• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

La piscina

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Muy niña, mi hija Valentina vio a la gente subir y bajar las gradas de la iglesia parroquial y preguntó qué hacía esa gente. Le dije que se trataba de personas que iban a la iglesia y en breves y muy sencillas palabras intenté explicarle de qué se trataba. Ella insistió en que quería conocerla. ¡Y la llevé! Subimos las gradas y entramos. Arquitectónicamente intenta ser modesta, pero su empaque de “falso gótico” mantiene cierta echonería que la hace pretenciosa. Mi hijo Boris asegura que parece más bien una iglesia de película de bajo presupuesto. Al entrar sentí en mi hija cierta aprehensión, como si ella  fuese la totalidad misma de la congregación de los fieles, es decir, como si dudara en dar el paso hacia adelante, hacia una nueva actitud, un nuevo conocimiento; ¡y la miré! Nunca he visto en mi vida una desilusión tan intensa como la que mostró al ver el inmenso espacio interior de la iglesia, los bancos alineados, los feligreses sentados o de rodillas, las lámparas votivas, las pinturas italianas e hiperrealistas del Vía Crucis y el sacerdote en el altar dando la misa. ¡La imagen del estupor y del desaliento! “¿Y la piscina?”, preguntó, totalmente desconcertada. Ella pensaba que se trataba de un lugar de recreación como el club que disfrutaba los fines de semana. ¡Comprendí y justifiqué su desencanto! Si en lugar de piadosos sufrimientos hubiese una piscina en la nave central de aquella iglesia parroquial crecería de inmediato el número de jóvenes feligreses y en lugar de correr hacia las playas, se sentirían más regocijados sin salir del templo.

En vez del dolor, la culpa y los arrepentimientos que creemos superar con oraciones de corazón que ya practicaban los artesanos de Alejandría y de Bizancio y los ermitaños del archipiélago griego, la alegría humana conquistaría beneplácitos celestiales y en su infinita bondad y comprensión Dios serenaría los espíritus, aplastaría odios, desenredaría rencores, eliminaría el chavismo y también florecería. Él en el seno mismo de Su iglesia. La piscina en la que Valentina creyó que iba a encontrar retozando a los devotos, ayudaría igualmente al vicario de Cristo a cultivar con visión más moderna el jardín en el que también el Vaticano quisiera florecer. Si se piensa bien, sería una manera extraordinaria y novedosa de nadar en nuevas aguas evangélicas. 

Miré a mi hija y traté de consolarla. Le dije que algún día una niña como ella disfrutaría de la piscina que no encontró esta vez, pero que tendríamos que ser pacientes y esperar al menos algunas centurias para disfrutar de sus dulces aguas, dar la misa una mujer como ella y ocupar, incluso, el lugar del obispo porque la Iglesia es lenta y cautelosa; sigue excluyendo a la mujer como si aún viviésemos los tiempos machistas de San Pablo y otros teólogos aferrados a la idea de la “imperfección” de la mujer y de su condición sumisa al varón; tarda mucho en dar nuevos pasos y cuando decide pedir perdón por algún exceso histórico como la Inquisición o los maltratos a los indios en tiempos de la conquista y colonización del Nuevo Mundo espera siglos para hacerlo. Pero así como nos desembazaremos de los oprobios del chavismo llegará también un día en el que nadaremos en piscinas católicas liberados de una culpa que seguimos arrastrando a lo largo del espinoso camino que conduce a la eternidad.