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Leopoldo Tablante

El peso de los más duros

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Nadie puede poner las manos en el fuego y decir que Miguel Indurain, el ciclista vasco que ganó el Tour de France entre 1991 y 1995, sólo se valió de su anatomía para ganar la competencia 5 veces. Sin embargo, está bien documentado que Indurain era una especie de superhombre probablemente curtido en la ética de esfuerzo físico de los Herri Kirolak, los campeonatos rurales vascos en los que los desafíos pueden ser levantar una piedra de 300 kilos o alzar una carreta de unos 450 y rotarla sobre su mismo eje tantas veces como sea posible. Su corazón bombeaba 50 litros de sangre por minuto (un ciclista aficionado apenas llega a 25), su capacidad pulmonar era de 7,8 litros (lo normal es 6) y su pulso en estado de relajación apenas llegaba a 28 pulsaciones por minuto (lo normal es una persona sana es entre 60 y 72).

Pese a sus ventajas, o justamente por ellas, Indurain era de una modestia monacal, lento para espabilarse y proponerse, opaco e imperturbable ante los dardos de los periodistas y, desde luego, resistente para sospechas y maledicencias. Perdió la sexta carrera alrededor de Francia por un concurso de circunstancias que incluyeron bronquitis, gripe y la aceptación de una bebida durante su último kilómetro de trayecto, lo que hizo que los jueces lo penalizaran añadiéndole veinte segundos a su cronómetro. Sin embargo, su austeridad marcó el ciclismo durante el primer lustro de los noventa. Cuando, en 1996, le cedió su puesto de campeón del Tour al danés Bjarne Riis, la competencia perdió una personalidad que apenas encontró sucesor tres años más tarde, en un estadounidense que había sobrevivido al cáncer de testículo y que respondía al nombre de Lance Armstrong.

Lance Armstrong asumió su posición con la idea de hacerle honor a su nombre y a su apellido, que a mí se me ocurre traducir como “la lanza del brazo fuerte”. Desde el comienzo, los medios de comunicación franceses comenzaron a hablar de él como de un fenómeno, y, como buen competidor americano, promovió sus campañas y victorias con letras capitales iluminadas con gas neón. Siempre ganaba; yo me extrañaba. Armstrong se aferró a la obligación de su éxito con la desesperación de un psicópata: idea fija, cortisona, transfusiones, testosterona y eritropoyetina (EPO), aparte de acoso consistente a los posibles testigos de sus manipulaciones químicas, todo negado con insistencia goebbeliana ante los medios de comunicación a lo largo de siete años de litigios, mentiras apenas desmanteladas en un golpe de publicidad del Oprah Winfrey Network (OWN), cuyos números de rating eran más bien modestos antes de la entrevista de la semana pasada.

A diferencia de la parquedad de Indurain, Armstrong se aferró al compromiso inaplazable de sí mismo. Es conocido que, como cabeza de su equipo de ciclistas (patrocinado por el correo estadounidense), el falso campeón era particularmente intolerante a los colaboradores y compañeros que decían “no sé” en un momento determinado. Su culto a la filosofía “Just Do It” –a pesar de que Nike le haya quitado para siempre su gracia– abundaba en parlamentos como este, pronunciado en 2005 en París, cuando el ciclista “ganó” su séptimo Tour de France: “Les diré a la personas que no creen en el ciclismo, a los cínicos y a los escépticos, que lo siento por ustedes”, ingenua moral de superhéroe que trasquiló los límites de su voluntad.

Esta misma semana, mientras la lanza del más fuerte se quebraba definitivamente por televisión y por redes sociales, Robert Gleason jr., un asesino condenado a la pena capital en el estado de Virginia, fue ejecutado en el Centro Correccional de Greensville. Hombre fuerte como Armstrong, Gleason jr. prefirió recibir una descarga eléctrica en lugar de dejarse vencer por la nube esponjosa de una inyección letal. Gleason pensaba que, antes de matar a una persona, uno debía ser capaz de soportar las voces de lamento y frustración de sus deudos. Si uno no podía con ese peso, más valía abstenerse de emprender el espinoso viaje del dicho al hecho.