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Rubén Osorio Canales

Los platos de Hugo Baptista

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Abro y cierro carpetas, busco apuntes y hago balances que tienen que ver con el país, con mi gente, con mis amigos, con los hijos y nietos que viven fuera y sin intenciones de volver mientras el modelo escogido destruya valores, corrompa a la sociedad, la vida valga menos que un par de zapatos o un celular, el talento y el conocimiento sean tildados de “necedades burguesas”, se acuse, se descalifique y se encierre sin pruebas a todo disidente, y el venezolano haya comenzado a preferir la dádiva al trabajo, lo cual contribuye al clima de aterradora inseguridad en que vivimos. Por mis manos pasan artículos, libros, objetos de todo tipo y entre ellos un par de dibujos de Hugo Baptista, y después de tanto tiempo vuelvo a admirarme con la sobriedad del dibujo, con su forma de vestir de fiesta cada trazo suyo, con los colores que le asigna al aire, a la tierra y a las cosas que son en definitiva el alma. Contemplo la dignidad de sus trazos, la gracia de sus movimientos, el color del mediterráneo metido en los espacios de La Grita, los páramos civiles y las “doñitas”, y de pronto aparece como un rayo luminoso el recuerdo de una amistad muy sólida, construida desde el primer día. Me sucede a menudo que cuando me agreden la intolerancia, la incoherencia, la manipulación, la ignorancia, los atropellos del poder, me refugio a ratos en la memoria de aquellas amistades que me dieron luz, no para evadir, sino para recordar cómo  debe ser. En ese ejercicio de mi itinerario personal, mi querido Hugo, a quien le he dedicado y le seguiré dedicando muchas páginas, mientras viva, es un invitado permanente.

No pasaron en vano nuestros  tiempos de París, de Roma, y mucho menos los de Caracas, desde aquellos días de la gloriosa peña de la amistad que fue la República del Este, hasta los muy magros con los que lo despidió la vida.  Coincidimos en la búsqueda de la vida útil, en las discusiones existenciales, en la polémica del día a día, y en el debate de las ideas, pero también coincidimos en los lentos potajes de Au Pie de Cochon, en las salsas densas de le trattorie del Quartiere Africano en Roma, en las mesas de Juan y Manolito, pero sobre todo en mi regocijo personal de entrar y haber compartido secretos y misterios de su fogón, pasear mi satisfacción por el mejor conejo al vino que he comido,  llenarme de asombro con su pizca andina, comer hasta la saciedad su lengua en salsa de higos y otros platos suyos absolutamente inolvidables. Siempre pensé que su cocina tenía los aromas del encantamiento, la suavidad de sus páramos y que en ella estaban sabiamente regadas y aprendidas aquellas observaciones que acerca de la mesa y de los platos le había dejado, entre otros, las lecturas de Marcel Proust.

Inolvidable el conejo que un día montó en Roma, en el quartiere Africano, lleno de una amabilidad infinita, aquel gallo al vino cocinado en París una noche de encuentros con la poesía de Prevert, fantástica aquella salsa de higos en la que puso a navegar una lengua de ternera, sorprendente su manera de hacer volar las codornices en un caldero, hecho que ocurrió al salir un día de una exposición de los vitrales de Chagall, y para mí lo mejor de todo fue que en su cocina encontré aquel olor a santidad del que nos habló Álvaro Cunqueiro.

Recuerdo que un día en París, mientras leíamos versos de Prevert y hablábamos de la luz de  Chagall, tomó un conejo, lo despresó y lo puso a dorar en mantequilla de hierbas. Añadió tocino ahumado picadito, lo roció con vino blanco, tapó la cacerola y lo dejó cocinar a fuego suave, durante 45 minutos, lo sazonó con sal y pimienta y añadió pasas de corinto remojadas en vino y almendras desmenuzadas y siguió la cocción a fuego dulce por media hora más. Retiró los trozos de conejo y agregó a la cacerola, fuera del fuego, una taza breve de crema de leche, removió bien y con esa salsa bañó las presas de conejo. Al lado de la bandeja ya preparada estaban un puré de papas y  espinacas y habichuelas frescas hechas al vapor y salteadas luego, brevemente,  en mantequilla, cocinadas ambas a la manera de Marcel Proust, y un vino que sabía a lo que puede saber una gota de la sangre de un arcángel.

Más allá de ese virtuosismo que desplegó tanto en la tela, en el dibujo y en los fogones, estaba su extraordinaria calidad humana, su reciedumbre en la defensa de sus creencias y su espíritu auténticamente democrático que en nuestras últimas conversaciones advertía la inmensa desviación de un proyecto que se fundamentó en el engaño.