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Álvaro Caso

Los peligros de la militarización

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Venezuela no era un paraíso en 1999 cuando Hugo Rafael Chávez Frías asumió la presidencia. Décadas de mala gestión de los dos partidos tradicionales venezolanos llevaron a la irrupción del Movimiento Quinta República (MVR) de Chávez que, con una mezcla de reivindicaciones nacionalistas y apelando a los sectores olvidados por la renta petrolera, llegó al poder democráticamente. Chávez, posteriormente, comenzó el viraje hacia lo que él, con la ayuda del teórico Heinz Dieterich, redefinió como “socialismo del siglo XXI”. En la retórica chavista se presentaba como una de las variantes del marxismo latinoamericano: el discurso de lucha de clases se combinaba con referencias patrióticas a las luchas de independencia.

Uno de los virajes más importantes del chavismo fue el abandono completo de los principios republicanos mediante la militarización de la sociedad venezolana. El papel dado a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y la creación de milicias populares y grupos paramilitares son tres demostraciones de ese fin.

Claro está, Chávez no es un innovador en esta materia. Gobiernos autoritarios o totalitarios han recurrido a este tipo de estrategias para solidificar su poder. La retórica militarista tampoco fue demasiado innovadora. Al igual que en otros casos, bajo el pretexto de ser “popular”, de proteger los “intereses nacionales” y “luchar contra el imperialismo”, la militarización de la sociedad como un movimiento de poder fue dotada de contenido simbólico. Chávez nunca renunció al simbolismo militar, todo lo contrario, lo exageró. Y, al igual que Castro en Cuba, apeló permanentemente a su papel de “comandante” como equivalente de guía de un pueblo militarizado.

Larga es la tradición que considera al jefe del Estado como “comandante en jefe” de las Fuerzas Armadas, o “mando superior” en el caso uruguayo. Justamente, el despojar del apelativo “comandante” fue un claro intento de nuestros constituyentes por evitar el despotismo militar. En los países donde el jefe del Estado es el “comandante” hay un nivel importante de militarización social.

Las apelaciones a los jefes militares como comandando al “pueblo” no son extrañas en el pasado latinoamericano. Sin embargo, la teoría y la práctica han demostrado que es mejor circunscribir lo militar a su esfera y no extender la noción de “pueblo militarizado” que, tarde o temprano, lleva a giros autoritarios, y cuando peor, despóticos.

De manera más grave, la ausencia del “comandante” deja a ese pueblo militarizado sin un líder. Así, el despotismo militar se encuentra, por estas horas, desenfrenado. Maduro, en teoría, tiene el poder y apela a alzas de salarios y expansión del poder militar para poder llenar los zapatos del “comandante”. Cuál será el destino del militarismo creado por Chávez es, a nuestro juicio, una de las incógnitas más grandes del chavismo sin Chávez.

La situación de Venezuela en esta hora prueba, una vez más, el peligro de omitir la debida separación de esferas castrenses y civiles en la vida republicana. Tal vez la “quinta república” venezolana siempre fue un Estado militarizado, una “república” sin contenido. Hugo Chávez era un firme creyente en el determinismo histórico. La divinidad de Bolívar como eje de la historia de su país, y él como su autoproclamado intérprete, parecen repetir la tragedia histórica del despotismo militar en América Latina. 

 

*Docente e investigador en Historia, hoy cursando doctorado en la Universidad John Hopkins.