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Arturo Serrano

Los poetas de la sangre

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Prohibir es el pasatiempo favorito de los politicos. Ante la frustración que les produce no poder hacer mucho con la realidad, su atención se dirige a lo que sí pueden controlar fácilmente: qué películas vemos. Cada vez que hay algún asesinato de alguien renombrado o que por sus características lo convierte en un acto violento de alto perfil, sale alguien a decir que es necesario que controlemos los contenidos de las pantallas de cine. Sin basamento alguno en la realidad o en investigacionescientíficas, se culpa a la violencia representada en la pantalla de todos nuestros males.“Esa violencia ficticia”, se nos dice, “es la culpable de la violencia real”.

A comienzos de los años setenta la Unesco encargó un studio sobre los efectos de la violencia ficticia en la violencia real. La pregunta concreta era si se podían atribuir conductas violentas de la realidad a las representaciones que el cine hacía de la violencia. El resultado al que llegó este studio fue que “lo único que se puede decir con certeza acerca de la violencia en el cine es que no podemos decir nada con certeza”.

También el psicólogo Jonathan Freedman en su libro Media Violence en el que hace un dossier de las investigaciones realizadas hasta el momento sobre ese tema, nos dice que las investigaciones que las mismas “no proveen un apoyo a la hipótesis de que la violencia del cine cause violencia o que desensibilice al espectador”. Más bien, sostiene Freedman, las evidencias son débiles e inconsistentes o apuntan a lo contrario.

La violencia ha sido inspiradora de grandes obras de arte tanto en la pintura como en el cine. En el caso de la pintura podemos mencionar la larga tradición de pintura bélica en la que se glorifica la violencia del poder y se nos muestran gestas tan grandiosas y admirable como violentas de una manera que nos hace pensar que lo allí representado es digno de nuestra admiración. Otro ejemplo claro de esto es la pintura religiosa medieval en la que los sufrimientos de Jesús y los mártires son mostrados en sus más groseros y morbosos detalles para mostrar más claramente y amanera de lección la heroicidad de quienes fueron víctimas de esos sufrimientos. La imágen de esos tormentos era considerada ideal para transmitir cierta lección. En el siglo XVI el cardenal Gabriele Paleotti llegó a decir que “escuchar la narración del martirio de un santo, el fervor y la perseverancia de una virgen, o la pasión del propio Cristo, es algo que nos conmueve por dentro; pero tener en frente de nuestros ojos, en vivos colores, al santo torturado, a la virgen martirizada, y en otro lugar a Cristo clavado en la cruz, incrementa mucho más nuestra devoción”.

En el caso del cine la cosa es aún más interesante, pues actualmente existe un grupo de artistas quienes pueden see considerados los poetas de la violencia. Este grupo de cineastas ha abandonado el vínculo que unía la violencia a lo social, político o religioso  y en cambio ha preferido fetichizarla, logrando así que se divorcie de nuestro entorno inmediato. Al hacer esto, estos poetas de la violencia han logrado que podamos disfrutar esos despliegues exagerados de violencia que caracterizan, por ejemplo, a Quentin Tarantino y en los que la sangre se convierte en el instrumento del artista para lograr el disfrute. Este cine tiene sus antecedentes directos en géneros como el terror italiano de los años setenta (giallo), o el cine kung fu o el cine de terror inglés (Hammer).

Como espectadores debemos atrevernos a ver esas películas y entender que juzgarlas como si ellas fuesen realidades o como si ellas fuesen las causantes de la violencia que nos rodea es sencillamente absurdo. Los violentos somos los seres humanos y nuestras motivaciones son bastante más complejas que ver una película. Quien quiera luchar contra la violencia real, debe concentrar su atención en otros elementos que la sociología y la psicología han mostrado como directamente relacionados con altos índices de violencia en nuestras sociedades.  Tal como decía Marina Wanrner: “Qué lástima que sea tan fácil prohibir la violencia en la televisión, pero tan difícil prohibirla en la vida real”.

@serranoart