• Caracas (Venezuela)

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Orlando Luis Pardo Lazo

¿Quién dijo que todo no está perdido? Igual vengo a ofrecer mi corazón

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Mi pueblo está exhausto. Mi pueblo está escéptico. Mi pueblo es libre y feliz. Más de medio siglo de monopartidismo obligatorio en Cuba, llámese dictadura o revolución, nos han dejado en una soledad redentora, irreversible, irreprimible.

Los cubanos nos escapamos de Cuba. Esa es ahora nuestra victoria, nuestro plebiscito permanente. Nos vamos. Adiós, islita íntima e intimidante de mi amor. Adiós, patria perdida e imperdible para siempre. Adiós por fin, Fidel.

Hicimos lo mejor que pudimos, mientras pudimos. Durante décadas y décadas tratamos de colocar una bala mágica en el corazón de Castro. Matar la muerte. O reventarte la cabeza en tu descapotable Mercedes Benz, muy a lo Dallas. Muy a lo diabólico, acaso también muy a lo vodevil.

Pero perdimos ese maratón de quién mataba primero a quién. Ni siquiera nos atrevimos a envenenarlo. A ponerle un traje submarino con toxinas cutáneas. A prenderle un tabaco nuclear, que volara en mil esquirlas la mitad más mala de nuestro país. Una mujer extranjera, Evita excitada que se le sentó encima a Fidel y le exprimió un par de orgasmos de verde oliva, cobró miles y miles de la CIA y total para qué. El Comandante demostró con creces que su capacidad criminal era insuperable. Quien mata primero, no puede ser matado después. Es así.

Los cubanos lo supimos, pero hoy por hoy ya no queremos reconocer que el magnicidio era desde el inicio la única alternativa magnánima contra el castrismo a perpetuidad. Nuestros muertos, desaparecidos, torturados y deportados se cuentan por miles en cada generación y, a la vez, son cuerpos que no contarán para nada. Cuerpos que nadie contará. Detritos para las bases de datos. Latinoamérica reía al ritmo de la revolución. Nosotros moríamos. Pero ya pasó.

Al final, todos vamos a morirnos sobre una cama, en paz póstuma. No más cadáveres de calle en Cuba. Nos cansamos de caer. Una almohada aérea, esa será nuestra mortaja mejor. Igual el castrismo es ahora de ortografía octogenaria. Mata apenas por inercia. Su inmortalidad se decolora a cuentagotas a cada instante. Y, como el país fue pensado e impuesto a imagen y semejanza de Fidel, las embarazadas cubanas paren hoy bebés octogenarios y tan obsoletos como él. Envejecimos como nación. Del delirio a la decrepitud, sin transición.

Mi pueblo es imposible, posnacional. Mi pueblo es el más perfecto posible. Me pregunto si no ha sido esta una victoria atroz que, a la vuelta de más de medio siglo de dictadura y revolución, los cubanos nos hemos arrebatado a nosotros mismos, irreconociéndonos entre sí, haciéndonos de una vez ingobernables, infidelizables, condenados o mejor condecorados con la medalla malévola de una diáspora a perpetuidad. Errar es preferible al horror.

Fidel, ganaste. Te dejamos vivir. Pueblicida. Pero prepárate para lo que viene. No tendrás patria para dispersar tus cenizas. No habrá historia donde verter tu gloria. Ni tiempo para prestarte atención. Seremos tan felices sin ti. Te amo. Desde esta inverosímil libertad ilimitada, te amamos. Nos devolviste a la desilusión, a esta orfandad orgullosa donde tú no podrías volver a existir.