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Beatriz de Majo

Esa película ya la vimos...

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Resulta difícil entresacar de todo lo que se ha escrito en Colombia en los últimos días, algunas luces que permitan analizar objetivamente la importantísima decisión tomada por el presidente Juan Manuel Santos de negociar la paz con los narcoterroristas.

 

Cuesta realmente entender que un Presidente que asegura haber aprendido de las experiencias pasadas en torno a este tema de la desmovilización guerrillera ­un capítulo ya trillado con mucho dolor más de una vez en Colombia- se embarque en una nueva gesta negociadora con tantísimas posibilidades de dejar el pelero en el camino. O peor aún, Santos inicia este nuevo proyecto corriendo el altísimo riesgo no sólo de fortalecer más a la insurgencia narcoasesina, sino de echar por la borda los mismos esfuerzos militares que él como ministro de la Defensa de Álvaro Uribe desplegó y los que desarrolló en los dos pasados años desde la Casa de Nariño. Por ellos, por esos éxitos compartidos, Álvaro Uribe le entregó la Presidencia con cerca de 80% de popularidad. Por esa constancia de propósito comenzó su mandato con un envidiable 70% de apego de los suyos.

 

En el momento en que muchos ­y él mismo- daban por agonizantes a las FARC, después de desaparecidos cuatro de sus comandantes en un corto periodo de tiempo, no puede sino sorprender que Santos no dé una estocada militar final a quienes han sembrado de desgracia a Colombia, sino que se anime a negociar una salida airosa para los agresores, a sabiendas de que en todo "toma y daca" las concesiones a los terroristas pueden ser muy lesivas de la sensibilidad, del honor de los colombianos y de la misma reparación a la que su pueblo tiene derecho.

 

Intrincado proyecto el que emprende este hombre en el momento en el que la favorabilidad que le otorgan sus coterráneos flaquea tan peligrosamente y flaquea justamente por el retroceso que se percibe en el ambiente de la seguridad nacional y el resurgimiento de la violencia.

 

¡Cuántas tareas que reclaman una dedicación presidencial absoluta están pendientes cuando Santos apenas llega a la mitad de su mandato! ¿Cuántas de las metas sociales que se trazó vehemente el día de su llegada al poder abandona el Presidente en el camino para perseguir el arcoiris del abandono de las armas de quiénes no saben hacer más nada que vivir de ellas? No es posible desearle sino éxito ­éxito temprano y contundente- en la tarea que emprende el mandatario vecino, pero es con enorme angustia que lo vemos sumergirse en un proceso en el cual nosotros los venezolanos podríamos salir perdedores si el resultado fuera un renovado ímpetu en la guerra sangrienta con la consecuente metástasis que ya hemos experimentado de este lado del Arauca y una consolidación del negocio del narcotráfico que ya nos tiene a los venezolanos cundidos hasta los huesos.