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Juan Manuel Mayorca

¿Es pavoso escribir para publicar?

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En esa necedad a veces llamada “folklore urbano” y hasta donde Thoms y Miguel Acosta Saignes enseñaron, el origen del hecho tiene poco que ver con el lugar de su desarrollo. Pero también es verdad que si un hombre común o de a pie pregunta a un erudito si cree en las brujas, éste negará y haciéndose el ofendido o en voz queda dirá: “Pero de que vuelan, vuelan”. Y el lector tiene todo el derecho a no saber la razón del párrafo que voy a “colgar en la web”, como si se tratara de un delincuente chino. Creo que este artículo está empavado y por fin comienzo a explicarme.

Hacía dos semanas tenía el tema, pero no el título. Faltaba, según diría Ernesto Sábato, “la metáfora fundamental”. Comencé a contestar satisfactoriamente las preguntas de manual: ¿Tienes algo qué decir? ¿A quién y cómo? En una revista frívola se anunciaba un akelarre (reunión nocturna de brujas) muy cerca de mi casa. La fama y algo de miedo me impidieron acudir. Creí haber hecho lo adecuado pero hasta no ver por TV que había muerto García Márquez, no existía posibilidad alguna de obtener respuestas y lo peor era que ya Teodoro Petkoff había ganado calidad en silente y extraordinaria batalla. Tercamente me dije: “Me importa un rábano”, y pasé a la biblioteca para revisar lo que había leído del colombiano “feliz e indocumentado” o al menos lo que creía más apreciable. De unos veinte volúmenes, sólo aparecieron seis por lo que debí recurrir al préstamo que me hicieran amigos, desconocedores del dicho que divide a los pendejos dicotómicamente: los que piden libros para devolver y aquellos que los prestan. Me avergüenzo al encontrarme en ambas categorías.

Descubierto el inicio sobrante, el tema era y es Gabriel García Márquez y no el Gabo y menos Gabito, como le apodaban de niño. Sin hacer exégesis ni estudio literario, escribo sobre una persona con la que no tuve trato, más allá del saludo y una gran admiración por sus obras que irán saliendo. Saldrán, igualmente, algunas discrepancias por ciertos signos de su conducta. Esto me coloca en la acera de enfrente a la de aquellos que juran no poder hablar de los muertos. Si esto contuviese un ápice de verdad no habría Historia y otorgaría a malhechores o al menos mediocres una sucia inmunidad, patente de corso o limitación de un derecho mayor: decir la verdad y toda ella. Es cambiar a Dios por íconos, de barro o de mierda,  con elegancia, excretas.

Eso de que uno de los mejores libros de la lengua (Cien años de soledad) no es sino “un ballenato de más de trescientas páginas” (declaraciones del colombiano a la cadena Artismedia canal Antena 3 de la televisión española horas después de recibir el Nobel) es tan de mal gusto como hacerlo en liquilique, dejando entender a europeos no muy comunitarios que la prenda es un traje típico. No es ni colombiano ni criollo. Usualmente es de color, textura y confección titiritera, por no decir indigna para la ocasión. Espero no me argumenten a favor del galardonado que era el centro del acto copiando a Marlon Brando. Además de mentiroso lo colocarían como poco original, lo cual no es, aunque sí muy contradictorio.

Teodoro Petkoff le llama “amiguero” y creo que dio justo en la torre. Ser amigo es algo diferente a tener complicidad. Observe: se dice  demócrata y quizás favorecedor de los derechos humanos. Con idéntico ímpetu es amigo de Fidel Castro quien, junto con los chinos se caracterizan por eliminar, no en combate o defendiendo a la patria,  a quien no piense como ellos.

Se le tiene por antiimperialista, tanto como a Maduro. Explique algo, si gusta su merced: China, Cuba, la URSS, el México del PRI, Bélgica pre- Patrice Lumumba y Gran Bretaña, históricamente,  ¿qué han sido? ¿o será que los gringos tienen la marca registrada para esta desgracia cuasi universal y macondiana? Por cierto, casi se me escapa, ¿por qué se fue usted a vivir y morir en México?, y perdone, es simple curiosidad…

Aunque los “best seller” no son los textos literarios de mejor calidad, aunque muchos de los suyos sean óptimos, en un periódico local y otro español apareció una nota, verdadero insulto a la inteligencia y a la historia. Que alguien me corrija por Internet si ahora leo peor:

“Después de la Biblia Cien años de soledad es el libro más vendido…”

Siglos atrás, no sé qué opinaría Cervantes y donde se metería al ingenioso Hidalgo. Imagino que en algún lugar de su mancha cuyo nombre no digo por mero pudor. En la actualidad podríamos inquirir cómo se siente la autora con su basura más vendida, Esmeralda. Se comenta con insistencia haber tenido el escritor serias discusiones con algunas editoriales y que al final, cuando le publicaron La hojarasca, el asunto se arregló obligándole (y estos les son importantes) a entregar originales de un libro por año. Así nacieron sus infelices Doce cuentos peregrinos. Los calificativos y lo anecdótico carecen de fuentes confiables. De haber estado el señor con vida podría rebatir, aunque esto sea tema para el liceo o la academia Y no es una ilusión que alguien lo haga en nombre del hacedor de los Buendía.

No quisiera abusar del espacio que se me otorga en esta vía y menos ser injusto por el enfoque. Partiendo de Oscar Wilde “no hay libros buenos y malos; los hay bien o mal escritos”. No he leído todos los suyos, aunque sí unos cuantos, varias veces. Sin creerme docto, en juicio muy subjetivo diré que la gaveta donde lo metieron simboliza al “realismo mágico” y a usted como el supremo gurú de un género inexistente. Por añadidura no puede existir: la magia no tiene nada que ver con la realidad, tangibilidad, con lo carente de trampas. Ella posee dos progenitoras: ilusión y sugestión. Por favor, no permita su merced que le quiten tanto ingenio, disciplina y su venir de Aracatá. El escritor que he disfrutado no es un “cachaco” bogotano, escurridizo y algo traicionero que se inventó un estilo, para que unos cuantos lamesuelas (muchos de ellos criollos) se deshagan en gritos histéricos  de cheerleaders.

Cien años de soledad se sienten en todo lugar y momento. Macondo y los Buendía no están en Colombia… en ninguno de sus departamentos. Los he encontrado en cualquier parte lo cual hace a su libro tan universal como el Quijote, a menos que desaparecieran injusticias, mentiras, hambruna, odio y una micra de desigualdad. Como eso nunca ha ocurrido me siento obligado a pensar dos cosas: no ocurrirá y si por magia se diera, Macondo y los Buendía, en el centro de corta carcajada serían devorados por el Dios de la verdad y para remate podríamos conversar sobre el realismo mágico y todos los que quizás no me he atrevido a comentar.

Entre los libros más dolorosamente hermosos que he degustado muchas veces y bastante alejado del anteriormente comentado, nos dejó otro monumento. El amor en tiempos del cólera. Solamente con este título ya sería bastante para muchos premios Nobel. La palabra que antes empleé (monumento) es una degradación de merecido perdón. Notando que desvarío un poco, quiero despedirme con un hurto literario, lo cual es pavoso por cuanto el autor que publica deja su propiedad al lector. Quizás, don Gabriel, puede que exista  tiempo para más:

“Atrás se quedó la clara,

la entrañable transparencia

de su divina presencia…”