• Caracas (Venezuela)

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Era el último día del año 2015 y el sol lanzaba como dardos sus rayos en las hermosas playas de Cayo Sal, en el estado Falcón. Como en temporadas similares y por haber llegado después de las 10:00-11:00 de la mañana, no fue fácil encontrar un lugar dónde sentarse, pero luego de caminar un poco, mis amigos y yo ubicamos un pequeño e incómodo espacio, cerca de las palmeras.   Me alejé de ellos para zambullirme en el agua y comenzar a disfrutar de ese regalo de la naturaleza. Cuando iba saliendo para reunirme con mis acompañantes, vi a una señora de unos 40 años, que desencajada discutía con dos chicas quienes, al parecer, se habían colocado con una sombrilla delante de ella y su familia, obstaculizándole la visibilidad hacia la orilla del mar, donde hasta hacía escasos minutos se encontraba su hijo de 3 años. El esposo de la dama llegó a apoyarla, acompañado por dos guardaparques, a quienes explicaron lo ocurrido.

El niño había desaparecido. Las muchachas se retiraron y los vigilantes decidieron llamar por radio a las autoridades en tierra firme para que tomaran las precauciones de rigor. La atribulada madre, aunque trataba de mantener la compostura, rompió en llanto y entonces decidí acercarme para ofrecerles mi ayuda. Fue el padre quien me hizo una breve descripción del infante. Cabello negro, contextura normal y vestía una franela manga larga, color azul marino, con un short del mismo color. Su nombre, Carlos Ernesto. Mientras el hombre me hablaba, se habían colocado cerca de nosotros dos señoras jóvenes  quienes también se sumaron a la búsqueda del menor.

Las tres, iniciamos el recorrido por la playa, llamando al niño en alta voz y comunicando su descripción a quienes lo solicitaban. Muchas de estas personas dejaban a sus familiares o amigos con quienes estaban compartiendo, para sumarse al equipo de apoyo. Alguien comentó que ya habíamos caminado mucho desde el lugar donde se encontraba el pequeño y que era improbable que una criatura de tan corta edad se hubiese alejado tanto. Por suerte, su apreciación fue errónea, por cuanto el padre, que había avanzado en el mismo sentido pero que nos llevaba tiempo de ventaja, lo encontró cuando venía de la mano de una señora quien, presuntamente, lo había visto llorando y caminando solo por la playa. Nos acercamos al angustiado hombre que con su hijo en brazos lloraba y lo apretaba contra su pecho. En ese instante, llegó su esposa corriendo y tomó al niño. Todos los allí presentes aprovechamos la ocasión para expresar nuestra alegría pero ellos se alejaron con Carlos Ernesto y solo nos miraron sin siquiera esbozar una sonrisa de agradecimiento.

Ciertamente, cuando se da el paso de socorrer a alguien o brindar un apoyo, no se hace con la intención de esperar gestos o retribuciones de ningún tipo. Pero si se vive un momento de angustia o desesperación por un hecho que nos perturba y personas conocidas o no nos tienden la mano, lo menos que podemos hacer es pronunciar con los labios, pero desde nuestro corazón un simple “gracias”. Esa es la llave que abre las puertas de las nobles actitudes. Una de ellas es la solidaridad, que no se encuentra en todas partes. Sin ella reina el desamparo. La soledad. La impotencia. Son sentimientos que nos invaden cuando luchamos contra un enemigo oculto que parece surgir en medio de la nada. Miramos a nuestro alrededor y, sin una mano en el momento oportuno, sucumbimos ante la adversidad. Así que, como seres humanos, debemos dejar a un lado actitudes egoístas y, si es necesario, olvidar nuestro mundo de ensueño y comodidad para brindarle al prójimo el apoyo que le permita superar los obstáculos en un determinado lugar del camino.  Nunca sabremos cuándo será nuestro turno…