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Raúl Fuentes

Una pequeña dosis de locura

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“El que teme sufrir –sostiene un proverbio chino– ya sufre el temor”, y en Venezuela pareciera que una cada vez más gruesa capa de la población ya padece el miedo y vive aferrada a la resignación, ese suicidio cotidiano, como la definía Balzac, mediante el cual el individuo renuncia a satisfacer sus más caras ambiciones y acepta lo impensable para no sucumbir al pánico o a la ansiedad, emociones que, tras más de 50 años de experimentación, los asesores cubanos del inquilino arbitrariamente instalado en Miraflores han aprendido a manipular con eficiencia, haciéndole creer a las gentes que no hay mal que por bien no venga y, así engañadas, sueñen despiertas con que las carencias de hoy serán recompensadas con un feraz mañana; una quimérica esperanza que no hace sino prolongar sus angustias y atizar el desasosiego.

Después de 15 años de errático navegar por las turbias aguas de una revolución sin pedigrí –a no ser que el sedicente bolivarianismo del redentor barinés sea el certificado de origen de un proceso cuyo penoso desarrollo se ha  fundado más en el “como vaya viniendo, vamos viendo” de Eudomar Santos que en un proyecto serio de país– pareciera que los venezolanos estuviésemos aceptando estoicamente un destino que no merecemos; un destino impuesto con la involuntaria complicidad de una masa improductiva entregada a la caridad del Estado, basado en la utópica forja de un hombre nuevo y la promoción de un igualitarismo por debajo –con su consiguiente mengua de libertad– que ha empobrecido a la clase media, depauperado aún más a los pobres y enriquecido obscenamente a una nueva burguesía corrompida que medra a costa de desgracias y desventuras ajenas.

No somos suizos, dijo una vez un presidente de la “cuarta república”; tampoco haitianos o etíopes, de modo que, con una medianamente aceptable calidad de vida, prosperaba en el país una clase media que había hecho de la educación un formidable mecanismo de movilidad social y, sin fomentar una fratricida lucha de clases, trataba de contribuir a su manera con la búsqueda de salidas civilizadas al endémico problema de la pobreza, para y por lo cual hacía política y procuraba, mediante el sufragio, un cambio para mejor; pero, seducida por los cantos de sirenas de notables oportunistas, se dejó deslumbrar por el espejismo de la antipolítica y se arrojó en brazos de un providencial hombre fuerte que –deus ex machina– iba a gestionar la tan anhelada transformación. Y sí. El país cambió. Para peor. Pero eso es lo que hay; y con ello nos contentamos.

Ernesto Sábato escribió: “El mundo nada puede hacer contra un hombre que canta en la miseria. Hay una manera de contribuir a la protección de la humanidad, y es no resignarse”. Celebro esta frase del autor de Sobre héroes y tumbas porque ese ominoso sentimiento de impotencia, que nos conduce a tolerar la adversidad como algo inevitable, ha enfermado a la sociedad venezolana y contagiado a una dirigencia que dice batallar no por un quítate tú pa’ ponerme yo, sino por la reinstauración de la concordia, la legalidad y la decencia en el país. Y sostengo que el conformismo ha infectado al liderazgo opositor (o a buena parte de él) porque, independientemente del dónde y cómo se barajen las cartas, dentro o fuera de la MUD, la apuesta debe apuntar, necesariamente, por convertir la resignación en indignación y no a competir en una carrera de fondo, a lo largo de la cual el virus de la rendición, para mayor gloria de la pandilla roja, podría propagarse de modo exponencial.

“La imaginación al poder”, clamaban los exaltados estudiantes parisinos durante las memorables jornadas de mayo de 1968. ¡La imaginación a la calle!, podríamos vocear quienes creemos que se debe poner fin a la resistencia pasiva; la otra mejilla no cuenta contra la intransigencia principista de quienes no buscan discutir sus ideas sino imponerlas aunque, para ello, tengan que recurrir a la trampa o a la fuerza. No abogo por que se apele a argumentos similares, sino por que entendamos que la paciencia tiene límites que, al ser violentados, podrían dar paso franco a la cólera, y no estaría de más que nos arrechemos un tanto para ver si podemos poner los puntos sobre las íes y las cosas en su lugar. La ira, aseguran, no es más que demencia pasajera. De ser así, cuando la rabia acumulada en kilómetros y kilómetros de colas esperando un producto que, como Godot, no termina de aparecer, haga tronar sus apocalípticas trompetas, el Armagedón del régimen será breve, pero estruendoso, y justificará con creces una pequeña dosis de fugaz locura.

rfuentesx@gmail.com