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Luis Pedro España

La pena y la burla

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En menos de una semana, el Gobierno dice haber sido victima de tres ataques: un intento de magnicidio, una guerra económica y un golpe eléctrico. Sobre el reiterativo caso del magnicidio, ni una sola agencia de noticias o medio de comunicación serio le dio la más mínima importancia. No llena de orgullo que nos gobierne la incredulidad. Alguien debería decirle a las autoridades que el sentido del ridículo es uno de los atributos reputacionales que más se debe cuidar en público.

Sobre la guerra económica que se trama desde EEUU, haber hecho semejante declaración sin una sola mediación racional no es más que una forma alternativa de anticipar los elementos de la guerra económica que se nos viene encima. Cortesía de este Gobierno y sus políticas. El imperio no necesita tramar ninguna estratagema. Los nuestros se la pitan por sí mismos y sin la ayuda de nadie.

Por último, en relación al golpe eléctrico, todos sabemos que el Gobierno lleva años esgrimiendo inútilmente la tesis del sabotaje como una forma de eludir sus incompetencias. Por cierto, no sólo en materia de electricidad sino en muchas otras áreas monopolizadas por el Estado, como la industria petrolera o las industrias del hierro y el aluminio, estas últimas verdaderos monumentos a los grandes problemas de gerencia pública que tenemos.

Si como todo parece indicar las excusas conspirativas van a seguir siendo parte fundamental de la política comunicacional oficial, uno de los mayores favores que por estos días se le puede hacer al Gobierno es repartirles el cuento Pedro y el lobo. Su lección es simple: el personaje del cuento nunca supo qué hacer con la responsabilidad que le dio el pueblo, y el pueblo pagó con ruina mantener al bromista en su puesto.

Las cosas no van bien dentro del Gobierno y, en consecuencia, tampoco para sus gobernados. Cuando se esgrimen tantas y tan malas explicaciones sobre los problemas, es que no se tiene en la mano ni una sola solución. No hay que ser adivino ni desearle mal a quienes están mandando para saber que en este país todo va a empeorar. La escasez y la inflación, los pésimos servicios públicos y sociales, el problema de la inseguridad y nuestra caótica cotidianidad, no hay forma de que mejoren o incluso que deje de empeorar. Una mezcla de soberbia ignorante, repetición de trucos gastados e improvisaciones de corto plazo impide a los responsables de las políticas acertar con las soluciones o dejar de acumular las causas de los problemas.

Los países no son bobos y el nuestro no va a ser la excepción. Haga la prueba, amigo lector, bromee en alguna de las múltiples colas a las que nos han confinado, ironice en su puesto de trabajo, comente al taxista, pregúntele a quien le despacha el cachito o la empanada cada mañana si cree que estamos al borde de una guerra económica, de un magnicidio o que hay en marcha un plan o alguna “mano peluda” tramando algún “no sé que cosas”. La reacción será la misma. No importa la preferencia política de quien caiga en la muestra, el resultado será algo de pena y mucho de burla.