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Beatriz de Majo

La piedra en el zapato

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Álvaro Uribe, al frente del Centro Democrático, coronó con gloria su esfuerzo político de los últimos meses. Su tesón y arrojo, y el prestigio del que goza ante sus connacionales, transformaron a su recién creado partido en la segunda fuerza electoral del país en las elecciones parlamentarias colombianas del pasado 8 de marzo. Es claro que sobre sus hombros recae la responsabilidad de hacer oposición al gobierno y de ser actor principalísimo del proceso electoral en puertas.

En la otra esquina del Congreso de la República, la suma de los partidos de coalición que respalda a Juan Manuel Santos parecería constituirse en su carta de triunfo para la votación presidencial: 70% de los parlamentarios elegidos, en principio, le son solidarios.

Pero más allá del proceso electoral en puertas, en el que resulta difícil pensar que la votación del país pueda no favorecer la reelección del actual presidente, hay que examinar las responsabilidades que le competen a este nuevo Congreso colombiano. Los temas pendientes de la agenda parlamentaria permiten percibir que sus deliberaciones serán particularmente complejas, en especial en lo atinente al reconocimiento y acompañamiento de los acuerdos de paz que se tramitan en La Habana y a su implementación en el caso de que tales acuerdos lleguen a adquirir concreción en el futuro cercano.

Hasta el presente, el temperamento bélico del expresidente Uribe y su carácter irreductible no han servido para facilitar los avances de las tratativas oficiales. Su papel de ex mandatario, a pesar de haber sido activo, lo ha mantenido algo distante. Los escollos que atraviesan hoy las negociaciones –tal como se han filtrado en los últimos días– unidos al cuestionamiento de Uribe sobre el fondo del proceso, pueden contribuir a anularlo, a diluirlo o a colocarle piedras en el camino al objetivo político que más aglutina opiniones y esperanzas en el país. Uribe senador se convertirá en el perro de presa que hinque los dientes hasta el hueso en muchos temas, pero particularmente en todo aquello relacionado con las concesiones a los insurgentes.

El debate parlamentario, mientras las conversaciones de paz avanzan y en la etapa del posconflicto, deberá centrarse en temas no menos traumáticos como son la propiedad de la tierra en el campo, la reforma judicial, la situación pensional y la reforma de la salud. En cada uno de ellos, la controversia entre Uribe y los seguidores de Santos estará en el orden del día.

Ambos mandatarios salieron ganadores en alguna medida en los pasados comicios parlamentarios, pero ni Santos puede contar con una total incondicionalidad de parte de sus aliados políticos en todos y cada uno de los temas que el Legislativo ponga en su agenda para los próximos años, ni la bancada de Uribe tiene la masa crítica de votos para impedir que las iniciativas del presidente reciban el aval parlamentario.

No tratándose de asuntos de poca monta, lo que es probable es que el expresidente paisa se convierta en una piedra en el zapato en temas de alto calibre que afectan a la vida ciudadana, y la tribuna del Congreso le otorgará a Uribe capacidad de convencimiento frente a sus pares y mayor estatura frente al electorado. Ya no se trata solo de un ex presidente que airea sus desacuerdos con su sucesor, sino de un actor político respaldado por una bancada con nombre propio y valor institucional indiscutible.

Queda por ver con cual ánimo asumirá su curul y cuanta tolerancia tendrá el presidente con su rival político ahora que el tiempo electoral apremia y que la agenda de La Habana se encuentra retrasada y con plomo en el ala.

Por el bien de Colombia, ojalá el espíritu sea constructivo e incluyente, que el nivel del debate sea elevado, que las armas con las que se midan en la controversia sean nobles y que remen ambos, cada cual desde su esquina, en la misma dirección.