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Plinio Apuleyo Mendoza

No pisemos la cáscara

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Más de 19.000 desplazados han cruzado la frontera por pantanosas trochas, con camastros y colchones al hombro. Más de 1.400 deportados, cuyas casas fueron demolidas por la guardia venezolana sin que ellos pudieran salvar sus enseres, hoy se amontonan en improvisados albergues acompañados por sus pequeños hijos, que lloran sin entender lo que está ocurriendo. Sí, este es el drama que hemos seguido día tras día con horror, pero también con indignación por el humillante éxodo que el gobierno de Maduro les ha impuesto a nuestros compatriotas.

¿Lo conocen o lo han palpado como nosotros los ciudadanos venezolanos? No. Lo ha revelado monseñor Roberto Lückert, arzobispo de Coro (Venezuela), en una entrevista con Yamid Amat. No olvidemos –dijo el prelado– que Maduro se apoderó de los canales de televisión y de radio, a tiempo que amordazó a la prensa, de modo que lo ocurrido en la frontera está en Venezuela a merced de los informes oficiales. Según palabras del propio Maduro, paramilitares, indocumentados y contrabandistas colombianos son responsables de los problemas que vive su país.

¿Qué pretende Maduro fabricando este litigio con Colombia? Lo sabemos de sobra. Ante la inminente derrota que puede sufrir en las elecciones del 6 de diciembre, busca apagar el descontento generalizado de los electores con invocaciones nacionalistas, a la vez que, decretando estados de excepción en las zonas fronterizas, donde la oposición es mayoritaria, tendrá instrumentos para someterla. Si nada de esto le resulta, suspenderá las elecciones.

No nos engañemos. Detrás de esas maniobras están los Castro. Su dócil amigo, llegado al poder gracias a ellos, de ninguna manera puede sucumbir en las urnas cuando ha logrado el monopolio de todos los poderes públicos y estrujado a la oposición con toda suerte de recursos represivos.

De ninguna manera se trata de un conflicto entre los dos países, como quiere presentarlo Maduro. Los atropellos contra los colombianos son obra exclusivamente suya. Así lo dicen los líderes de la oposición y los venezolanos que han buscado refugio en nuestro país. Los deportados y desplazados son completamente ajenos a los males que salpican las regiones fronterizas donde vivían. En cambio, las guerrillas de las FARC y de ELN tienen la más abierta hospitalidad del régimen. Desde el otro lado de la frontera planean atentados terroristas y secuestros, y, de paso, son los mejores agentes del tráfico de droga dirigido al Cartel de los Soles. El contrabando corre por cuenta de traquetos de los dos países y de las ventajas que les ofrece la aparatosa caída del bolívar.

Pero Maduro está consiguiendo lo que se propone. Incluso en el área internacional se ha movido como un rey, logrando la humillante derrota de Colombia en la OEA, manipulando la Unasur a su antojo y entrevistándose antes que nuestra canciller con el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon. Al presidente Santos le ofrece caramelos envenenados. A tiempo que clama por un diálogo y que permite el paso de escolares venezolanos por el puente Simón Bolívar para que sigan sus estudios en Cúcuta, ordena el cierre de la frontera en La Guajira por el paso de Paraguachón.

Tienen razón quienes dicen que el presidente Santos va a rastras de los acontecimientos. Su reacción ha sido siempre tardía. Se mueve al compás de los pronunciamientos de Maduro. Inútiles han sido los acercamientos que ha buscado el presidente con los mandatarios continentales. Cercanos al régimen venezolano, la mayoría de ellos le han dado la espalda al gobierno colombiano.

Como sea, no debemos pisar la cáscara hablando de un enfrentamiento entre los dos países. En vez de tal giro, buscado por Maduro, nuestra real prioridad es hacer causa común con la oposición en su lucha contra el rústico déspota que está aferrado al poder.