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Diego Arroyo Gil

Esto también pasará

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Fue en la inauguración de una exposición de nuestro pintor Alirio Palacios, en la Galería Ascaso, en Caracas. No recuerdo ahora en qué año estábamos, pero sospecho que en 2006. La mañana era luminosa y, a pesar del país –que es el “pesar” de estas dos décadas, el ferrocarril de hielo que nos recorre a cada rato el espinazo–, la gente parecía estar bastante alegre. Se comprende: en tiempo de desdicha, encontrarse un día en reunión amena y entre amigos alivia la oscuridad. Discreto en medio de la concurrencia, con su invariable porte de nobleza, allí estaba Montejo, el poeta Eugenio Montejo: elegante, humano, bondadoso.

Venciendo mis aprensiones, aunque no lo conocía, me acerqué a saludarlo. No sabía bien qué le iba a decir, pero tampoco quería perderme la oportunidad de conversar con él. Fue una fortuna. Desde el primer momento se mostró cordial y receptivo y, tras los gestos formales de presentación, comenzó a hablar con soltura y afabilidad. Mencionó, recuerdo, su vieja amistad con el maestro Palacios, dijo la admiración que le profesaba a su trabajo, reconoció lo amable que a veces es Caracas, etcétera. Por entrevista de prensa yo me había enterado por aquellos días de que Montejo estaba leyendo a Anna Ajmátova, una poeta rusa que vivió asediada prácticamente toda su vida por la máquina de exterminio de la Revolución rusa, y cuya obra hoy se considera una de las cimas de la poesía del siglo XX. Se la mencioné.

—¿Ajmátova –preguntó Montejo–, conoces a Ajmátova? Es una gran poeta. ¿Sabrías decirme cuál es el momento límite de su “Réquiem”?

Por supuesto, yo no sabía la respuesta, pero me interesaba la pregunta porque era evidente que Montejo me iba a revelar el dato sobre ese poema de Ajmátova, ese poema demoledor donde una voz al borde de lo humano rinde cuenta de lo inhumano que en ocasiones se asoma en el hombre, y de lo que significa vivir, o sobrevivir, bajo un régimen de muerte: al esposo de la poeta lo habían fusilado al comienzo de la Revolución y su hijo había caído en desgracia y estaba preso cuando ella comenzó a escribir aquellos versos como pocos se han escrito sobre la tierra.

—No –respondí–, ¿cuál es ese momento?

Montejo se disponía a contestar cuando una dama lo llamó con una palmadita sobre el hombro. Se saludaron con sorpresa y afectuosamente. Era evidente que iban a apartarse para conversar a solas, entre amigos. Él se volteó hacia mí, de medio perfil:

—El momento crucial del “Réquiem” –dijo– es cuando Ajmátova siente que se está volviendo loca. Ese es el momento –se despidió y se fue.

Han transcurrido siete años desde que esta conversación ocurrió, una mañana luminosa, en Caracas. El cáncer no permitió que Montejo siguiera atestiguando la dramática situación de Venezuela: murió en junio de 2008, de cáncer. Pero hoy, cuando en las puertas de las cárceles hay madres y esposas e hijas clamando ante los verdugos por la libertad de sus hijos, de sus esposos y de sus padres; hoy, cuando en las puertas del infierno, perdón, de la morgue, hay familiares clavados en la cruz de una pena vitalicia por el asesinato de algún ser de sus afectos y de su sangre; hoy recuerdo aquella escena y me digo cuánto esfuerzo está haciendo la conciencia de nuestro pueblo para no repetir, con Ajmátova: “Ya la locura ha cubierto, con sus alas, la mitad de mi alma”; cuánto dolor, cuánta miseria hemos tenido que soportar por la estupidez de los delirantes, esos que no temieron el desquiciamiento y se lanzaron, a voluntad, sobre los brazos de la demencia.

Está claro que hoy resulta políticamente incorrecto defender el miedo, insistir en la necesidad del miedo, pero dadas las pesadillas que provoca el monstruo del laberinto en nuestra psique, conviene recomendarse de cuando en cuando guardar respeto, cultivar cierto temor por la locura, a fin de que la frenética bestia no nos invada del todo el ánimo. Recordar la lección que Rafael Cadenas siempre repite cada vez que le preguntan qué consejo tiene para los jóvenes: “Esto también pasará”, dice el poeta. Aunque la realidad insista en convencernos de lo contrario, por todo y contra todo, con la mirada consagrada a la luz de este país, tenemos que confiar en ello.