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Francisco Plaza

La paz verdadera

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En su comunicado sobre la ruptura de las relaciones con Panamá, la MUD se permite definir al régimen de Maduro como “gobierno con déficit democrático”. Este tímido eufemismo, acuñado hace más de una década para justificar la participación de la oposición en la mesa de diálogo dirigida por el presidente Gaviria, es simplemente inaceptable en la hora actual con los venezolanos que han sido asesinados, heridos, torturados o apresados. El régimen ha develado su verdadero rostro totalitario y no es posible continuar la lucha eludiendo la verdad, temerosos de llamar las cosas por su nombre.

El término “totalitario”, desarrollado primero para explicar la naturaleza siniestra de los regímenes soviético y nazi, y empleado luego para describir la experiencia análoga que los países de la Europa Oriental sufrieron durante la época de la Guerra Fría, apunta a la férrea determinación de imponer un proyecto político por encima de la vida y la libertad de seres humanos. En su afán por destruir todo obstáculo, y convencidos de poseer la verdad única, los regímenes totalitarios no reconocen la dignidad humana de quienes se le oponen y de allí no solo su lenguaje de violencia, desprecio y humillación, sino principalmente su determinación de quebrar por cualquier medio la voluntad de quienes identifican como enemigos, hasta lograr que se dobleguen por su necesidad de sobrevivir o continuar “normalmente” la vida. Para estos regímenes, no importan los seres humanos sino la permanente evidencia de que la doctrina revolucionaria es correcta y de que el proceso de dominación se amplía y consolida. Para estos regímenes, la violencia es sinónimo de justicia en el diccionario de su “moral” totalitaria, y de allí que continuamente recurra a exaltar las pasiones humanas más bajas para inspirar el rencor, la división y el odio entre la gente.

La comprensión de la naturaleza totalitaria del régimen opresor de Maduro explica la convicción y perseverancia en la lucha de nuestros jóvenes. Sin duda que los gravísimos problemas de inseguridad, desabastecimiento, inflación y desesperanza respecto al futuro son parte de lo que anima su protesta. Sin embargo, el corazón de su lucha es de carácter existencial. Luchan sobre todo por su dignidad y libertad como seres humanos, pues reconocen que su valor como personas es justamente lo que el régimen niega y destruye. Y este es el cambio esencial que con derecho reclaman. Interpretar que el conflicto actual se limita a circunstancias críticas de orden económico no solo desdibuja la realidad presente, sino también oscurece toda posibilidad de vislumbrar un camino cierto. El reconocimiento de la dignidad de toda persona y el valor irrenunciable de su libertad no son el resultado sino la condición previa e indispensable de los procedimientos democráticos, incluido el diálogo. No se somete el valor de la vida humana ni sus libertades fundamentales al veredicto de las mayorías a través de procesos electorales ni se mide su vigencia por encuestas de opinión pública. Se trata de los valores fundamentales que hacen posible y dan razón de ser a la democracia como forma de gobierno.

Acaso se comparten estas ideas, pero se cuestiona la impaciencia de los jóvenes y, en particular, los medios empleados para expresar su protesta, argumentando la prudencia de esperar a que el régimen se caiga por su propio peso, sin necesidad de perturbar el orden y la paz. Se acusa a los jóvenes de “quemar etapas” y de no esperar el momento oportuno que, por supuesto, vendría anunciado por los números de las encuestadoras. Similares objeciones tuvo la lucha por los derechos civiles que encabezó Martin Luther King y de allí la pertinencia de recordar algunos párrafos de su célebre “Carta desde la Cárcel de Birmingham”. En esta carta, Martin Luther King distingue entre la paz negativa que supone ausencia de tensión y la paz positiva que entraña presencia de la justicia. La protesta, explicaba, debe producir una situación de tensión que permita “la transición desde una odiosa paz negativa en la que [se acepta] pasivamente su carga injusta, a una paz muy distinta, real y positiva, en la que todos los hombres respetarán la dignidad y el valor de la personalidad humana… La injusticia tiene que exponerse, con toda la tensión que esta exposición crea, a la luz de la conciencia humana y al aire de la opinión nacional si es que existe el deseo de subsanarla”. El gran aliado del esfuerzo opositor es la humanidad de todo aquel que aún apoya al régimen, pues por su condición como ser humano será conmovido en su conciencia por la fuerza de la verdad.

Resulta un error trágico, decía, pensar que el devenir mismo del tiempo cura inevitablemente todos los males. “El progreso humano nunca discurre por la vía de lo inevitable. Es fruto de los esfuerzos incansables de hombres dispuestos a trabajar con Dios. Tenemos que utilizar el tiempo de modo creador, conscientes de que siempre es oportuno obrar rectamente. Este es el momento de sacar nuestra política nacional de las arenas movedizas de la injusticia para plantarla sobre la firme roca de la dignidad humana”.

Y frente a la actitud de quienes apoyaban su lucha con discursos pero apaciguaban la protesta con sus actos, escribió: “La comprensión superficial de los hombres de buena voluntad es más demoledora que la absoluta incomprensión de los hombres de mala voluntad. Resulta mucho más desconcertante la aceptación tibia que el rechazo sin matices”. Mantengo firme la esperanza de que nuestro liderazgo opositor sabrá encontrar la fortaleza necesaria para poner sobre sus hombros la paz verdadera que nuestros jóvenes reclaman con su generosa entrega.