• Caracas (Venezuela)

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Marianella Salazar

Pero tenemos plasma

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La Navidad está en la esquina, es el momento del recuento porque se acaba el año y todo parece conjugarse en la familia, en recibir a esos hijos, hermanos o amigos que, por razones económicas, de inseguridad o políticas han tenido que emigrar a otros destinos, a lugares incluso remotos, y los que han podido hicieron malabarismos y verdaderos actos de magia para regresar al país en los días navideños y de año nuevo. En muchos casos se han sometido a largas rutas y escalas inconcebibles porque no consiguieron un pasaje ida y vuelta con facilidad.

Entrar o salir se ha vuelto tan bizarro en Venezuela que hasta las maletas que traen nuestros familiares llegan repletas de papel tualé y de otros productos que escasean en la canasta básica. No quiero amargarles el espíritu navideño, no tengo el valor para hablarles de lo que nos espera en 2014, las implicaciones del inminente aumento de la gasolina, más devaluaciones, más pobreza. No tengo el valor para hacer un balance de lo que nos ha sucedido, ni de hacer pronósticos sobre el panorama político que nos espera. Lo peor está por venir. Se estrechan las fuentes de empleo, la desconfianza que genera la crisis ha terminado por calarnos los huesos, y en el horizonte parece que se instala un muro que no será fácil derribar.

La Navidad nos brinda el momento perfecto para librarnos del karma de la política y de las desgracias, pero las cadenas presidenciales no desaparecen de las pantallas de televisión con los reiterativos discursos de exclusión, chantajes a la oposición y el condicionamiento del diálogo político al reconocimiento de un inconstitucional Plan de la Patria. El gobierno bolivariano, parte II, no puede convivir sin sacarles los ojos a los disidentes y, encima, Nicolás Maduro nos mete un ejercicio diario de sus clases de oratoria que nos deja de aburrimiento hasta los tuétanos, nos hace tragar una retahíla de lugares comunes para acabar vomitando “Patria, patria querida"”. Nos ha brindado la oportunidad para no celebrar nada.

Los “precios justos” y las fiscalizaciones que provocaron el cierre de muchos comercios y la confiscación, además de la persistente desolación en las estanterías nos ha descendido hasta lo más bajo y lo depresivo. El resultado del llamado a vaciar los anaqueles fue inesperado y demoledor, los venezolanos sucumbieron a la fiebre de la Navidad y arrasaron con electrodomésticos y hasta con bolas, panetones y cuanto adorno de brillo encontraron en Traki, El Tijerazo y afines. Nunca como ahora tendremos ocasión de apreciar la monstruosidad latente de la Navidad objetual, jamás tendremos otro poder que el de los televisores plasma, LED, Haier y LCD. La realidad bolivariana no ha hecho otra cosa que producir espejitos y una tétrica ilusión de felicidad. Y el gobierno es tan sólo un muñeco porfiado que se deja golpear y nunca cae.

 

Tic tac

Justo en estos días asistimos a un hecho monstruoso que es el perfecto relato antinavideño. Me refiero a la supuesta designación como secretario de la Embajada de Venezuela en Costa Rica del autor de la masacre en la plaza Francia de Altamira de diciembre 2002, Joao de Gouveia, condenado a la pena máxima de 30 años de presidio. Precisamente, cuando se cumplen once años de aquella carnicería, perpetrada por ese sicario de nacionalidad portuguesa, el gobierno, primer sospechoso de haber conocido, tolerado y perdonado sus crímenes, presuntamente lo premia ahora con un cargo diplomático. Si se confirma la tesis del nombramiento del “señor Joao”, entonces no actuó aquella fatídica noche por locura espontánea, sino que pertenecía a un batallón de mercenarios que obedecía órdenes del gobierno.