• Caracas (Venezuela)

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Sergio Antillano

La piel de la ciudad

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La ciudad nos habla desde sus paredes

La ciudad nos habla desde sus paredes

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La ciudad nos habla desde sus paredes, sus aceras, sus paradas de autobuses, vallas y otras superficies. El mobiliario urbano susurra mensajes que sobre él dejan los ciudadanos y comunica las huellas de sucesos que ocurren en el espacio público. El asfalto es también elocuente y ahora viste mucho más que el rayado que organiza el cruce de los peatones de una acera a la otra (cuando hay rayado). Sobre el asfalto y la calzada palabras y gráficas, cenizas y ranuras, rastros de sucesos, hablan de una sociedad que tiene mucho qué decir y pocos medios para hacerlo. El paisaje gráfico de la ciudad es ahora una crónica saturada de signos y símbolos, palabras y gritos, frases, argumentos y razones, noticias y reclamos… y marcas personales, improntas de ciudadanos anónimos.

En las últimas semanas los postes, árboles, puentes y elevados del tramado urbano han sido soporte de carteles con dibujos o letreros, pancartas con llamados o consignas, ideas o protestas en textos, gráficas y hasta carteles 3D con muestras de productos escasos. También hay cuerdas que amarran entre postes, donde cuelgan envases de lo que más escasea.

Resaltan en el paisaje visual de la ciudad, tenebrosas figuras que simulan seres humanos en bolsas negras; imágenes que remiten a los cadáveres que por centenares reciben a diario las morgues del país.

Cientos de ciudadanos han plasmado miles de experimentos de autoexpresión en esos elementos que han preparado en sus hogares para luego colocarlos en algún lugar de la cuadrícula colectiva. Las gráficas son hechas usualmente con esténciles, y los textos escritos sobre cartulinas o cartones, sobre telas o en el reverso de pendones que en algún momento publicitaban un concierto o un evento de cualquier naturaleza. Reciclando desechos de la vida cotidiana de la ciudad, sus habitantes han creado cientos de miles de carteles y figuras que expresan su postura personal, sentir o anhelos, sus críticas y reclamos, su airada protesta, o notifican lo que ocurre, para contrarrestar la hegemonía informativa que el gobierno mantiene en los medios formales de comunicación.

La ciudad es ahora una escenografía plural donde miles de voces se expresan y dialogan, dicen sus verdades, cuestionan la verdad oficial, retan la censura o llaman a rebelión o resistencia, expresan sus razones para el descontento o piden cambio de gobierno, desde paredes, aceras, asfaltados; en carteles artesanales pegados o colgados en cualquier parte, o con grafitis, esténciles, stikers o calcomanías.

La imagen transgresora del grafiti que ya era parte del paisaje cotidiano, comparte las superficies urbanas con los multiplicados esténciles y gráficas o textos que emergen de otros moldes. Fotografías impresas en papel bond, a escala natural, en blanco y negro, se unen ahora al saturado panorama visual de una ciudad que tiene mucho que decir. El spray está a la orden del día ayudando a grafiteros que a mano alzada o con esténciles hacen de la piel de la ciudad su pergamino. Los papeles escritos uno a uno, artesanalmente, traen miles de caligrafías y marcadores al ojo público.

Hay un elocuente coro de voces que el transeúnte escucha en su paso por el tramado urbano. Hablan las paredes, los postes y los árboles. El ojo reconoce la honestidad en aquellos mensajes que nacen de las manos inquietas de otro ciudadano. Lo artesanal tiene la mayor credibilidad y el texto se construye en colectivo.

Hay algunos diálogos que muestran un intercambio de ideas desde posiciones encontradas. La pared es la mesa del diálogo, de intercambio de ideas y pacifica confrontación. Un José Gregorio Hernández, vilmente utilizado por un ente público para manipular, habla de “precio justo” para las medicinas, en un pequeño texto hecho con molde, que acompaña a esa imagen de su figura entera, con las manos detrás (…aquella que emuló el MAS de Jacobo Borges para popularizar a José Vicente). Y al demagógico texto le han escrito al lado, como respuesta: “Pero medicinas NO HAY”.

A un Simón Bolívar impreso tamaño natural, pegado sobre el muro del edificio Las Delicias en la avenida Libertador, de Caracas, y muy cerca de un Chávez de papel en bicicleta, le han adosado la imagen cuerpo entero de una caricaturizada mujer “de la mala vida”, que parece estar tomada del brazo del prócer. Esa esquina que tanto frecuentó Carlos Andrés Pérez, es un ejemplo de humor gráfico, de sátira ciudadana contra la intención maniquea de idolatrar caudillos de ayer o de hoy.

La piel de la ciudad es un mosaico de elementos que remiten a lenguajes gráficos y códigos plásticos locales y globales. Tiene tatuajes, laceraciones, caligrafías infinitas y collages, en diversas capas que se sobreponen unas sobre otras y donde se funden o contrastan publicidad comercial con propaganda política, ofertas de empleo con razones para protestar, avisos personales de quien busca apartamento u ofrece sus servicios de clases a domicilio con un signo de la paz grafiteado sobre la hamburguesa hiperrealista de un póster back light de McDonald en una parada de autobús. Los papeles rasgados de afiches y carteles cubren paredes y tapan sus poros, ocultan sus heridas; ponen a hablar al friso. Allí, en una infinita variedad de texturas y textos, los retos y denuncias se confunden con grafitis de indescifrables trazos gestuales y códigos que solo entienden quienes crean lenguajes alternativos para marcar territorio entre grafiteros.

La textura exterior que cubre la ciudad muestra hoy también el corrosivo daño que le han provocado los enfrentamientos. Incluso hay sangre de ciudadanos que se defienden del armamento de guerra usado en su contra. La ciudad sufre por perdigones de todo tipo, balas, bombas lacrimógenas, y la circulación sobre sus calles de tanquetas y vehículos fabricados para reprimir como son los llamados “ballenas” y “rinocerontes” (en injusta alusión a esos animales). La ciudad en su epidermis tiene las marcas de las humaredas, el olor de los gases tóxicos, la negrura de la pólvora y de las quemas de cauchos y otros objetos. Allí están las paredes y suelos con marcas yermas, ahumadas, laceradas. Las fachadas de edificios dañadas por cobardes ataques represivos.  La ciudad ha sentido la mutilación de algunos árboles cortados en medio del fragor de las refriegas por insensatos, por ciegos de ira o por desesperados. Las rejas derribadas por uniformados, los vidrios rotos, las bombas y disparos contra lo construido y contra la humanidad de ciudadanos, son agresiones lacerantes en el rostro y el cuerpo visible de muchas ciudades y pueblos. Los árboles y plantas del Jardín Botánico de Caracas quemados por la brutal arremetida de casi un millar de bombas lacrimógenas contra ese espacio verde y la vecina UCV dejaron una marca dolorosa en ese respiradero del tramado urbano que tardará en sanar. La ciudad ha sufrido en su epidermis la insensatez y torpeza de los poderosos y sus armamentos. Las huellas del odio permanecen sobre el paisaje del entorno urbano en decenas de comunidades del país.

Pero la naturaleza no escasea en el paisaje citadino, y en medio del caótico concierto visual, la temporada obliga y pone en escena cientos de parches amarillos de los araguaneyes en flor y del color sin nombre de los miles de bucares que el resto del año pasan desapercibidos en la piel urbana. Su colorido interviene ahora y se asoma por instantes en la actual tristeza de la ciudad.

Muchos manifestantes han caído asesinados por balas disparadas desde la cobardía y el miedo a la crítica y a las razones del otro. Los sitios donde cayeron muertos, en diversas comunidades, son hoy lugares demarcados en el paisaje urbano. Sitios donde otros ciudadanos han dejado textos y dibujos para expresar dolor; han colocado estampitas y velas, figura de santos y obituarios. Esos espacios tienen hoy tatuajes que expresan dolor, sobre la piel de la ciudad porque esa piel es el papiro donde se escribe la crónica de estos días aciagos. Y en cierto sentido es el medio de comunicación social más accesible y poderoso que queda a las personas para expresar su pensar y sentimientos, sus anhelos y denuncias, ahora que la censura y el miedo han callado casi completamente la voz múltiple y portentosa de la diversidad.

El paisaje gráfico del espacio urbano es hoy receptor y caja de resonancia del sentir ciudadano y es escenario de la expresión del descontento pero también de la creatividad y talento artesanal de la gente. Las superficies visibles de la ciudad recogen la crónica colectiva de lo que nos pasa, lo que pensamos y sentimos.

 

*Comunicador visual. Planificador ambiental. Ingeniero