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José Rafael Herrera

La pobreza va por dentro

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Las cosas bellas –decía Platón– son difíciles. Nada se conquista sin esfuerzo, sin empeño y sin constancia. Nada “cae” de los cielos, gratuitamente. “Ora et labora”, reza un adagio de las Escrituras. “Ruega y maldice”, añade Hegel. En realidad, los hombres han podido conquistar grandes metas, grandes propósitos a lo largo de su ya dilatada historia, en virtud del empeño de su inteligencia y de su voluntad: Verum et factum convertuntur, observaba Giambattista Vico. Las llamadas “grandes empresas” no se conquistan por mero azar, por un “golpe de suerte”, ni son el producto de entidades superiores, del más allá o del más acá, por encima de la tierra o por debajo de ella. No es suficiente el petróleo para hacer rica a una nación. La riqueza de una sociedad solo puede ser el resultado del trabajo consciente, de la productividad sensitiva, del quehacer humano. Como decía Marx, “los hombres son lo que hacen”. Pero, precisamente por ello, y de igual modo, los hombres pueden ser definidos por la figura dialécticamente inversa, es decir, por lo que no hacen. Si no se hace no se es, o se es lo que no se hace. De hecho, el “no hacer”, la incapacidad para producir, tiene consecuencias no solo de factura material, sino también de factura espiritual.

Como el milenio de la “superación de la pobreza” ha sido designado por la Unesco este difícil período histórico que apenas comienza. Para ello, es clave el estudio que, desde los institutos de investigación y las cátedras universitarias, se logre determinar, a fin de trazar los “marcos teóricos” y metodológicos necesarios que posibiliten establecer los diagnósticos y las consecuentes estrategias a partir de las cuales se logren desarrollar políticas específicas que permitan concretar el ambicioso designio de la prestigiosa organización internacional, encargada de promover la educación, la ciencia y la cultura, tal como rezan sus siglas. De manera que, más allá de las cifras y de las estadísticas de rigor, el trabajo que se impone comprende el desafío de articular equipos de trabajo disciplinarios, interdisciplinarios y transdisciplinarios, con el objetivo de acometer, más allá de los llamados “paños calientes” o del efectismo ideológico, una política integral, orgánica y sistemática, capaz de producir soluciones efectivas a uno de los grandes problemas –quizá el más relevante de todos– que aqueja a la humanidad, “aquí y ahora”.

La pobreza, pues, como objeto de estudio, no puede ser considerada únicamente como un problema de naturaleza monetaria, material, o, más bien, económica. Es, además, un problema de salud, de vivienda, de seguridad social y personal, de educación, de ambiente, de derechos. Un problema, por lo demás, público y privado a la vez, porque relativo al ciudadano y al individuo, a la sociedad política y a la sociedad civil. En fin, se trata de una cuestión de calidad de vida total. Un problema de la totalidad: de cada una de las partes de un todo.

Dentro de este escenario, la ardua tarea en cuestión que las sociedades científicas tienen por delante no puede prescindir de los estudios humanísticos. No basta con el tratamiento técnico del problema, porque, en realidad, el planteamiento de la situación trasciende las fronteras de las formalizaciones propias de la “ratio técnica”. Sin duda, será necesaria, pero no suficiente. Porque, tal vez, el punctum dollens de la pobreza no solo consista en la atención de las caries, de iniciativas para la generación de empleo productivo, de la prevención de las enfermedades epidémicas o de la construcción de “soluciones habitacionales” para las grandes mayorías de la población. Por cierto, todos estos elementos indispensables, dado que redundan en la dignificación de los gruesos sectores sociales que, hoy por hoy, carecen de las más mínimas condiciones de una vida que tenga en sus haberes el privilegio de poseer el nombre de vida.

La pregunta, en consecuencia, que cabe formularse es la siguiente: ¿cuál es el papel de los estudios humanísticos –de las letras, las artes, la historia, la comunicación, la filosofía, etc.– dentro de este contexto científico, que se propone dar respuestas apropiadas, pertinentes y definitivas al problema de la pobreza? La respuesta apunta en la dirección de la superación de la más grave y delicada de las pobrezas existentes: la pobreza espiritual. Y es que una sociedad no puede llegar a resolver –por cierto, de un modo extrínseco y “desde arriba”– sus graves carencias presuponiendo que lo puede lograr sin que existan convicciones firmes por parte de los sectores mayoritarios de la sociedad. Sin convicciones, sin un profundo arraigo de “civilidad”, ello no es posible. La expresión de Marx, según la cual las ideas llegan a tener fuerza y consistencia material cuando las masas logran apropiárselas, es absolutamente correcta.

Por lo pronto, conviene advertir que la pobreza espiritual es, al decir de Ernst Cassirer, “medible” toda vez que se acuerde establecer un estudio pormenorizado de las diversas y múltiples “formas simbólicas” existentes en la sociedad –incluido el lenguaje, en sus diversas manifestaciones, es decir: visual, gestual, representativo, oral, escrito, etc.–; porque el lenguaje comporta la exposición del pensamiento de los hombres. Nunca será suficiente insistir en la afirmación según la cual el hombre es un “animal racional”, por lo que se distingue del resto de los animales por su capacidad de pensar, haciendo suyas las representaciones y “traduciéndolas” en su conciencia, transmitiéndolas por medio del lenguaje. Lo que los hombres transforman en lenguaje contiene, oculta y mezcladamente, la construcción espontánea de pensamientos. Lo que hace a los hombres espíritu, lo que los convierte en “sobrenaturales” no es un “algo” sagrado y ajeno a sí mismo sino, por cierto, el lenguaje.

Un pueblo pobre de espíritu es un pueblo de lengua entrecortada, insustancial y atropellada, por lo demás, carente de dicción. Una población inculta y, por ende, incapaz de expresarse correctamente, que supone que las palabras no tienen ningún valor –porque las concibe separadas de las cosas que nombra, de formas vaciadas de contenido– no solo es una población “malhablada”, sino que es, precisamente por ello, una población pobre, miserablemente pobre de espíritu. Son esas, por cierto, las poblaciones que tienen “el rancho en la cabeza” y que han terminado por aceptar la pobreza como algo “natural” y que siempre “ha sido así”, pues su “mundo-ambiente” deviene el reflejo hostil, agresivo, de su propio espíritu. Son, en suma, los que ya no son un pueblo, porque carecen de espíritu. A lo sumo, son el “populacho”, el lumpen. Son los que llevan la pobreza por dentro.