• Caracas (Venezuela)

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José Ignacio Calderón

De los peligros del lenguaje y otras cosas

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La semana pasada se filtraron unos informes sobre el uso de tortura en diferentes prisioneros bajo custodia militar por parte del gobierno estadounidense. Como es natural, el escándalo nacional –y de modo subsecuente, el mundial– fue una explosión de indignación iracunda.  ¿Qué cómo es posible que se torture en la afamada tierra de la libertad, donde operan los garantes y protectores del llamado mundo libre?

La respuesta oficial fue rápida y contundente: el trabajo realizado con los detenidos era importante para blindar la seguridad nacional contra cualquier posible ataque. Aunque algunas otras reacciones, como la del exfuncionario Dick Cheney –quién calificó los informes de lo que nosotros llamaríamos “pura paja” – fueron un poco más directas, todas calaron en lo mismo.

“Nuestro trabajo con los prisioneros fue en pos de nuestra seguridad nacional”.

Y esto no se quedó en los organismos estatales solamente. Por un malentendido en su show AC360, el periodista de la CNN Anderson Cooper tuvo que aclarar sus palabras en su cuenta de Twitter. Negó haber comparado las acciones de la CIA con las atrocidades de los nazis. Cooper continúa su disfrazada disculpa para aclarar que las técnicas utilizadas por la CIA no son equivalentes a los horrores de regímenes genocidas (todo esto puede ser consultado en la cuenta de Twitter de Anderson Cooper, @andersoncooper).

Y es que ahí reside el meollo de las cosas. La rapidez con la que se propaga la información, comparado al esperar a que se secase la tinta de los periódicos hace menos de 70 años, ha cambiado el modo en el que consumimos las noticias que nos llegan. Esto, claro, afecta también al lenguaje, y el modo en el que la percibimos. Los escándalos se filtran más fácil, y aclararlos a su vez, resulta más sencillo.

Esto, a la larga, resulta en la degradación del lenguaje, que como garante del pensamiento –el jinete del mismo, como dijo alguna vez José Lezama Lima– se reduce a un simple títere al servicio de los poderosos. En este caso, de los Estados.

Reducir el impacto de los crímenes cambiando su sintaxis es un hecho que no es nuevo. Es útil para los regímenes que buscan cambiar la historia reciente a su gusto, para así poder moldear el futuro como les parezca mejor.

La justificación de atrocidades como la tortura (procedimientos, acciones), los asesinatos (controles, desapariciones), las creaciones de paraestados (las SS o las Camisas Negras, Seguridad Nacional), y en algunos casos, de campos de concentración (centros de reclusiones para criminales peligrosos), constituye una pequeña lista de lo que puede ocurrir si descuidamos el lenguaje y permitimos que se deforme al gusto del poder.

Es tarea de quien circule las noticias utilizar las palabras adecuadas, ya que al no hacerlo, cae en la tara, vergonzosa por lo demás, de estar produciendo no información, si no propaganda.

No en vano lo había predicho el anarquista alemán Max Stirner: En manos del Estado, la violencia recibe el nombre de Derecho. En manos del individuo, recibe el nombre de crimen.