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Enrique Larrañaga

El perverso encanto de la cursilería

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Dicen que Einstein dijo alguna vez que solo conocía dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana; y que de la infinitud del universo no estaba tan seguro. Quizá saturado de ecuaciones, don Albert olvidó incluir en su recuento la cursilería.

Como el universo y la estupidez, la cursilería es no solo infinita, sino pródiga en matices y sortilegios. El bolero más cursi resulta sublime cuando lo canta Tito Rodríguez; unas cursis flores de plástico, sucias y decoloradas, enternecen cuando honran una imagen en una capilla solitaria, pero estremecen cuando, sobre una cruz en la carretera, recuerdan un accidente y sus muertos; las cursilísimas tarjetas del Día de la Madre lo son para todos menos para su destinataria que, emocionada, ve en ellas trazas de un nuevo Neruda o un redivivo Reverón.

La cursilería traspone la emoción al insondable mundo de la emotividad, donde se funden y confunden sentimientos y sensiblería con entusiasmo tal que privilegia ternura y pasión sobre cordura y razón. Entresijos que descifran con exactitud científica los buhoneros, siempre con la bandera, bandana, gorra o pañoleta propia a la circunstancia (Navidad, mundial de fútbol, temporada beisbolera o concentración política); tanto que no sé si rotulan las consignas al momento, si sus proveedores son expertos analistas de la polarización y guardan toletes equivalentes de cada modelo o si tienen impresos sus 30 millones de cada grupo, por aquello del “uno nunca sabe…”, la volatilidad de los mercados y tal. Pues, todos sucumbimos a ella en un país signado por la cursilería de puro dispendioso en telenovelas y misses y ahora desfiles militares; espectáculos todos y cada vez más parecidos, además.

Hay mucho de Lupita Ferrer, con todo y amenazadora mirada de “¡ya tú vas a ver!” en la grandilocuencia de generales que participan en el inicio de un desfile como prestos a acometer una hazaña heroica; o en la épica descripción del linaje de batallones marchando con pasos y gestos aprendidos, curiosamente similares a los de la temblorosa concursante que cruza la pasarela con su cargamento de lentejuelas mientras, con idéntica impostura, alguien exalta los “recamados de cristal” entre compases monótonos que uno ya ni oye. No como el “chán-chán” sonoro que cierra cada capítulo de la novela, simulando suspenso sobre un final que todos conocemos desde que, empezandito, asoma la pareja hermosa llena de secretos inconfesables; o el tronar de aviones practicando sobre la ciudad sus piruetas para algún acto que lo pone uno, simultáneamente, a gritar imprecaciones y a buscar un rosario, no vaya a ser que el aparato sea de los de reciente adquisición, tan adictos ellos a caerse; y de modo nada cursi, por cierto.

La perversidad de la cursilería, bien lo define la Real Academia, radica en su afán de “mostrar refinamiento expresivo o sentimientos elevados”, es decir: engañifas. Que aceptamos aunque las identifiquemos; seguramente porque necesitamos, más aún en estos días, aferrarnos a algo que nos redima de tanta realidad y chapotear, siquiera un ratico, en algún esplendor.

Quizá por eso, extremos supuestamente antagónicos comparten iguales simplismos y excesos: embojotamientos tricolores con cara de “¡hasta el infinito y más allá!”; ligaítos de insultos al contrario y promesas de improbable cumplimiento para la fanaticada; disfraces de pioneritos o mártir, es lo mismo; melodramas sobre la maldad ajena que amarga el presente y las dulces maravillas que guarda el futuro para “nosotros, los buenos y elegidos”; ceños fruncidos al espetar amenazas y cejas caídas a lo Virgencita Dolorosa al implorar confianza; conmovedoras viñetas familiares contrabandeando credos políticos; absolutos del tipo “todo/nada”, “siempre/nunca”, “sin-retorno/no-volverán”, erosionando las escasas, seguramente imprecisas y hasta ambiguas oportunidades de reconocernos; vítores a la inmolación sin reparar (o saber o poder o querer hacerlo) que el futuro lo harán quienes estén vivos y será débil si lo fundamos sobre llanto; la adopción unánime como neohimno nacional de una canción que compusieron dos españoles sin conocer el país para un disco del Puma en el que no cupo y que fue rescatada para, ¡muérete!, un hipercolorido número de faldas agitadas en un Miss Venezuela; idéntica entrega de la identidad personal al efectista pero ominoso “todos somos este o aquella”; exacto cinismo para inducir temores y alentar atajos, ordenar ataques y promover venganzas, detectar el menor error ajeno y eludir las mayores responsabilidades propias; y, en aterradora simetría, múltiples injertos de corazones, estrellas y boinas para rendir culto a personalidades ya en el más allá y atroces imágenes del más acá cosechando chorrocientosmil “likes”, RT y cadenas en Twitter y Facebook hasta reducir el horror a su peor humillación: la de meras estadísticas que pierden cuenta de todo al perderlo todo en puro cuento.

Esto sería otra curiosidad antropológica, incluso explicable entre tanto ánimo herido y esperanza rota, si la perversidad de la cursilería no indujera choques de los que nadie saldrá ileso. Pues, aunque el universo, la estupidez y la cursilería sean infinitos, la vida no lo es y cada una cuenta; cada pérdida duele igual y no la restituyen vigilias plañideras ni condecoraciones póstumas, fanfarrias ni fanfarrones. La sangre solo es útil para mantenernos vivos, no encharcando asfalto; y el liderazgo es bastante más complejo y exigente que el estrellato, los “selfies” y los lemas destemplados que ni atienden ni entienden ni, por lo visto, aprenden que sus bravuconerías ahondan las fracturas y nos extravían en el desamparo.

Precisamente porque los afectos están lastimados toca, sin afectación y con extrema efectividad, identificar la tenue, a veces frágil y evasiva, siempre crítica línea entre la historia y la histeria.

O el perverso encanto de la cursilería nos consumirá a todos.