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Antonio Sánchez García

La patria

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“Somos el porvenir de esos varones, la justificación de aquellos muertos; nuestro deber es la gloriosa carga que a nuestra sombra legan esas sombras que debemos salvar. Nadie es la patria, pero todos lo somos. Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, ese límpido fuego misterioso”.
Jorge Luis Borges

“Patria sola y patria, vidalitay,
patria sola y muda,
rompé tu silencio, vidalitay,
vamos en tu ayuda.”
Alfredo Zitarrosa, A José Artigas

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Cuando los hombres abandonan la tribu, los clanes y las soledades, buscan un territorio donde asentarse y en esa lucha tenaz por no desintegrarse ante las adversidades de su propia animalidad se hacen, como las gentes, personas; cuando dejan de ser un conglomerado amorfo y atribulado que arrastra por selvas y desiertos sus más elementales necesidades; cuando se ven obligados a dar con la respuesta natural de arrejuntarse ante los desafíos del frío, del hambre, de la naturaleza, de hallar un acomodo para guarecerse de las intemperies y los horrores cósmicos del despertar y poder encontrar un sentido común, un destino, entonces es cuando se hacen patria. La patria es la señal de advenimiento de un nuevo destino histórico, de una voz con propia identidad y lenguaje en esta Torre de Babel de la extraviada humanidad. Un parto y un bautismo, una comunidad de los hombres con Dios.

Como decía Borges, uno de cuyos tatarabuelos por línea materna, el coronel Suárez,  combatió en Ayacucho junto a Necochea a las órdenes de Sucre y jugó con su espada un papel definitorio en el destino de esa batalla surrealista que puso fin a tres siglos de dominio colonial: Nadie es la patria. La patria somos todos. “Ni siquiera el jinete que, alto en el alba de una plaza desierta, rige un corcel de bronce por el tiempo, ni los otros que miran desde el mármol, ni los que prodigaron su bélica ceniza por los campos de América o dejaron un verso o una hazaña o la  memoria de una vida cabal en el justo ejercicio de los días. Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos. Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo cargado de batallas, de espadas y de éxodos y de la lenta población de regiones que lindan con la aurora y el ocaso, y de rostros que van envejeciendo en los espejos que se empañan y de sufridas agonías anónimas que duran hasta el alba y de la telaraña de la lluvia sobre negros jardines. La patria, amigos, es un acto perpetuo como el perpetuo mundo. (Si el eterno espectador dejara de soñarnos un solo instante, nos fulminaría, blanco y brusco relámpago, su olvido.) Nadie es la patria, pero todos debemos ser dignos del antiguo juramento que prestaron aquellos caballeros de ser lo que ignoraban, argentinos, de ser lo que serían por el hecho de haber jurado en esa vieja casa. Somos el porvenir de esos varones, la justificación de aquellos muertos; nuestro deber es la gloriosa carga que a nuestra sombra legan esas sombras que debemos salvar. Nadie es la patria, pero todos lo somos. Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, ese límpido fuego misterioso”.

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Y duele en lo más profundo de nuestro corazón, créanmelo, nos duele a todos quienes sentimos un amor construido, tejido con nuestro agradecimiento y nuestro amor por una patria adoptada, que esa patria que tanta sangre y dolor, que tantos sacrificios  y cientos de miles de vidas humanas, de sueños y esperanzas costara construir entre tanto obstáculo, enfrentando tantos contratiempos, haya dejado de tener para millones de sus connaturales toda significación, todo valor, toda alma, toda conciencia. Y no es asunto de los otros, de los buitres que como al acecho del moribundo esperan hacerse del goce de su carroña, la culpa por esa desintegración, por ese caos, por ese olvido. No es la culpa de invasores extranjeros, de aquellos asaltantes del 12 de octubre  que hicieron que este hacinamiento se convirtiera en civilización y cultura. No es culpa de esos carroñeros cubanos que, habituados a vivir de los otros, se aprovechan de la existencial debilidad de estos connaturales. Es culpa de la barbarie de quienes nos desgobiernan, de quienes no dejaron la horda, el clan, la tribu para elevarse a las alturas de la personalidad nacional y ni siquiera saben qué significado tiene haber nacido sobre esta tierra y bajo este suelo. Así deambulen en guayucos y taparrabos.

Pero tampoco es culpa de los yupcas, de los waraos, de los yanomami. En relación a la Venezuela moderna una ínfima minoría sin ninguna significación socio histórica. Mantenidos en la indigencia espiritual por la inconsciencia nacional, de la que un grande entre los grandes, Mario Briceño Iragorri, se quejara amargamente por su incapacidad de ser. Es culpa de quienes, en el mejor estilo de los filibusteros del siglo XVI y XVII, no tienen otra conciencia que la rapiña, el botín, el asalto, la expoliación, el robo. Esos hijos putativos del siglo de las luces, que trajo la guillotina y la hoz, el martillo y la guadaña para saciar rencores viscerales tras el encandilamiento de la igualdad. Un absurdo montado sobre milenios de mala conciencia, de rechazo a nuestra condición existencial, de incapacidad de asumir nuestra responsabilidad estrictamente individual ante Dios. El peso de la horda que se niega a ser emancipada. Y cree serlo cuando se entrega al moderno esclavismo del comunismo antropológico.

En 1950 Mario Briceño lanzaba su botella al mar con su conmovedor Mensaje sin Destino. Un reclamo agónico que sabía no encontraría oídos en un pueblo en crisis de mismidad, que vegeta en la frontera entre la animalidad y lo humano, violento, insolidario, bárbaro, carente de autoconciencia, de valoración histórica. Un pueblo que ha permitido que se abran las cloacas y salga la hez y la herrumbre de lo que se fue decantando al margen de la cultura, de la educación, de la humanización, de la construcción de la patria.

Por eso ofende que otro extranjero, como yo, pero que llegó de niño, sienta tal desprecio por la venezolanidad, que le resulte intrascendente que unos facinerosos cubanos le hayan caído al abordaje, se hayan apropiado de sus riquezas y para hartarse en su venganza por humillaciones pasadas – cuando en este país gobernaban venezolanos de corazón y no inmundos pastiches internacionalistas– hayan puesto en la Presidencia a un marginal sin origen conocido. Al mando de la barbarie apátrida al servicio del saqueo.


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Nadie es la patria. La patria somos todos. Por lo menos los que la amamos y estamos dispuestos a entregar nuestra sangre para que sus símbolos ondeen en lo alto de nuestras montañas y su voz propia resuene en nuestros corazones. Y en  momentos de crisis, como esta terrible crisis por la que atravesamos, la patria es el reservorio de los últimos recursos identitarios en los que asentarse para enfrentar la expoliación, el saqueo, la humillación a la que la inconciencia de un venezolano enfermo de ambición y sediento de gloria, sin tener los más mínimos atributos para justificar la una y la otra, han permitido para saciar un rencor y un odio incomprensibles.

Lo asombroso es que esa brutal agresión de la barbarie, que esa automutilación y ese entreguismo hayan constituido la política sistemática de un hombre de armas, de un soldado de la República, de un oficial de nuestras Fuerzas Armadas. En esencia, el postrer bastión construido para servir de dique a la disolución, a la expoliación, a la pérdida de identidad de la patria. Y que esa traición sea loada por otros hombres de armas, que lo divinizan y lo elevan a los altares de la patria. La misma que yace ultrajada por el invasor cubano, que maneja todos sus resortes y se aprovecha de todos sus recursos.

Es tal la gravedad de este proceso de degradación, de automutilación, de ese cercenamiento de nuestra identidad nacional, que cabe preguntarse muy seriamente si esas Fuerzas Armadas, sin cuyo concurso nada de lo que ha sucedido hubiera sucedido –el vaciamiento de las tradiciones democráticas de todas nuestras instituciones, la destrucción de la base material y espiritual de la República, la entrega de factores claves y esenciales de nuestra existencia como nación al invasor cubano, la renuncia a la defensa de nuestras riquezas y de nuestra soberanía frente a vecinos voraces, la traición a acuerdos limítrofes esenciales con el fin de favorecer el expansionismo de quienes nos invaden–; digo, es tan extenso y profundo el mal que un soldado de la República, respaldado por todas las fuerzas uniformadas de la nación y un pueblo idiotizado, voraz e inconsciente han causado a la República, que cabe abrigar serios temores ante las graves dificultades que surgirán al momento de intentar la recuperación del dañado tejido social y espiritual de lo que un día fuera la Venezuela heroica.

Es el grave, el tremendo desafío que enfrentamos: ponerle fin a esta tragedia y rehacer nuestra andadura de dos siglos. Una tarea colosal, que sólo será posible con la unión de todas las fuerzas conscientes de la patria. Y la reconstrucción de nuestras instituciones.