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Armando Janssens

Nuestra pobreza

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No hay dirigente político ni comunicador social que no utilice con frecuencia el término “pobre” y “pobreza” para referirse a su preocupación central y para motivar a sus oyentes. Igualmente, la mayoría de los que trabajan en el campo social y en numerosas organizaciones de base utilizan la expresión “los pobres” para resaltar una de las motivaciones principales de   su visión y misión institucional.

Un número significativo de estudiosos e investigadores de este tema hace la siguiente categorización: A, B (sectores pudientes): 5%; C (clase media): 15%; C y D: (sectores menos favorecidos) llegan a cerca de 80% de la población. 

Los habitantes de nuestros sectores populares no se definen a sí mismos como pobres sin más; no les gusta ser definidos así. Ellos prefieren ser identificados como personas, ciudadanos, habitantes de urbanizaciones populares, excepto cuando se distribuye algún subsidio o un bien (comida, vivienda), ocasión en que se ponen en la fila con la mano extendida.

La ONU, a lo largo de las últimas décadas, estudió y calculó con gran acierto el fenómeno de la pobreza y su evolución en el mundo entero. En un primer momento, se partió de la línea de ingresos de los hogares –la cesta básica– y años más tarde se amplió a otros índices, como son la calidad de la vivienda, el acceso a los servicios (agua, cloacas y electricidad) y la educación básica para niños. En los últimos años se están incorporando otros factores más subjetivos, pero igualmente importantes, como son los psicosociales y la convivencia social y familiar.

También tenemos buenas noticias. En los últimos 20 años, la pobreza ha disminuido en todo el mundo, y ha llegado a disminuir la pobreza extrema, que estaba en casi 20%, a un actual 6%. Un resultado impresionante, acompañado de una mayor longevidad, mayor acceso a la salud y a la educación de millones de personas, disminución importante de la desnutrición y mejoramiento sustancial de los ingresos. Lo que sigue siendo una lacra, en medio de todo esto, es la desigualdad distributiva entre ricos y pobres que más bien ha aumentado, a pesar de que en nuestro continente hay una ligera mejoría.

Venezuela, al igual que casi todos los países latinoamericanos, ha seguido esta evolución positiva. Conocemos los resultados llamativos de países, anteriormente considerados muy pobres, como Brasil, Colombia, Perú y Bolivia. Y en nuestro país la nutrición mejoró (siempre y cuando el desabastecimiento actual no frene el proceso), y se intenta, desde hace largos años y con resultados diversos, aumentar la tasa de educación y mejorar la salud. Tal como está previsto en las ocho “Metas del Milenio”, promovidas desde las Naciones Unidas por medio del PNUD, de común acuerdo con los países miembros. Es el resultado de largos años de acertadas –y no siempre muy acertadas– políticas sociales, que junto con los altos ingresos petroleros hicieron posibles tales resultados. Nuestra mayor debilidad está en que estos avances dependen más del aumento circunstancial de los ingresos petroleros, y no tanto de una nueva institucionalidad social y productiva integrada y consolidada.

En resumen, a nivel material, no somos un “país de pobres”. La pobreza está presente en “bolsones” territoriales o sectoriales que necesitan una atención especial y que no son fáciles de eliminar. Por lo mismo, seguir hablando de “pobres” como término general, no tiene sentido sociológico ni moral.

La Iglesia Católica, desde la Conferencia de Medellín en el año 1968, ha definido, en la misma línea del Concilio Vaticano, la “opción preferencial por los pobres”. Este mensaje, en nuestros países, tuvo una alta resonancia y promovió una gran cantidad de iniciativas. Centenares de religiosos, de religiosas y muchos laicos se comprometieron a concretar eso. Hasta muchos se fueron a vivir, con gran generosidad, en los barrios y pueblos pobres. Organizaciones sociales de variado origen nacieron y actuaron en la misma línea. Se hablaba de “los pobres” con afecto y cercanía, y con el deseo de servirles para que salieran de tal situación. Forman parte de esos esfuerzos sobrehumanos que han forjado una nueva y mejor situación social en nuestros pueblos

El término “pobre”, en nuestro idioma, está cargado de variados significados. Pero en general, –y quizás sin darse cuenta– es una palabra que apunta a “dependencia”, “mano extendida” para recibir, a  “paternalismo”, creando la falsa ilusión –tan extendida entre nosotros– que la solución viene de otros. En la psicología social se habla del control interno y externo para indicar ese fenómeno, tan presente entre nosotros. Muchas políticas sociales del gobierno actual y de los anteriores han reforzado tales sentimientos. Todos quienes trabajamos en este campo conocemos que la variedad de subsidios y becas –por necesarios y oportunos que parezcan– pueden producir ese sentimiento de esperar pasivamente y hasta exigir la solución de afuera y desde arriba. Hay familias enteras que viven pendientes de eso, sin esfuerzo propio. Los sectores populares conscientes y modernizantes desaprueban esta dinámica.

Por el contrario, necesitamos poner mucha más atención en el valor del trabajo responsable, en la iniciativa productiva eficaz, en el cumplimiento del deber. Y recordar lo que dice San Pablo: “¡El que no trabaje, que no coma!”. Felizmente, observamos que miles de personas intentan construir su propio bienestar a partir de la puesta en marcha de iniciativas productivas. Pero hoy en día, el fenómeno de la pobreza está más bien en el campo moral, familiar y de la convivencia urbana. No solo la presencia de la violencia, extendida en decenas de formas (hasta en el sistema educativo y familiar), sino también el impacto del comercio y del consumo de drogas han degradado, junto con el alcoholismo, tan extendido entre jóvenes y adultos, la convivencia en nuestras comunidades.

El fenómeno del creciente número de embarazos precoces refleja un relajamiento de normas y de conductas. La corrupción campea de arriba hasta bajo. La observación, en muchas de nuestras reuniones, por parte de los asistentes, es que se han perdido muchos valores familiares y el respeto a los mayores. Añádase a todo eso el lenguaje soez y violento, que se copia mucha veces de los más altos dirigentes políticos, lo que forma una mezcla que puede convertirse en un factor de degradación humana.

Esas son nuestras actuales pobrezas. Esas deben ser nuestra prioridad de acción.