El Palito; en Porlamar, Cumaná, Maturín, San Cristóbal y Mérida… Y lo dicen en los barrios (también en las urbanizaciones), donde “amanecen” todos los días cadáveres que la policía tarda en recoger, porque prefiere esperar a que ocurran otras muertes y crezca el pilón, para hacer un solo viaje.

Las cagadas son incontables y no son más frecuentes porque el Presidente, en lugar de gobernar, prefiere la oratoria: da por hecho lo que anuncia y se reserva los reales que se aprueban para hacer lo que no se hará… y es por eso que sus aportes al desarrollo del país no van mucho más allá de la siembra de lechugas en Parque Central, y de los gallineros verticales en ranchos…

La inmensa fortuna que ingresa al país se evapora tan pronto como va llegando, porque la usa para comprar armas, buques, tanque y aviones; para pagar las campañas electorales de sus compinches de Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Uruguay Argentina y Brasil (también la propia, por supuesto); para construir refinerías, cuarteles, escuelas y comprar conciencias, su especialidad, en cualquier lugar del mundo, mientras se deteriora la infraestructura que heredó de anteriores gobiernos y que el suyo no ha sabido incrementar ni mantener… y ahora, a pocos días de las elecciones, cuando no tiene ni para pagar importaciones (la producción nacional está en el suelo), de manera sigilosa, como siempre, le mete mano al oro que respalda los bolívares de los ciudadanos sin pedir permiso a nadie, siempre a su estilo (como cuando pidió “un millardito al BCV): “¡Pásame unas toneladitas de aquel oro que trajimos del exterior, me dicen que está muy revalorizado!”.

El próximo gobierno tendrá que atender muchos apetitos políticos rezagados, no precisamente originados en la voluntad de servir, que requerirán de la misma entereza con que se actuó en el caso del diputado Caldera, señalado por una falta menor (que al parecer ni siquiera es delito), pero muy fea, innoble y reprobable, que probablemente acabará con sus aspiraciones políticas, además de la candidatura a la Alcaldía de Sucre, siempre que el país se enserie, como esperamos, bajo el gobierno de unidad de Henrique Capriles Radonski.