• Caracas (Venezuela)

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Fernando Rodríguez

Los peligros de la locura

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Decía Pascal que un hombre colocado en una tabla sobre un precipicio  seguramente abandonará la razón, la reflexión sobre su situación real, y caerá en delirios imaginarios. Tal parece la situación de Nicolás Maduro y su tribu en la actual coyuntura en que millones de conciudadanos lo niegan en las elecciones, las encuestas, los firmazos y amenazan con revocarlo o revolcarlo. Sus respuestas ante tan compleja coyuntura son cada vez más desacertadas e incomprensibles. Y, dado el poder que tiene por su investidura y su reiterado talante disfuncional, conforma una situación altamente peligrosa para el país.

Por ejemplo, eso de conminar el Primero de Mayo a los trabajadores nacionales a una huelga general indefinida si alguien  decide tomar su palacio, sea cual fuese el método empleado subrayó, cuando se tiene menos de 20% de apoyo popular, indica su temperatura anímica. Y jurar que es la persona más atacada del mundo la aumenta. O la muy concreta denuncia de que la marcha obrera hubo que desviarla porque habían encontrado varios francotiradores destinados a eliminarlo indica o un estado de paranoia aguda o una capacidad de mentir igualmente patológica. Estas denuncias de magnicidios, noticias magnas, son tan pueriles y frecuentes que cuesta encontrarlas en la prensa del día siguiente.

Pero, para seguir con la semana pasada, el cobarde e inédito ataque contra Chúo Torrealba por un grupo de sicarios identificados es alarmante. Chúo, además de  líder popular y por lo visto un buen pegador, es el jefe formal de la oposición. Y que yo sepa no ha habido ni una pequeña condena o anuncio de investigación por parte del gobierno. Lo único al respecto fue una justificación entusiasmada de un segundón de la televisión oficial, oficiante de un programa basura. Por las características del hecho es un paso adelante en los desmanes de los colectivos, un tipo de violencia personalizada que pudiese anunciar y propiciar nuevos desafueros, esos que en otros ámbitos han desatado la multiplicación de las venganzas y hasta han ayudado a prender la chispa de la guerra. Como  la sandez de Maduro, no es la primera vez, de acusar al gobernador Capriles de estar en contubernio con las bandas de criminales que azotan la ciudad. Este no se percató demasiado porque estaba contando las más de 2 millones de firmas para revocar al calumniador. Habría que respetar ciertos mínimos límites, cordura obliga.

Ahora bien, sigue siendo el gran nudo de la vida política del país la implacable guerra de los poderes. Da la impresión de que el gobierno se sigue considerando mayoría, de que el pueblo le pertenece por naturaleza y, por ende, es poseedor de una soberanía política y una supremacía moral que nada tienen que ver con la muy manifiesta y abrumadora voluntad de los venezolanos. Basta oír el gangoso y altanero estilo Chávez en cuanta perorata o declaraciones dan los líderes del gobierno para comprobarlo. El ministro Marco Torres no le rinde cuentas a la Asamblea, elegida por el pueblo, sino a un pueblo de su uso personal. Y el indescriptible, literalmente y en todos los sentidos, Hermann Escarrá anda inventando a punta de sofismas hasta las maneras de evaporar los conceptos mínimos de soberanía para aliviar a su atolondrado príncipe.

Pero como hemos dicho alguna otra vez, de estos juegos políticos, por torcidos y demenciales que sean, podríamos esperar alguna solución, siempre termina por haberlas, antes de los cien años dicen. Lo que si no va a esperar, ni podemos permitirlo, es el hambre y el deterioro cruel de la salud (y la muerte) de la inmensa mayoría de los venezolanos pobres, las tres cuartas partes dicen las universidades. Son ellos los que incitan a la acción sin demoras para ponerle fin a la locura. Hasta el papa de Roma, en general bastante ocupado por el vasto mundo, nos ha puesto en la lista de sus emergencias mayores, a juzgar por su carta a Maduro. Para que se vea hasta dónde hemos llegado y la naturaleza de la emergencia humana que nos exige soluciones sin dilación, a toda costa.