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Humberto Márquez

El peligro de humillar a Rusia

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Con ese título, hace 15 años, el consejero de Estado francés Jacques Attali advertía en un artículo de prensa sobre el riesgo que Occidente corría al acorralar a Rusia desde el punto de vista político, militar, económico, territorial y de la propia estima de su pueblo.

En ese entonces Serbia, la porción de la antigua Yugoslavia secularmente aliada de Rusia, era castigada con 15.000 salidas de aviones de la Alianza Atlántica (OTAN) que atacaron sus instalaciones militares y civiles hasta hacerla ceder ante los separatistas de Kosovo, la provincia con mayoría de población de etnia albanesa que finalmente terminó independiente.

Independiente con el visto bueno de Europa Occidental y América del Norte. Los mismos opuestos a la independencia de, digamos, Cataluña o el País Vasco; o a que Crimea, de mayoría pro rusa, se separe de Ucrania y vuelva al redil ruso al que perteneció hasta 1954.

Caído el Muro de Berlín en 1989, derrumbada la Unión Soviética en 1991, Occidente ha avanzado y avanzado, ganando a Europa Oriental no solo para la política y económica Unión Europea, sino para la militar OTAN, que permanece activa pese a la desaparición de su contendor durante la Guerra Fría, el Pacto de Varsovia.

Estados Unidos, al cobrar la factura por su victoria en esa llamada Guerra Fría, suerte de tercera guerra mundial en cámara lenta y suelo ajeno (las decenas de conflictos armados en los países del Sur), se empoderó también en el antiguo bajo vientre ruso en el Asia central.

El analista Roberto Savio, fundador de la agencia IPS, ha recordado que cuando el último líder soviético, Mijaíl Gorbachov, dio luz verde a la reunificación de Alemania, sus pares de Washington, Londres, París y Bonn convinieron en no derruir la zona de influencia de la entonces todavía URSS. Ido Gorbachov y llegado Boris Yeltsin al Kremlin, el acuerdo se hizo a un lado y una tras otra todas las piezas del tejido protector alrededor de Rusia se trocaron en puestos de avanzada de Occidente, confrontando a Moscú.

Ahora, actuando de modo diferente de su predecesor, el presidente ruso, Vladímir Putin, ha detenido el avance occidental. Y en la joya de la corona, Ucrania, un país de 600.000 kilómetros cuadrados y 45 millones de habitantes, la segunda economía, después de Rusia, en lo que fue la URSS. No solo ha tomado Crimea guiándose por el modelo kosovar, sino que dejó la pelota en el campo contrario con la sublevación escisionista pro rusa en el este ucraniano.

Lo que nos lleva de nuevo a Attali y su casi profética advertencia: la humillación de Rusia cuando moría el siglo XX rememoraba la que se infligió a Alemania después de la Primera Guerra Mundial. “Como los antiguos enemigos de Alemania, los de la Rusia de hoy en día se alegran de su derrota, sin entender que al humillarla no hacen más que abonar el terreno para su terrible regreso al primer plano de la escena”, escribió el experto francés.

Recordaba Attali que un simple cabo del vencido ejército alemán (Adolfo Hitler) logró conducir ese resentimiento hacia las consecuencias que después pagó la humanidad en la Segunda Guerra, y aunque la historia nunca se repite del mismo modo, los síntomas de la humillación que entonces padecía Moscú forzaban los paralelismos.

A los occidentales que desdeñaban al oso ruso les advirtió: “Cuando el pequeño cabo llegue al poder, recordarán que Rusia aún tiene 400.000 cabezas nucleares, que es uno de los países más ricos en petróleo, que aún dispone de una élite intelectual, científica y política sin igual y que, a pesar de la mafia, tiene los medios suficientes para volver a convertirse en una gran potencia económica, científica y militar. Y cuando tengan que gastar las primeras sumas descabelladas para rearmarse, recordarán con amargura la época en que aún era posible invitar a los rusos, y con ellos a los ucranianos y a todos los pueblos eslavos, a ocupar su lugar en Europa”.

Son, justamente, tribulaciones que se presentan a las potencias europeas, Alemania en primer lugar, al sostener la contienda con Moscú en defensa de la Ucrania por la que apuestan. ¿Cuál es el costo? ¿Quiénes pagarán la factura?

¿Un conflicto con Rusia? Historia, política y diplomacia aconsejan pensar muy bien las jugadas. En 1812 los rusos atrajeron al interior de su territorio al ejército invasor de Napoleón, hasta diezmarlo. Durante la Segunda Guerra Mundial las fuerzas alemanas llegaron hasta Stalingrado y las puertas de Leningrado y Moscú, y luego se las hizo retroceder. Ahora Occidente lleva dos largas décadas paseándose triunfante por todos los territorios que fueron socios o satélites de Rusia… hasta llegar a donde están los rusos mismos, como primera minoría en el conjunto de Ucrania pero mayoría en regiones que golpean donde duele, el este rico e industrioso y la península de Crimea, un gigantesco portaaviones natural sobre el mar Negro.

Otra vez, como hizo en otras ocasiones de su historia, Rusia atrae los contendores a su terreno para la decisiva batalla. La cual, esperemos –más bien roguemos– sea librada en los campos nobles de la confrontación: la política y la diplomacia que conducen a los acuerdos con posibilidades de que se equilibren vencedores con vencidos y que, sobre todo, no dejen humillados.