• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

No todo es perfecto

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Pero ¿cuándo es que voy a perder la maleta? ¿Que no esté nadie para recibirme? Era lo que, exasperado, preguntaba a mi intérprete custodio durante la visita organizada en 1980 por el Departamento de Estado Norteamericano para conocer instituciones vinculadas a mi trabajo como cineasta; y David Key, el atlético traductor y guardaespaldas, sonreía con orgullosa satisfacción, consciente de la exactitud organizativa de la gira que me hizo viajar de una costa a otra de aquel inmenso país. Ya resultaba sorprendente que el gobierno americano me invitara a pesar de mis antiguos devaneos con la juventud comunista; y lo era más que yo aceptara la invitación en aquel momento ñángara de mi vida en el que creía que el Departamento de Estado tenía que ver con la CIA y no con la Cancillería de ese país.

Para fijar definitivamente el itinerario del viaje me encontré en Washington frente a un inmenso mapa de Estados Unidos y los organizadores de la visita señalaron varias instituciones y universidades en la costa este y seguidamente otras, que incluían los estudios de Hollywood en la costa oeste. Impresionado, pregunté si no había nada de interés en medio de tan grandioso país. ¡No lograron ocultar cierta consternación! ¡Se miraron! Observaron el mapa y sugirieron Alburquerque, Santa Fe, que mantiene una pequeña pero envidiable cinemateca cuyo tesoro lo constituyen las películas que durante una centuria se han filmado en su bello y limpio desierto.

Durante quince días subí y bajé de aviones, trenes, buses y taxis para cumplir con una frenética agenda de entrevistas. El intérprete y yo recibíamos, al llegar al hotel asignado en cada ciudad, instrucciones detalladas que señalaban los pasos a dar para que el rector, el director o el gerente del instituto a visitar nos recibiera a una hora exacta y durante un tiempo fijado ya en el instructivo. Vivía deslumbrado porque todo se cumplía como se indicaba. Allí estaba el taxi, allí estaba el funcionario que nos conduciría al despacho del rector, del director y ellos allí, esperando, con una carpeta sobre el escritorio en la que se explicaba quién era yo y el motivo de la visita. ¡Un engranaje perfecto; un mecanismo de avanzada relojería!

En una ocasión, la personalidad con la que me entrevistaba hizo lo que hacen los detectives del cine: levantó los pies y los puso sobre el escritorio mostrándome las suelas de los zapatos. Resultaba grosero e insultante; pero hice lo mismo y le mostré los míos. ¡Entonces él bajó los suyos y yo hice otro tanto! La entrevista, desde luego, resultó un fracaso; pero al salir a la calle, David Key me felicitó.

Llegó un momento en el que me rebelé y abrumado, molesto, increpé al intérprete: “Vengo de un país donde nada funciona, en el que nadie cumple con sus obligaciones y el transporte funciona mal. ¡Arrastro una cultura caribe, no sé si lo entiendes! ¿Cuándo es que se me va a perder la maleta? ¿Cuándo será que estas instrucciones no van a servir para nada?”.

Sonrió y dijo: “¡Somos así! ¡Hemos construido un sistema perfecto!”. Entendí por qué ha llegado Estados Unidos a ser el imperio que en la hora actual tanto odia y asusta a nuestro mediocre y disparatado régimen militar bolivariano.

Cumplida la misión que me llevó de una a otra costa de aquel inmenso país regresé al mío fascinado por la eficaz organización que estuvo ofreciéndome el sistema de vida americano. Semanas más tarde, recibí de David Kay un recorte de prensa que informaba sobre el desconsolador incendio que destruyó una cinemateca en Minnesota y una nota ¡que adoré! escrita a mano por mi orgulloso intérprete custodio que decía: “Como ves, ¡no todo es perfecto!”.