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Milagros Socorro

La península del miedo

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El vicepresidente de Refinación de Pdvsa, Asdrúbal Chávez, jura que la empresa no está importando gasolina, “sino sólo alquilatos y MTBE” (metil ter-butil-éter, aditivo para la elaboración de gasolinas sin plomo); e insiste en que las denuncias sobre fallas de sistema en las refinerías de Venezuela son falsas.

Pero resulta que, tal como publicó en este diario el periodista Andrés Rojas, el Departamento de Energía de Estados Unidos ha presentado cifras según las cuales después de agosto pasado, cuando se produjo la explosión en la refinería de Amuay, “se cuadriplicaron los despachos de combustibles a Venezuela: pasaron de un promedio de 27.000 a 108.000 barriles por día, entre otras razones, porque ahora no sólo despacha MTBE, sino también gasolina convencional para vehículos”. Esto significa que, aunque el Gobierno lo niegue, tras la tragedia de Paraguaná, a Pdvsa no le ha quedado más que importar productos refinados terminados, cosa que antes de agosto de 2012 hacía en pequeños volúmenes y ante déficits eventuales.

Ya en marzo de este año, la agencia de noticias Reuters había advertido que la refinería de Amuay estaba trabajando a 57% de su capacidad; y citaba una fuente “que prefirió el anonimato”, según la cual “la estatal ha adquirido en el mercado abierto casi todo tipo de productos, incluidos derivados terminados”.

Por otra parte, son muchas –y muy autorizadas– las voces que coinciden en señalar que la politización de Pdvsa ha redundado en el descuido de sus tradicionales protocolos de operación y, particularmente, de mantenimiento. El siniestro de Amuay no sólo es el más grave en toda su historia sino que estuvo precedido por una seguidilla de accidentes que configuran un cuadro de lenidad e incompetencia criminal.

La mentira es flagrante. La ligereza con que el propio Presidente enfrentó los hechos es proverbial. Fresco tiene el país el recuerdo de Chávez llegando el domingo 26 a las inmediaciones de la refinería para declarar: “Algún filósofo dijo, no me acuerdo quién: la función debe continuar”. Una cosa de locos, por decir lo menos. Un disparate demencial (y no porque atribuya a un filósofo la conseja, común en el ambiente del espectáculo, que apunta a que, incluso en presencia de problemas e imponderables, el telón debe subir), puesto que en ese mismo momento había montones de cadáveres bajo los escombros y no se sabe cuántas decenas de heridos gimiendo por falta de ayuda coordinada y eficiente. No contento con eso, un día después, el lunes 27, en visita al hospital Rafael Calles Sierra, en cuya morgue se apilaban los cuerpos chamuscados, lo que Chávez tuvo para decir fue: “Se respira un calor patrio”. Como no podía pelar la ocasión para subir el monto de los embustes anunció, con toda seriedad, que había un equipo “de psicólogos y psiquiatras disponibles para atender el impacto de las víctimas”. Desde luego, todavía los están esperando.

Transcurrido un semestre, más de la mitad de los afectados no han recibido indemnización de Pdvsa. Muchas viviendas han sido reparadas por sus dueños, con sus manos y a sus expensas; incluso el tráiler que la compañía habilitó para atender a las víctimas desapareció una madrugada sin dejar alternativa.

Y, sin embargo, la protesta es susurrada. No hay comités de víctimas. Los deudos de la familia Delgado Llanos, desaparecida en el siniestro, suplican en solitario una respuesta de las autoridades. Los pocos propietarios de locales destruidos que se atreven a reclamar ocultan su identidad.

—Hay mucho miedo –explican–. La refinería es la única fuente de trabajo en Paraguaná. A quien le tomen una foto en situación de protesta pierde el empleo y las esperanzas de conseguirlo. Y todo el tiempo hay agentes haciendo fotos y grabaciones. Si se sabe que has hecho una crítica, te trancan todo: desde sacar un permiso en la alcaldía hasta un negocito que tengas. Esto se aplica también a las contratistas, que están controladas por el PSUV, que regula quién entra en Pdvsa o tiene tratos con ésta.

Tras mucho buscar quién diera un testimonio con su nombre y apellido, topo con Marcelino Sangroni, campesino devenido chofer. “Me cansé de que me dijeran ‘vení mañana’ para darme los materiales con que arreglar mi casa dañada por la explosión. Este bigote blanco no es pa’ que me mamen gallo”.

En todo el país hay ese mismo miedo… y esas excepciones de valentía y dignidad.