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Ignacio Ávalos

¿Qué pensará Elías Jaua?

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I.

Uno hubiese querido presenciar una campaña electoral distinta de esta, convertida en pura estridencia, especie de disputa en la escala de los decibeles, mera controversia de ideas vidriosas y fugaces, gritadas a todo pulmón. Uno hubiese querido, pues, que fuese la ocasión para mirar el país, sacar cuentas y verificar caminos y puntos de llegada, todo al margen de las lealtades binarias que hoy en día gobiernan al país dividido en dos mitades que no se hablan, apenas se miran con el fastidio de tener que convivir. En fin, una campaña en otro tono, dada la compleja situación política sobrevenida por la muerte del presidente Chávez, tras una estadía de catorce años en el poder.

 

II.

Dentro de lo anterior, lo más grave, sin duda, ha sido el proselitismo desplegado alrededor de Nicolás Maduro. Más grave, digo, porque desde esa acera cabría esperar mayor densidad ideológica, no en balde se habla de revolución. Sin embargo, la campaña chavista ha tenido muy poco que ver con lo anterior y aún menos con el propósito de elevar “la conciencia política de las masas” a fin de que el pueblo sea “el verdadero sujeto de la transformación de la sociedad”. En efecto, tras cierto lenguaje radical y destemplado, la misma se ha organizado más bien a partir de un menú de fabulaciones mercadotécnicas, capaz de mover los resortes de la voluntad del elector en función de la compra de un producto, en este caso Nicolás Maduro, como si fuera un refresco light o, más bien, una compotica de manzana.

Y, por otro lado, ha dejado ver un desmesurado acento místico. El candidato se muestra como el predicador de un mensaje heterogéneo –que algunos antropólogos generosos encasillan en la fórmula del sincretismo religioso–, apelando al más allá a fin de que se nos ayude a resolver nuestros muy terrenales y bolivarianos problemas. La religión ha salido, pues, del ámbito privado e invadido la política sirviendo la mesa para que se fabrique a la carrera el mito Chávez como fase superior (y posterior) del culto a la personalidad del caudillo. Se trata, en suma, de poner el “opio religioso” como motor revolucionario

 

III.

Al decir lo que digo no puedo dejar de pensar en Elías Jaua, colega mío, sociólogo egresado, como yo, de la UCV. Pienso en él porque, aunque no lo conozco, es sabido, desde siempre, su condición de militante de la izquierda prechavista, marxista teóricamente convencido y firme creyente en el socialismo, en desacuerdo por tanto, cabe sospechar, con el trazado comercial y religioso según el cual se ha desenvuelto la promoción electoral de su candidato.

Pienso, entonces, si al terminar cada día, luego de una agotadora jornada, cuando, por fin, se quita el uniforme de militante-del-PSUV-en-campaña y coloca la cabeza en la almohada, con su mirada marxista escrutando el techo, Jaua no sufrirá cólicos ideológicos sintiendo que milita en un proyecto que a lo mejor ni siquiera es progresista, al cual se le enredan las razones que inicialmente lo impulsaron, quedando supeditado a la propaganda y a las plegarias.

 

IV.

Qué empezará a pasar a partir del día 15, debe pensar Jaua, un político inteligente. Cómo atender las justas aspiraciones sociales y políticas que despertó Hugo Chávez, cómo dejarlas sembradas como parte de nuestra visión del país que debemos ser, atornillándolas para que no sean albur de una determinada coyuntura. Y, en la sinceridad que provoca la almohada, se preguntará, así mismo, cómo diablos se hace para recoger los vidrios rotos (no sólo económicos, por cierto) que deja la larga gestión del comandante, tras perseguir, con tesón digno de mejor causa, un estilo de desarrollo cuya precaria viabilidad (no sólo económica, de paso) ha sido posible alargar gracias a la renta petrolera. Cómo hacerlo una vez que la realidad derrote la propaganda y el pajarito venido del más allá diga que en materia de inflación, la verdad es que no sabe nada.

En fin, gane o pierda Maduro dentro de unos días, qué pensará Jaua del curso que parecen estar tomando las cosas entre los suyos, si es lógico guarecerse en el mito del comandante eterno, sacralizar su legado sin revisarlo o si hay, más bien, que apelar a la política y redefinir el chavismo incluyendo, como algo muy importante, su relación con todo el país, no sólo con los feligreses.