• Caracas (Venezuela)

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Henrique Salas Römer

Cuando se pierde una hija

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Qué difícil es la despedida. La rabia y la impotencia se confunden con el recuerdo vivo de un ser tan lleno de bondad, de ideales, de esperanzas, de ganas de vivir.

Olga, nació para ayudar a todos y murió por querer seguir siendo la misma, cuando sus condiciones no se lo permitían.

¿Fue a causa de una intervención? Sin duda. ¿Pudo haberlo superado? También. Pero su temperamento, su inagotable energía y la naturaleza de su entorno lo impidieron.

No quiero culpar a otros, porque todos – unos mas, otros mucho menos - fuimos responsables. Olga, con ese liderazgo sutil que nacía de su trabajo y buen humor, de su amable trato y de su acción, de su fuerza tranquila y determinación, nos acostumbró a depender de ella a cualquier hora o lugar, y algunos, ella misma incluida, no supieron comprender que la mermada vitalidad de su organismo ya no era equiparable al vigor de su indomable espíritu.

Adiós, Olguita.  Quisiste dar demasiado.

Estaba yo lejos, solo, envuelto en mi tristeza, pero me cuentan que fueron impresionantes las demostraciones de afecto que rodearon tu partida. Quizás sea ese el mejor testimonio de la hermosa estela que has dejado al pasar.

No me extiendo. Además, no hace falta, ¿verdad Toty?

Sabes bien que a mi lado tú por siempre estarás.