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Diego Arroyo Gil

Un payaso lleno de sangre

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En el transcurso de las últimas semanas hemos tenido ocasión de confirmar de qué materia está hecho el chavismo. Digo confirmar porque ya lo sabíamos. Chávez dio suficientes muestras de bajeza humana y de insolvencia moral como para que nos engañemos. Si un día dejó de gritar, al borde de ese repugnante delirio que lo poseía: “¡Patria, socialismo o muerte!”, fue porque una noche la muerte le dijo que lo iba a buscar, y prefirió evitar cábalas.

Pero que él y su claque hayan dejado de vocear esa miserable amenaza, no significa que en algún momento hayan renunciado a seguir escribiendo en nombre de ella esta crónica criminal. Habría que aclarar que no están dispuestos a dar la vida por la patria ni por el socialismo, sino por el poder. Habría que ir más allá y decir que es mentira que estén dispuestos a dar la vida ni siquiera por el poder: están dispuestos, eso así, a quitárnosla a nosotros.

¿Delante de quiénes estamos? Pocas veces como ahora el gobierno ha dejado ver de qué se trata la revolución bolivariana como proceso ejecutado desde el poder: consiste en nada sino en destruir al hombre en el hombre para dejar libre al homicida. Cuando se consuma la animalización, le dan un arma al engendro resultante. Si el bicho, además, les cae bien, junto con la pistola le regalan una moto. Uno y otro pasan a ser integrantes de los llamados “colectivos”, que no son más que hordas al servicio de la muerte.

Suena tan perverso como es. Para que se mantenga la dinámica y los grandes chulos de la historia sigan saqueando las arcas de la nación, los miembros del gabinete se reparten entre sí los ministerios mientras los titulares de los demás poderes públicos le hacen la corte al felón mayor como si fuera Julio César, aunque todos se rían de él a sus espaldas. Cobardes. La sociedad democrática tiene el arrojo y la valentía de reírsele en la cara.

Pero ese payaso, cuyo nombre me abstendré de mencionar, se ha llenado de sangre. Haciendo gala de una guapetonería que el mundo entero sabe que no es más que falta de entereza, ha patrocinado estos días la represión a que han sido sometidas las protestas. El resultado es que hay madres enterrando a sus hijos y otras en los hospitales esperando la cura de las heridas.

¿Había necesidad de llegar a esto? El chavismo ha tenido todo, absolutamente todo en sus manos para hacer el bien, y se dedica a hacer daño. Y cada día más que el anterior, cosa explicable. La revolución ya no marcha a paso de vencedores sino de vencidos, y pocas cosas hay más peligrosas que un hombre derrotado con un arma en las manos.

Ante esta situación, y viendo la firme respuesta del pueblo a los desmanes del régimen militarista, la oposición no puede permitirse cometer ningún error. Dado que creemos en sus dirigentes, debemos confiar en que la muestra de unidad que dieron el sábado pasado en la concentración de la avenida Miranda, en Caracas, no fue un gesto de papel. Si fue verdadero, es de imaginar que están dedicados al diálogo permanente y al trabajo consensuado.

La sola perspectiva de que ese abrazo –pese a las diferencias que pueda haber y que es normal y sano que existan–, haya sido solo para hacernos creer que todo marcha bien cuando no es así, dejaría mucho que desear y podría hacerle un daño difícilmente calculable a los estudiantes, que nos han dado algo quizá demasiado generoso. No es poco que algunos hayan perdido la vida.

La inteligente dirigencia opositora logró dar cauce a nuestro malestar luego de muchos años de tropiezos y de angustias. Gracias a esa alianza llegamos a ser prueba de que la política funciona y de que los sentimientos no tienen por qué quedar a la deriva para que la lucha avance.

En 1981, Simón Alberto Consalvi escribió que “la democracia es resultado de un gran esfuerzo social”. Consalvi había luchado en la clandestinidad contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, había estado preso, había sido salvajemente torturado, había estado en el exilio. Regresó a Venezuela el 26 de enero de 1958 para contribuir con la construcción de la naciente democracia. Sus palabras no estaban vacías.

No olvidemos que el mayor error que podemos cometer ahora es fomentar la división. La sociedad espera –y en eso deposita su esperanza–, que Henrique Capriles, María Corina Machado, Antonio Ledezma, etcétera, estén conversando. Yo estoy seguro de que así es. La sociedad confía asimismo en que si Leopoldo López estuviera libre –debería estarlo, porque no ha cometido delito alguno– también lo haría. Puesto que estamos con ustedes, hoy salimos a la calle.