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Tulio Hernández

La paz de los violentos

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Nada tan amenazante como la palabra paz cuando es pronunciada desde el seno de poderes autoritarios. Cuando nace colgada, como etiqueta, del cañón de los fusiles. Y cuando, por tanto, no es bálsamo amable para la convivencia sino contención tramposa de la protesta social.

La dictadura de Juan Vicente Gómez pregonaba: “Unión, paz y trabajo”. Los jóvenes de la Generación del 28 respondían irónicamente: “Unión en las cárceles, paz en los cementerios, trabajo en las carreteras”. Orwell, el gran escritor británico, comprendió a tiempo la relación enfermiza entre poder totalitario y prédica de paz. Para ilústralo dibujó, en 1984, una de sus lúcidas ficciones, un gobierno sofisticadamente omnipotente que contaba entre otros con el Ministerio del Amor, que se ocupaba de la tortura y de reeducar a los miembros del partido y el Ministerio de la Paz, que se ocupaba de la guerra.

Por eso no hay que extrañarse de que ahora, en el momento justo cuando la cúpula que mal gobierna el país se ha quitados los restos de máscara democrática, optando por la represión de masas y la persecución policial a la disidencia política, el núcleo del discurso oficial sea el de la paz, el diálogo y el ¡amor!

Una élite política que hizo su entrada en la escena pública metralleta en mano, escupiendo fuego, sembrando de muerte las calles de Caracas; cuyo líder único ofreció en su primera campaña freír en aceite hirviente la cabeza de sus adversarios; que estímulo la creación de grupos de civiles dedicados a golpear opositores e incendiar sedes de medios y oficinas de partidos democráticos; que hizo de un gesto –la mano derecha, ellos, asestando un puñetazo en la palma de la otra, los opositores– el leitmotiv de otra campaña; que redobló tambores de guerra en la frontera con Colombia y uso los lemas “Patria, socialismo o muerte” y “Rodilla en tierra” como consigna obligatoria entre militares y seguidores del PSUV; y que por estos días ha hecho una de las más grandes, crueles, implacables e inconstitucionales operaciones de represión sangrienta a escala nacional que recuerden los venezolanos; un grupo humano con semejante prontuario es el que viene ahora a convocar a la paz, el diálogo y ¡el amor!

“Tarde piaste pajarito”, hubiese dicho el presidente Luis Herrera. Llegas a mi casa, pateas a mi familia, destrozas la vivienda, me encarcelas sin debido proceso, ofendes la memoria de mis ancestros, persigues y mandas a la clandestinidad a mis iguales, asesinas mis a copartidarios y después de darme dos bofetadas y escupirme en el rostro me dices con la sonrisa de quien jamás ha emitido una ofensa ni un agravio: “Hermano, yo lo que quiero es paz”.

Luego, como me niego a aplaudirte en el acto con presídium que presides, miras a cámara y dices: “Se dan cuenta, esta gente fascista no quiere paz”. Entonces porque pido la palabra, por el derecho que me asiste de ser escuchado, te irritas y, siguiendo aquel verso de Cadenas vociferas: “Recuérdenlo escuálidos mariconsones y escuálidas prostitutas jineteras: Cuando dialogo no quiero que nadie me interrumpa”.

El presidente muerto, en sus tropelías, corría la raya amarilla, pero jamás la cruzaba sin regreso. Sus herederos, menos diestros, la cruzaron sin más. Partidos perseguidos; dirigentes encarcelados; autoridades elegidas despojadas ilegalmente de sus cargos; una treintena de muertos; grupos paramilitares sembrando el terror; centenares de presos políticos en cárceles comunes; hogares allanados; jóvenes torturados, robados y ultrajados por agentes del orden; pueblos y barrios asfixiados militarmente por tropas de guerra, inauguran un nuevo país.

No hay paz ni en los cementerios, donde los entierros se vuelven actos de protesta. Diálogo, ni siquiera entre los guardias nacionales poniéndose de acuerdo para elegir quién golpea primero al detenido o quién se queda con el celular. Tal vez si haya amor entre Nicolás y el pajarito en el que viaja el ectoplasma de Hugo Chávez. El poder está desnudo. La inocencia, un espejismo que aumenta la lista de escasez.