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Antonio Sánchez García

La política exterior ha muerto

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Estudiar la historia tiene la inmensa ventaja de encontrar muchas situaciones semejantes a la que hoy por hoy sufrimos, para aprender de ellas, como recomendaban los grandes historiadores del siglo XIX. Pero tiene, asimismo, la inmensa desventaja, cosa que nadie se atreve a decir porque no es de buen tono mencionar la cuerda en casa del ahorcado,  de encontrar que en muchas de ellas no hubo salidas, o las que hubo fueron trágicas. Y muy onerosas en vidas y bienes.

Leyendo a uno de mis maestros de teología política, el gran político, diplomático, académico y finalmente sacerdote Juan Donoso Cortés, quien fuera uno de los más lúcidos y premonitores observadores de la realidad política y social europea de mediados del siglo XIX desde el puesto que ocupara en las cortes como jefe de la bancada conservadora española y como embajador de España en París,  me encuentro una verdad del tamaño de una catedral, que no me hubiera impactado si no la estuviéramos viviendo actualmente en nuestra región, en el hemisferio y posiblemente, salvo honrosas excepciones, en el mundo entero: la falta de política exterior.

Dice Donoso Cortés, en un discurso sostenido en las cortes españolas el 4 de marzo de 1847, en los albores de la terrorífica, fulgurante aunque muy fugaz y amenazante revolución europea: “Si por política exterior se entiende tener un sistema calculado de alianzas; si por política exterior se entiende tener un conocimiento profundo de los intereses que nos son contrarios, un conocimiento profundo de los que nos son afines, esa política, señores, no existe hoy día en el globo; no la tienen sino tres naciones: una en América; dos, en Europa: la Inglaterra, la Rusia y Estados Unidos”. (Discurso sobre relaciones de España con el extranjero, 4 de marzo de 1847, en Obras Completas de Donoso Cortés, Tomo II, pág.61, Madrid, 1946).

No es, pues, casual, que esas tres naciones se convirtieran con el curso del siglo en las tres primeras potencias del globo y dos de ellas, tras el reacomodo de la Segunda Guerra Mundial en los más poderosos imperios de nuestro tiempo: Estados Unidos capitalista y la Rusia Soviética comunista. Pero esos tiempos también pasaron. Al extremo de que actualmente, salvo la emergencia poderosa, avasalladora y llena de perspectivas a futuro de la China socialcapitalista, si se me permite el oxímoron, la Rusia imperial desapareció y Estados Unidos parece encaminarse a un eclipse inevitable. Como que de hecho no puede cumplir la función de gendarmería universal que cumpliese hasta el fin de la guerra de Vietnam.

Coincide, por cierto, esa dramática derrota de Estados Unidos y la súbita implosión de la Unión Soviética y el desgajamiento de todos sus satélites, con la poderosa colisión de fuerzas enfrentadas sobre el terreno de nuestra región entre el castrocomunismo de los sesenta-setenta y la doble tenaza de las dictaduras militares del Cono Sur y la expansión de los ideales democráticos impulsados principalmente por la Venezuela betancourtiana. Un enfrentamiento que supuso, no podía ser menos, dos conceptos antagónicos y excluyentes de política exterior: la doctrina Betancourt, aliada a la Alianza para el Progreso de John F. Kennedy, y la propulsión de la lucha armada en connivencia con el eje de la política exterior de la Unión Soviética y Cuba.

Pero todo eso pertenece al pasado. Y como lo acaba de reafirmar el encuentro de la Celac recientemente celebrado en La Habana, Cuba, hoy día ninguna nación del Hemisferio, incluidos Estados Unidos y Canadá, se destaca por poseer una clara, definida, activa y actuante política exterior. Si por política exterior entendemos los principios invocados por Donoso Cortés y no meramente acuerdos comerciales dejados al arbitrio de la globalización de las economías en función de las leyes reguladoras de la oferta y la demanda. Que, como puede comprobarlo cualquier observador, no interfieren en la naturaleza política de las naciones convertidas en socios comerciales.

Quedan residuos del pasado, excrecencias que, carentes de inserción en la economía global, como Corea el Norte, Cuba y, en menor medida, Venezuela, aunque parasitariamente, no tienen ni política exterior ni participación activa y provechosa en los intercambios de la economía global. A no ser que se entienda por política exterior la amenaza de desatar un holocausto nuclear por parte de la monarquía norcoreana o la enfermiza persistencia de los afanes expansionistas y neocoloniales de la tiranía cubana.

La brutal economización, si se me permite el término,  de las relaciones internacionales y la política exterior, que como bien lo anticipara Alexis de Tocxqueville en La Democracia en América han terminado conduciendo “a un gran hormiguero y a la humanidad toda en un vasto comejenero” ¿pueden dar por supuesta la extinción de la política exterior, como la entendían Donoso Cortés, Bismarck, Churchill, Chu en-Lai, De Gaulle, Kissinger, Gorbachov y Fidel Castro? ¿Quedan de esa concepción de política exterior como la expresión hacia fuera de los principios políticos internos sólo pequeños enclaves que siguen obstaculizando el curso de la globalización, con sus conflictos limítrofes como Israel, Irán, Siria y los países sacudidos por la primavera árabe? ¿Puede considerarse a las prácticas del terrorismo talibán actuantes en el mundo como expresión de alguna forma de política exterior?

Son preguntas más bien académicas que propiamente políticas. A nuestros fines, el hecho irrebatible es la absoluta inexistencia de política exterior en América Latina, arrasada por el oportunismo mercantilista más cavernario. La Doctrina Betancourt, que hace medio siglo impuso el principio del respeto a las normas y reglas democráticas como fundamento de las relaciones internacionales, parece más digna de política ficción que de una política real. Hoy por hoy no existe otra política exterior que la del cambalache, como quedó de manifiesto en La Habana: “Mezclaos con Stravinski van don Bosco y la Miñón, don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín…” O, al decir de Tocqueville, “una vasta comejenera…”

Aún así: los más de treinta presidentes latinoamericanos que fueron a postrarse consciente o inconscientemente ante los Castro en La Habana – de liberales manchesterianos a socialdemócratas, cocaleros, peronistas, tupamaros y otras especies de la comejenera latinoamericana - demuestran un hecho más que preocupante: salvo la cubana, dominante en el Foro de Sao Paulo y sus adherentes, dispuestos a expandir el castrocomunismo por toda la región, ninguna nación del continente tiene una política exterior. Ni siquiera para aliarse y defenderse de esa amenaza que ya casi se ha deglutido a la que fuera la ejemplar democracia venezolana.  Sin que a esa treintena de mandatarios les cause el más mínimo asombro. Y lo peor no es que no la tengan: es que ni siquiera saben que no la tienen.

Así son las cosas