• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Leopoldo Tablante

El pasmo de la justicia

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Salía para mi trabajo a las 7:30 de la mañana y me resignaba a mi suerte: el bulevar de El Cafetal trancado con Multilock, la metralla publicitaria y las malas noticias de todos los días narradas por el periodista con mayor credibilidad, el consenso de bocinas desesperadas reclamando un espacio inexistente en la avenida, la clase media de Caracas como un sublime monumento a la frustración.

Delante de mí, el perfumado dueño de un Toyota Machito, equipado con güinche y mataburros, acelera y amenaza a una señora de reflejos más bien lánguidos. Tengo vista panorámica: con gesto despectivo veo al conductor del rústico agitar su mano frente al parabrisas. Leo en sus labios un insulto que comienza con «p» y termina con «a», oigo el motor de su Toyota Land Cruiser revolucionar hasta el paroxismo. Y sigue de largo: el mataburros estampillado contra el parachoques ornamental de un modelo económico Hyundai, la paciencia inflamable venezolana como una guerra entre Japón y Corea del Sur.

El choque fue tan previsible que no tuve más remedio que reír. Pero el gag estuvo a punto de salpicarme. El galán del Machito reparó en mi expresión, cambió los dedos volados de su desprecio por el puño contundente de una amenaza. Corrí con suerte. De pronto se abrió un corredor providencial en medio del tráfico y logré escabullirme.

La próxima vez estaba estacionado frente al Centro Comercial Terrazas del Ávila. Hacía las maniobras necesarias para salir de un puesto gratis en la calle. De repente, una dama frenó en paralelo. Esperaba que yo terminara de hacer lo mío. Frustrada por mi demora, se fue vociferando improperios. Di la vuelta en «U» y me detuve en la bomba de gasolina antes de incorporarme a la Cota Mil. Mientras esperaba que el resorte del dispensador de combustible se disparara, la misma señora se volvió a detener en  seco y desde la calle, a toda gañote, me gritó: «¡Ven y ríeteme aquí, pues…!». Estaba convencida de que me había estado burlando de ella. «¿Habré estado hablando solo?», pensé. Mi duda solo se disipó cuando oí su insulto, comenzado en «m» y terminado en «o».

La sexualidad siempre nos asiste cuando es preciso humillar al prójimo. En ese dominio, el presidente Maduro, así haya nacido en Colombia, es un venezolano como cualquier otro.

Hay muchos otros ejemplos: la golpiza entre el oficinista recién bañado a bordo de un Fiat Siena y otro chofer más desaliñado frente a la torre Diamen de Chuao; el motorizado que, a toda velocidad, choca y desprende un retrovisor sin que el daño le importe en lo más mínimo; el motorizado que en pleno embotellamiento en la Francisco Fajardo se detiene frente a un modelo prometedor y desenfunda una nueve milímetros para redondearse el presupuesto del mes. Porque siempre se puede llegar más lejos.

Unos de más armas tomar que otros, a muchos nos posee la misma ceguera: la idea de que la solución final es un golpe contundente, la interpretación del derecho y la justicia social como astucia y arrebato. Porque, Chávez nuestro que estás en los cielos: tú bien sabes que cuando nos hiciste madrugar el 4 de febrero del 92, cuando decretaste control de cambios apenas se acabó el paro petrolero, cuando convertiste a la Pdvsa saneada de escuálidos en tu caja chica particular y cuando fuiste inventando las misiones con golpes de inspiración celebrados por Fidel Castro, lo que hiciste fue reciclar nuestra impaciencia endógena y egoísta en política de Estado. Puesto que tu ausencia te ha endiosado, solo quiero decirte una cosa: eres un dios poco original. Has calcado tu obra de los abusos que los venezolanos nos infligimos a diario. Porque, cosa curiosa para un dios, tus criaturas te anteceden. Tu justicia social, de colectivo y tanqueta, de repulsa y guarimba, es el clímax del infierno al que tenemos toda una vida prendiéndole candela. A tu culto solo puede concedérsele el mérito de tener, como los insecticidas, efecto residual. Y de ser, además, la cáapsula que contiene la fórmula concentrada con lo peor de nosotros mismos.