• Caracas (Venezuela)

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Arnaldo Esté

¿Qué está pasando en la calle?

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La Democracia supone comunicación y las acciones que de esta se desprendan. Ella es necesidad familiar, comunitaria, regional, nacional. En escuelas y universidades, en gremios y sindicatos, en la Asamblea Nacional y Municipios, en partidos y cofradías.

Reducir o suprimir la comunicación le abre el camino al distanciamiento, la negación del diverso o la violencia. Durante siglos la autoridad, el poder, ignoró  la comunicación que era sustituida por el dictamen, la verdad asumida, la imposición.

La democracia en el Mundo se ha ido profundizando y ha ido más allá de rituales y procesos electorales. Es ahora una necesidad cotidiana donde  la comunicación es entendida como una interacción entre dos o más actores, personas, grupos, instituciones, en un cierto contexto. Una interacción que cobra múltiples vías con lo Digital. Redes, correos, tweets, intimidades, fotos, poemas, denuncias, sospechas, misterios, chismes… Recursos que se recrean constantemente con una propia fecundidad, que no han hecho sino comenzar. Otras sociedades y otras culturas, habrán de venir, están en ciernes, y nada tienen que ver con un “hombre nuevo” prefabricado.

En este emergente entorno queda muy pobre, y con frecuencia ridículo, el viejo palabrerío, las viejas e irrealizables consignas, la gastada solemnidad de las banderas.

Callar la expresión del diverso, es por lo tanto  callar la comunicación, apagar la democracia y, cuando eso ocurre, se toman otras vías, se toma, en nuestro caso, la calle.

Cercar las formas de comunicación, abusar y tomar ventaja de aquellos que se domina, aun cuando sean patrimonio de la nación, con el argumento de que se posee la verdad revolucionaria, es cercar la democracia. Es una violencia con los símbolos y lenguajes.

Es bien importante propiciar la organización de la gente en todos los niveles. Comunas, cooperativas, consejos comunales, asociaciones de vecinos pueden ser instrumentos para profundizar la democracia e incorporarla a la gestión, producción, creación y disfrute. Pero eso se disminuye grandemente si esas organizaciones están sujetas a una voluntad trascendente, sacralizada. Se disminuye grandemente cuando se intervienen o deforman las organizaciones e instituciones más tradicionales de la democracia: Asamblea Nacional reemplazada por leyes habilitantes y aplanadoras numéricas de las minorías; Poder Judicial con su autonomía negada, Poder Electoral parcializado y con ojos miopes ante el ventajismo; leyes, estructuras,  acciones y manejos que limitan a los medios de comunicación

La incomprensión de esto nos aproxima a un despeñadero. Se multiplican y hacen descaradas las formas de represión. Se perciben y se fabrican enemigos para un largo menú de situaciones. Es la lógica del poder tantas veces descrita.

Los más consientes y que una vez fueron sinceros en sus predicaciones, se ven atados a esos  cursos. En un momento se sienten abrumados y se distancian. El resto sigue y se atrinchera defendiendo, ya no propuestas sino fidelidades o patrimonios logrados. En esos corros se hacen frecuentes las miradas al vecino. Los resquemores y malicias. La duda de la palabra usada y el aplauso pautado. Una literatura de la miseria del liderazgo agotado.

Cuando proponemos un gobierno de transición como vía posible  y alterna a ese despeñadero, es porque vemos con angustia esta tragedia  y creemos que es posible evitarla. Momento de mutas concesiones, de colocación de escaleras para poder bajarse de posiciones cerreras sin altos costos.

arnaldoeste@gmail.com